Último capítulo de ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 19

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Miércoles, 21 de agosto. 

Maya colgó el teléfono, se ató las zapatillas y salió del dormitorio; acababa de hablar con el departamento de personal del banco para avisar de que se ausentaría del trabajo aquejada de una contractura. Lucía la esperaba ya ansiosa junto a la puerta con la bolsa de deporte en el suelo, aprisionada entre los pies y envuelta en el plástico de burbujas.

¿Preparada?

Lucía asintió.

Preparada.

El día anterior, Maya había regresado al finalizar la jornada con la libreta que Víctor guardaba en su escritorio escondida en el bolso. Se dedicaron el resto de la tarde a preparar una coartada para Lucía, una versión alternativa de la noche del viernes; pero cuando el ocaso comenzó a inundar de sombras el apartamento de Lucía, la conversación se desvió inevitablemente. Envueltas por la oscuridad creciente, arropadas por la intimidad de las horas compartidas, hablaron al fin de sí mismas, de sus sensaciones para con la otra; se dijeron todo lo que no habían tenido tiempo, lugar ni ocasión de decirse. Y descubriéndose la una a la otra, la madrugada las metió en la cama, las meció con sus brazos de fantasía en cuyo seno los pensamientos encuentran la calma y los sentimientos más profundos afloran para otear, furtivos, el mundo que les es negado de día.

Entonces pongámonos en marcha; hagámoslo cuanto antes.

Hagámoslo cuanto antes —repitió Lucía.

Agarró la bolsa, una por cada asa, y se encaminaron hacia el aparcamiento.

Lucía giró a la derecha un par de kilómetros después de haber entrado en la provincia de Guadalajara. Callejeó luego por la urbanización donde vivía su hermana, ubicada en una de las laderas de un valle. Decenas de parcelas vacías, otras llenas de trastos y algunas con chalés abandonados a medio construir conformaban el paisaje; más que una zona residencial, a Maya le pareció que estaban en un cementerio de asfalto y hormigón levantado por la avaricia, sin ningún respeto, y con vistas al bosque de encinas centenario que poblaba la ladera opuesta.

Se detuvieron en una calle flanqueada por hileras de chalés pareados: los de un lado mostraban signos de habitación representados en jardines verdes y ventanas abiertas a la mañana; los del otro, con las persianas bajadas y las fachadas sombrías, lucían carteles de distintos bancos que anunciaban ventas a precio de saldo.

No había nadie en las inmediaciones. Cargaron con la bolsa unos metros por la acera habitada y llamaron al timbre. Instantes después, Ester abrió la puerta.

Hola —dijo Lucía aferrada al asa que la unía al dinero. Maya agachó la cabeza, tímida.

Hola. —Ester las miró alternativamente, contrariada, tratando de adivinar el objeto de la visita.

¿Estás sola?

Sí. Manu se ha llevado a los niños a la piscina. ¿Ocurre algo? No te esperaba hoy. ―Ester volvió a mirar sus caras circunspectas—. Pero no os quedéis ahí, entrad.

Lucía no supo cómo empezar, así que abrió la bolsa y le mostró el dinero a su hermana. Luego, las explicaciones salieron de su boca dubitativas al principio, y como una gran cascada de información atropellada después. Ester tuvo que pedirle en varias ocasiones que hablase más despacio, que le aclarase este o aquel detalle, que repitiese ciertos aspectos que no podía comprender de las decisiones alocadas que su hermana había tomado en las últimas semanas.

Finalmente, Ester aceptó a regañadientes guardar allí el dinero, más empujada por la reciente deuda contraída con su hermana que por convicción propia. Cuando subió con la bolsa por las escaleras para esconderla bajo la cama, Lucía y Maya la escucharon lamentarse de la locura que pensaba que estaba cometiendo.

Lucía regresó al coche en parte aliviada por desprenderse de aquella pesada carga, en parte preocupada por habérsela traspasado a su hermana. Y cuando arrancó el motor, tuvo la sensación de que un pedazo de sí misma quedaba atrás.

¿Qué crees que opinará tu cuñado cuando se entere? —preguntó Maya cuando abandonaban ya la urbanización.

Sinceramente, no lo sé. Pero si me pide que me lo lleve, lo entenderé; no quiero presionar a mi hermana más de lo que ya lo he hecho.

Pues yo creo que deberíamos ir pensando en una alternativa.

Lucía deceleró la marcha y giró la cabeza hacia Maya.

¿Se te ocurre alguna?

Podrías guardarlo en mi casa.

Lucía devolvió la vista a la carretera y aceleró de nuevo.

Estás loca.

¿Por qué? Es el lugar perfecto: ni John ni Esteban imaginarán nunca que tú y yo nos conocemos.

Creo que deberías pensarlo bien. No es una decisión que puedas…

El sonido de su móvil la dejó con la palabra en la boca. En la pantalla aparecieron dos filas de números inidentificables. Se miraron la una a la otra notando cómo se les aceleraba el pulso con cada tono. Lucía descolgó y activó el altavoz:

¿Dígame?

Hola, buenos días. Quisiera hablar con la señora Lucía Vergara —contestó una voz femenina al otro lado.

Soy yo. ¿De parte de quién?

Mi nombre es Inés Tardá, inspectora del Cuerpo Nacional de Policía.

Lucía se quedó suspensa. El miedo se le agarró a las entrañas con mil punzadas como mil parásitos voraces en busca de un pedazo de piel al que aferrarse.

¿Qué desea, inspectora? —preguntó tratando de mostrar entereza.

Tengo entendido que es usted la actual pareja de Víctor Samboal; corríjame si me equivoco.

No. No se equivoca.

Verá, me gustaría que viniese a mi despacho para hacerle algunas preguntas rutinarias, si no tiene inconveniente.

No. Claro que no lo tengo.

Pues si le parece, podemos entrevistarnos esta misma tarde.

Esta tarde…, de acuerdo, no hay problema.

¿A las cinco le va bien?

A las cinco me va… bien. Dígame dónde es.

Perfecto. Anote la dirección, si es tan amable.

Lucía repitió en voz alta las señas que la inspectora le dio mientras Maya buscaba lápiz y papel en la guantera para apuntar. Cuando colgó el teléfono, las dos fijaron la vista en el horizonte.

Joder.

Joder.

¿Qué demonios querrá de mí? —la pregunta salió de la garganta de Lucía aguda y alargada como un lamento.

Tranquila: tienes una coartada. Limítate a exponerla, a decir que no sabías nada de los asuntos de Víctor.

Víctor… —repitió Lucía—. A mediodía tenemos programada una visita en la cárcel. Y yo… —De nuevo se quedó suspensa, a punto de derrumbarse—. Siento que no puedo con esto; me siento perdida, desorientada; me asusta mucho afrontar todo esto sola.

No van a acusarte de nada —dijo Maya tratando de mostrar convencimiento. Deslizó la palma de la mano por la mejilla de Lucía—. Y no dejaré que estés sola. Cuando salgas de comisaría ven a mi casa.

……………

Con el tiempo, conseguir el Gobierno, cuyo fin un día fue servir a la ciudadanía, había pasado a ser un fin en sí mismo: y conservar el poder a costa de cualquier cosa era la única aspiración del partido. A Rosa, aquella realidad sobre la que nunca se detuvo a reflexionar, y que ahora había comprendido a golpe de traición y de auto judicial, de pronto se le figuró como un sinsentido cuyo desenlace ya no imaginaba distinto al que estaba siendo.

Revisando la documentación que Esteban había reunido durante años, la información de cada línea manuscrita, de cada página, se le reveló clara como nunca antes; y tomó verdadera conciencia de que su marido no era otra cosa que el sacrificio que el partido ofrecería al dios Pueblo para apaciguar su ira. Empujada por las circunstancias, sin tiempo para lamentarse, recuperó la compostura que la congoja y el miedo le habían arrebatado la última semana y se puso a trabajar.

Repasó mentalmente la conversación que minutos antes había mantenido con el abogado de su marido; fotografió los documentos que este le había descrito; recopiló todo en un correo electrónico y se lo envió al destinatario indicado: el director del diario El Continental. También adjuntó una captura de pantalla en la que aparecía los últimos mensajes que Esteban había intercambiado con el presidente del partido: «Esteban, sé fuerte…».

…………

Bajo el sol de mediodía, Lucía recorrió el trecho que separaba el aparcamiento para visitantes del edificio donde habría de encontrarse con Víctor, en el centro penitenciario de Soto del Real.

Antes de acceder a la sala de vistas tuvo que pasar por el arco de seguridad, vaciar el contenido del bolso sobre una mesa e inscribirse en el libro de visitas; después entregó su documento de identidad y le dieron una tarjeta con un número de visitante.

Caminó detrás de un funcionario de prisiones que la había atendido con la amabilidad de un dependiente de una tienda de ropa, como si todo fuese normal…; y a ella le parecía todo surrealista, una pesadilla que estaba viviendo despierta en las faldas de la sierra de Guadarrama.

Se detuvieron delante de una puerta, y su guía la abrió y la invitó a entrar. Allí estaba él, con el traje oficial del lugar y una expresión que nunca antes había visto en su cara. La puerta se cerró a su espalda. Tomó asiento y agarró el intercomunicador.

¿Cómo te encuentras?

Mal —reconoció Víctor sin gastar tiempo ni palabras en ello.

Lo siento; siento mucho lo que está pasando. Yo… no sé cómo afrontarlo —gimoteó Lucía.

Vamos, nena, tranquilízate. A ti no va a pasarte nada.

Lucía se aferró al intercomunicador como un náufrago a los restos de su embarcación.

Hoy me ha llamado la inspectora que te detuvo. Quiere que vaya a su despacho para hacerme unas preguntas.

Bueno, era de esperar; solo es rutina policial —repuso Víctor tratando de quitarle importancia—. Invéntate algo. Mantén la calma y se convencerá de que tú no tienes nada que ver.

He hablado con Maya, tal y como me dijiste: me ha conseguido tu libreta y va a proporcionarme una coartada.

Maya…, fiel y servicial hasta el final. Dale las gracias de mi parte.

Lo haré. —Lucía asintió con pesadumbre. Se limpió un par de lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Qué hago con el dinero? No sé dónde guardarlo. De momento lo he dejado en casa de mi hermana, pero no puedo mantenerlo allí por mucho tiempo, no quiero hacerle eso.

Víctor apoyó los codos sobre el mostrador, acercó la cara al cristal y habló con la voz templada y grave.

Escóndelo donde nadie pueda encontrarlo; estoy seguro de que se te ocurrirá algo. Cuando pase la tormenta inviértelo en ti, en estar bien.

Maya se ha ofrecido a guardarlo en su casa, y también me ofrece refugio allí. —Permanecieron callados un instante—. Y yo… No me siento confiada de volver a la mía. Quizá me mude con ella una temporada; me llevaré mis cosas y también a tu gata: cuidaré de ella, te lo prometo.

Víctor sonrió por primera vez en toda la entrevista.

Gracias por ocuparte de Miska.

El funcionario llamó a la puerta y les indicó que el tiempo de la visita había terminado. Pegaron la frente al cristal.

Sé fuerte —susurró Víctor—. Yo sé que eres fuerte.

A Lucía se le encogió el alma. No fue capaz de decir una palabra más: el nudo de la garganta era ya demasiado intenso como para siquiera intentarlo. Apremiada por la mirada del funcionario, abandonó la sala con la cabeza girada hacia el cristal, hacia el hombre que dejaba tras él.

Sentada en el coche rompió a llorar, y las lágrimas contenidas durante la visita manaron en tropel empujándose unas a otras apresuradas por abandonar su cuerpo, por ofrecerle alivio. Cuando metió la mano en el bolso para coger un pañuelo, el móvil sonó en el fondo.

Hola, Ester —contestó. El teléfono se empapó con su desahogo.

Hola.

Has hablado con Manu, ¿verdad?

Lo siento, tienes que llevártelo. Está convencido de que nos traerá problemas. Entiéndelo, tenemos dos hijos… —La voz de Ester se quebró.

No pasa nada, lo entiendo. —Lucía contuvo el aliento mientras se secaba la cara con el pañuelo—. No debería haberte puesto en ese compromiso. Esta tarde pasaré a recogerlo.

Lucía colgó el teléfono, lo dejó sobre el salpicadero. No podía culpar a su hermana ni a su cuñado por tomar aquella decisión sensata, por hacer lo que consideraban correcto para proteger a su familia. Y pensó también que si continuaba haciendo las cosas de manera tan irresponsable, tan improvisada, tan precipitada, acabaría metida en más problemas.

………….

Manuel recorrió la distancia que separaba su despacho de la sala de reuniones con pasos agigantados, mirada corta y gesto severo. Acababa de recibir la llamada del abogado de Esteban en la que este le había comunicado la consumación de sus amenazas. Ciego de ira por dentro, aunque tranquilo y sereno por fuera, contenía los ademanes con los que se atusaba la barba para no arrancársela.

La dirección al completo del partido le esperaba de pie alrededor de una gran mesa ovalada. Ninguno de ellos conocía el motivo de aquella reunión convocada con tanta urgencia, aunque intuían lo que podría estar fraguándose en torno al reciente encarcelamiento de su tesorero.

Manuel tomó asiento en el extremo de la mesa, bajo un ventanal que se asomaba al centro de la ciudad; todos se sentaron después de él murmurando. Cuando les confirmó lo que sospechaban, enmudecieron.

Sagrario de Prada tomó la palabra para repetir lo que tantas veces había dicho:

Sabía que no podíamos confiar en él.

Por el amor de Dios, Sagrario. Esteban lleva tantos años como yo en el partido. Siempre se mostró recto y comprometido: ninguno podíamos prever esto —repuso Manuel.

¿No? —El rostro liso de Sagrario se arrugó como un pellejo ajado; señaló al presidente con su nariz puntiaguda y respingona cual dedo acusador—: Yo te lo avisé, pero insististe en ascenderle a tesorero. Hace tiempo que debimos prescindir de él.

Manuel se sintió incómodo por la afirmación, pero templó ánimos para evitar un enfrentamiento y retomó las riendas de la situación.

No perdamos el tiempo en discusiones que no llevan a parte alguna. La prioridad es definir cuál será nuestra postura de ahora en adelante —repasó a todos con la mirada para fijar en sus cabezas el argumentario que traía preparado—: Los sobresueldos son invención suya, fruto de su frustración, y nosotros somos las víctimas de sus trapicheos al margen del partido: arremete contra nosotros precisamente porque no le respaldamos, porque la justicia funciona dentro de la separación de poderes que marca la Constitución.

¿Y los mensajes? —preguntó el secretario de organización—. ¿Cómo vamos a defender eso?

Lo único que demuestran es que traté de dar aliento a alguien en quien un día deposité mi confianza equivocadamente —repuso Manuel.

Sagrario se removió en su asiento: los argumentos del presidente no le parecían otra cosa que simplezas inverosímiles. No pudo contenerse:

Vamos, Manuel. No podemos contar a la opinión pública que durante años hemos ignorado los manejos de nuestro tesorero. Mañana este asunto abrirá las cabeceras de todos los informativos y tendremos que dar una explicación creíble.

Manuel la fusiló con la mirada:

Daremos una rueda de prensa. Hablaré yo, y todos estaréis a mi lado para demostrar unidad en la cúpula del partido; sobre todo tú como secretaria general. No habrá preguntas; ni siquiera estaremos delante de los periodistas: haremos la declaración desde un despacho contiguo a la sala de prensa y nos verán a través de una pantalla. —Señaló a sagrario atusándose la barba—: En adelante te encargarás de repetir en cada intervención, en cada entrevista, nuestra versión. El resto —extendió la mirada sobre todos los presentes—, os ocuparéis de desacreditar a los periodistas que nos difamen; si es necesario, amenazadlos con querellas ante los tribunales. Ahora, todos a trabajar.

……………

Rosa entró en el hotel Villa Magna del Paseo de la Castellana con los documentos originales y el móvil de su marido guardados en el bolso. No conocía personalmente al director del diario El Continental, pero aquel hombre de rostro redondo, pómulos caídos y anacrónicos tirantes que tantas veces había visto en las tertulias de televisión era inconfundible. Le localizó enseguida entre las pocas personas que pululaban por la recepción del hotel, sentado en uno de los sillones del fondo. Cuando se acercó a él, este se puso en pie y le estrechó la mano inclinando la cabeza, complacido de verla.

Soy Alejandro Quijano, encantado de conocerla.

Rosa María Casas. Igualmente encantada —contestó ella. Se sentó frente a él y puso el bolso sobre las rodillas.

Alejandro la miró arqueando las cejas, pobladas como cepillos de dientes:

¿Y bien?

Aquí tiene los originales. —Rosa metió la mano en el bolso y los dejó sobre la mesa.

Alejandro hojeó el material con atención, con discreción; fotografió con la mirada cada página y las comparó mentalmente con el contenido del correo electrónico que tanto había estudiado aquella mañana. Cuando le devolvió los documentos a Rosa, esta le mostró los mensajes del teléfono.

Es gravísimo, un auténtico escándalo —comentó el director en voz baja—. Si tiene más información para publicar, no dude en ponerse en contacto conmigo.

A su debido tiempo —dijo Rosa guardando los documentos en el bolso—. De momento esto es todo.

Gracias. Muchas gracias por confiar en nuestro periódico. Quedo a su disposición.

Rosa se despidió sin comentar nada más: le tendió la mano y desapareció presurosa, oculta tras sus gafas de sol.

……………

Por primera vez en su vida, Lucía entraba en una comisaría para algo distinto a renovar su carné de identidad. Avanzó por las dependencias policiales observando con reserva a los agentes uniformados que se cruzaban en su camino, pero ninguno de ellos le prestó mayor atención. Reparó entonces en la tarjeta identificativa que le habían proporcionado en la entrada y que llevaba colgada del cuello: «Para ellos solo soy una visita autorizada», se dijo en vano para apaciguar su agitación.

Conforme subía las escaleras hacia la primera planta, donde le habían indicado que debía dirigirse, se repetía una y otra vez la coartada pactada con Maya y trataba de reunir la calma que Víctor le había dicho que no debía perder.

El ascenso se le hizo interminable, y en el momento en que pisó el último escalón, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se detuvo. Cerró los ojos un segundo; dejó caer los brazos; apretó después los puños buscando convertir el miedo en confianza.

Al fondo del pasillo pudo ver la puerta marrón del despacho de Inés, la que le habían descrito en la entrada, la que ostentaba el nombre de la inspectora y su cargo en el cristal traslúcido que ocupaba la mitad superior. Se detuvo delante de ella y las piernas le flaquearon. Visualizó entonces el rostro de Maya y tocó con los nudillos en el cristal.

Adelante —contestó al otro lado la misma voz que le había llamado por la mañana.

Lucía empujó la puerta, y cuando vio a la inspectora se sintió desconcertada: la chica rubia de ojos vivos y expresión cordial que había detrás de la mesa no era la mujer de aspecto intimidante que esperaba encontrar.

Cierre la puerta y siéntese, por favor —dijo muy amable.

Lucía cruzó el despacho y estrechó la mano que la inspectora le ofrecía.

Hola, soy Inés Tardá —se presentó formalmente.

Encantada. Yo soy Lucía Vergara —contestó esforzándose en no apretar los dientes, en abrir la boca con naturalidad.

Inés la observó con detenimiento. Apartó unos papeles que tenía delante y cruzó los brazos sobre la mesa.

Relájese, parece muy tensa. —Se ajustó la coleta y sonrió—. Solo quiero hacerle algunas preguntas.

Disculpe, inspectora. Solo es que nunca me he visto en una situación como esta. Comprenda que no estoy acostumbrada a que me interroguen; a estar en un lugar como este delante de una persona como usted… Bueno, a decir verdad, imaginaba que me encontraría delante de una agente uniformada: alguien más… —Lucía calló; de pronto se sintió estúpida por el comentario, por aquella locuacidad inesperada surgida de la ansiedad. Inés sonrió de nuevo.

A menudo las cosas no acostumbran a ser como una las imagina, ¿verdad? —Inés la miró con ojos curiosos, muy alejada de la actitud de acoso que Lucía había recreado en su imaginación a lo largo del día—. Tranquila, no voy a interrogarla: si esa fuese mi intención le habría pedido que trajese un abogado. Como le he dicho por teléfono, solo quiero hacerle algunas preguntas acerca del señor Samboal, si no tiene inconveniente.

Lucía sintió al fin algo de calma, de confianza.

Le agradezco su amabilidad. No tengo ningún inconveniente en responder a lo que usted quiera preguntarme.

Bien. En primer lugar, quisiera saber desde cuando mantiene una relación con el señor Samboal.

Desde hace aproximadamente dos semanas. Le conocí en el Luna Llena, un club privado.

Tengo entendido que era usted empleada de ese club, ¿es así?

Así es.

Y dígame, ¿conocía usted la relación que existía entre el señor Samboal y el encargado del club en cuanto a ciertas actuaciones que se llevaban a cabo en él por parte de estas dos personas y otras?

No sé a qué actuaciones se refiere. Por lo que sé, Chema mantenía con él la misma relación que con el resto de miembros del club: el trato cordial y habitual entre responsable y cliente.

Se muestra muy convencida de ello, me alegra escucharla en esos términos. —Inés se llevó la mano a la barbilla, pensativa—. Dígame, ¿alguna vez vio acceder al despacho de John Morgan a alguien que llamara su atención de forma especial? Me refiero a personas ajenas a la dirección del club.

No, que yo recuerde.

Inés abrió su libreta e hizo un par de anotaciones. Luego devolvió la atención Lucía.

Solo una cosa más. Y espero que entienda mi, digamos, curiosidad. ¿Dónde se encontraba usted la noche del pasado viernes?

Claro que la entiendo, inspectora. La pasé con una amiga. Tomamos unas copas, quizá algunas de más, y dormí en su casa: no me sentía capaz de conducir —explicó Lucía sin vacilar.

¿Y notó algún comportamiento fuera de lo normal en el señor Samboal aquella tarde?

El viernes no nos vimos: cuando me marché de casa él aún no había regresado de la oficina.

¿Se vieron al día siguiente?

Sí. Regresé a casa a media mañana; él seguía durmiendo y no quise despertarle. Pero no noté nada raro en él después.

Bien —asintió Inés—. No tengo razones para dudar de usted. Le agradezco que haya venido, puede marcharse cuando quiera.

Gracias a usted; espero haberle sido de ayuda.

Lucía se levantó de la silla con más alivio del que habría sentido tras salir airosa de un combate a vida o muerte. Estrechó la mano de la inspectora y abandonó el despacho conteniendo la respiración.

Camino de casa de su hermana, le llegó un mensaje de Sandra:

Me he enterado de la detención de Víctor, ¿quieres que nos veamos esta tarde?

Lucía respondió en el primer semáforo que la hizo detenerse:

Te veo en un par de horas, donde siempre.

……………..

El teléfono de Esteban comenzó a sonar dentro del bolso de Rosa cuando se alejaba del hotel Villa Magna. Echó un vistazo a la pantalla y volvió a guardarlo; no contestó hasta haber entrado en el coche y cerrado la puerta:

Hola, Manuel.

Imagino que estarás sorprendida por mi llamada.

Bastante, la verdad. ¿Qué quieres? —preguntó con el vientre encogido—. Creo que ha quedado todo dicho con vuestra inacción, con vuestro abandono.

Las cosas son más complicadas de lo que piensas; hacemos lo que podemos.

Rosa agarró el volante y apretó el puño alrededor de él.

¡Una mierda! —exclamó sin alzar la voz—. No habéis movido ni un dedo.

Te equivocas. Intentamos tocar algunas teclas, pero no tenemos suficiente influencia sobre el juez Bermúdez.

Ya. Pues el partido y tú podéis iros a la mierda.

Rosa, tienes que entender, tienes que ser razonable. No precipitemos las cosas. —Manuel hizo un silencio, como si estuviese pensando bien lo que iba a decir—. Qué te parece si nos vemos esta misma tarde en mi despacho y hablamos cara a cara como los dos amigos que hemos sido, y creo que aún somos. He recibido la llamada de vuestro abogado y…

Y ahora —le interrumpió bruscamente— estáis dispuestos a hacer cualquier cosa, ¿no?

Tienes que impedir esa filtración, es inasumible para el partido.

¿Inasumible…? Inasumible es la situación de mi marido.

Ven a verme, por favor, es un asunto delicado para tratarlo por teléfono.

No tenemos nada de qué hablar.

Rosa, por favor, todos vamos a salir perjudicados por este asunto, incluido Esteban.

Mi marido ya ha salido bastante perjudicado, ¿no crees? ¡¿Qué más le puede pasar?!

Nunca se sabe, las condenas por corrupción pueden ser muy dispares.

Entonces procura que la disparidad nos sea favorable. Sabes perfectamente que la portada de mañana es solo el principio, una minucia, un aviso.

No te atreverás…

¿Si me atreveré? No pararé hasta que mi marido vuelva a casa, ¿entendido? Ahora déjame en paz.

Rosa colgó el teléfono. Se sentía tan furiosa que creyó que iba a explotar. «Hijo de puta —murmuró—. Estoy hasta el gorro de que todo el mundo nos ningunee». Abrió la agenda del teléfono de Esteban e hizo otra llamada:

¿Dígame? —La voz que contestó al otro lado sonó fatigada y distorsionada por el sonido ambiental del tráfico.

Hola, Lucía. Soy Rosa María Casas, la esposa de Esteban Mato.

Antes de salir del coche, Lucía recapacitó qué hacer con la bolsa del dinero: no le parecía sensato pasearla por el centro de Madrid, pero tampoco podía dejarla en el aparcamiento en un coche que ni siquiera podía cerrar con llave. «¡Mierda!», exclamó descargando su frustración contra el volante. Miró por el retrovisor y la observó. Entonces vio sobre los asientos traseros una sudadera que Maya se había puesto por la mañana, al salir de casa, y que había dejado allí antes de bajar del coche en la urbanización de su hermana. La agarró y se dijo a si misma: «Acabo de salir del gimnasio, me he cambiado y llevo en la bolsa la ropa de deporte». Metió la sudadera en la bolsa; envolvió los billetes con ella para disimular las aristas que los fajos producían en la tela; sacó una de las mangas y la dejó colgando por fuera al cerrar la cremallera a modo de muestra de lo que supuestamente transportaba.

Abandonó el garaje con la bolsa colgada del hombro y caminó por la acera de Gran Vía hacia El despacho. Se sentía medianamente segura, pero no podía evitar mirar de soslayo en todas direcciones para asegurarse de que nadie la observaba: caía la tarde y muchos eran los que regresaban a sus casas después del trabajo a pie. Cuando no le faltaba más que doblar una esquina para alcanzar su destino, una llamada inesperada le hizo dar un respingo. El corazón le dio un vuelco: rodeada de transeúntes, se sintió como un gigantesco centro de atención. Detuvo el paso a la sombra de un portal y descolgó:

¿Dígame?

Hola, Lucía. Soy Rosa María Casas, la esposa de Esteban Mato.

Lucía se quedó en blanco. Tardó unos segundos en recordar, en ubicar aquella sorpresiva comunicación en el contexto adecuado.

Hola. Creo que no nos conocemos.

Así es.

¿Y qué desea?

Lo sabes perfectamente.

Lucía afianzó las asas de la bolsa a su hombro. Un inusitado arrojo le hizo responder con franqueza, severa, firme:

No voy a entregártelo. Víctor me ha pedido que lo guarde.

Ese dinero no te pertenece, es nuestro.

Te equivocas. Así son las cosas y no van a cambiar.

¡No puedes hacer eso, mi marido lo necesita! —gritó Rosa perdiendo la compostura―. ¡Tenemos las cuentas embargadas, por el amor de Dios!

Lo siento, pero eso es lo que hay.

¿Cómo que eso es lo que hay? ¡No te atrevas a hablarme así, trabajas para nosotros!

Te equivocas. Yo ya no trabajo para nadie. He desaparecido, soy un eslabón perdido de la cadena.

¡Niñata de mierda, no eres nadie!, ¿me oyes?, ¡nadie!

Lucía se sintió enfurecer por los insultos y el menosprecio de Rosa, pero procuró no subir el tono en medio de la calle.

Eso es —repuso con sarcasmo—, nadie. Lo que buscas no lo tiene nadie.

¡Mira, niñata, si no me lo…

Lucía colgó la llamada. Extendió la vista a su alrededor con cierto temor, pero ninguno de los viandantes que circulaban por allí le prestaba la menor atención. Guardó el móvil y continuó su marcha como si nada hubiese ocurrido.

Al doblar la esquina vio a Sandra sentada en una de las mesas de la terraza leyendo un libro mientras esperaba. Lucía se sentó frente a ella; dejó la bolsa en el suelo, a su lado, como si no contuviese nada de valor.

Llegas con retraso, como siempre —dijo Sandra levantando la vista por encima de las gafas de sol. Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa.

Me he entretenido en casa de mi hermana: se van de vacaciones esta noche y había prometido a los niños que pasaría a verlos antes de que se marchasen.

Sandra le dirigió una mirada condescendiente:

¿Cómo te encuentras?

Dada la situación, te lo puedes imaginar.

Siento de veras lo que le ha ocurrido a Víctor. No fue culpa suya, discutieron y la cosa se les fue de las manos.

Veo que estás muy bien informada —afirmo Lucía frunciendo el ceño.

Alguien de la policía, una inspectora rubia, ha estado en el club haciendo preguntas a John: ella se lo contó anoche. Creo que se llama…

Inés Tardá.

¿La conoces?

He estado en su despacho esta tarde. Me ha hecho preguntas acerca de los trapicheos del club, pero le he dicho que no sé nada de nada.

Sandra tomó la mano de Lucía:

A veces la vida se complica de la manera más inesperada. Tienes que ser fuerte, saldrás adelante.

Lucía bajó la vista a la mesa, luego a la bolsa inconscientemente. Las palabras de Sandra le transmitieron un amargo sabor a despedida, aunque de algún modo lo esperaba.

Lo intentaré.

Un silencio desgarrador, desconocido entre ellas hasta entonces, las sobrecogió. Sandra lo rompió sin gastar una sola palabra en eufemismos:

A partir de ahora, será mejor que perdamos el contacto. La policía ha decidido dejar el Luna Llena al margen de la investigación, y queremos que siga así. Creo que es lo mejor para todos.

¿Queremos? ¿Lo mejor para… todos?

John me ha ofrecido el puesto de encargada, y he aceptado.

De acuerdo —asintió Lucía con la mirada abatida.

Será mejor que me vaya. —Sandra cogió su libro; se ajustó las gafas de sol; bordeó la mesa y se agachó junto a ella para hablarle al oído. —Solo una cosa más: no queremos saber nada del dinero que tienes en tu cuenta.

¿Qué dinero? —musitó Lucía.

Ninguno.

Ninguno.

Lucía apretó la bolsa del dinero entre las piernas. Sandra se alejó por la acera.

………….

Inés entró en el Luna Llena en el albor del ocaso; John la había citado unas horas antes de la apertura para evitar revuelos. Ascendió directamente por las escaleras que conducían a la primera planta, donde el dueño del club la esperaba. Empujó la puerta sin llamar y cruzó el despacho.

Sinceramente, esperaba no tener que volver por aquí —dijo nada más verle.

Disculpe, pero he preferido entregárselo en mi despacho: es más discreto que el suyo —repuso John levantándose para estrecharle la mano—. Siéntese, por favor.

Inés arrastró la silla sin quitarle la vista de encima.

Confío en que al menos haya merecido la pena venir; no quisiera marcharme defraudada.

No lo hará. —John recogió una caja del suelo y la puso sobre la mesa—. Aquí está lo que busca… todo.

Inés introdujo las manos en la caja y comenzó a sacar documentos. Los echó un vistazo rápido.

Pero… —Clavó su penetrante mirada en los ojos de John—. Esto no son fotocopias, son documentos originales. ¿De dónde los ha sacado? Suponía que habían quedado destruidos en el taller.

Siempre estuvieron aquí. Chema solo se llevó copias para presionar a Víctor.

Entiendo —dijo Inés apoyando los codos en la mesa. Luego meneó la cabeza, condescendiente—. Pasaré por alto que me lo ocultó, y quitaré también importancia al hecho de que probablemente haya destruido todo aquello en donde aparecía su nombre o el de alguno de sus empleados. Pero se lo advierto: no vuelva a engañarme.

John se estremeció. Y comprendiendo que la inspectora se daba por satisfecha, desvió la conversación:

¿Le apetece tomar una última cerveza?

Se lo agradezco —aceptó Inés clavándole de nuevo la mirada en las pupilas—. Me ayudará a tragarme sus excusas.

Es la verdad, no me he inventado nada.

Por supuesto… Vayamos a por esa cerveza.

………….

Lucía entró en la casa de Maya sin ser consciente de cómo había llegado hasta allí. El día había sido tan intenso, repleto de tantas sensaciones encontradas, de tantas situaciones complicadas, que su alma parecía haberse desgarrado en mil pedazos; y despedirse de Sandra de aquella manera había terminado de pisotear los jirones en que había quedado convertida.

Maya la recibió con un abrazo, y Lucía aceptó aquel gesto de cariño, de empatía, como si fuese el primero de su vida, como si su vida comenzase de nuevo en ese momento. Se adentraron cogidas de la mano hasta el salón. Lucía dejó el dinero sobre la mesa y se sentaron en el sofá, hombro contra hombro, sin soltar los dedos entrelazados.

Has vuelto a casa de tu hermana…

Me llamó cuando salía de visitar a Víctor.

No puedes reprochárselo.

No lo hago. Mezclarlos en este asunto fue una estupidez.

Maya apretó la mano de Lucía, y Lucía apretó la de Maya.

¿Lo guardaremos aquí?

Lucía suspiró, y mezclados con su aliento abandonaron su cuerpo parte de los males que la aquejaban.

Solo hasta que encontremos un lugar mejor.

Lucía encontró un momento la calma, al fin, y con ella llegó también la de Maya. Las dos permanecieron largo rato inmóviles con la vista puesta en la bolsa negra, que parecía saludarlas burlonamente con la manga asomando por la cremallera; Miska saltó sobre la mesa, la olisqueó y se tumbó sobre ella, las observó con indiferencia.

Todo lo vivido durante las últimas semanas se agolpó en la mente de Lucía fundido en una sola imagen: dinero.

– FIN –

…………..

Aquí termina la primera parte, “ABRIÓ LOS OJOS”. 

Si quieres leer la segunda parte de esta bilogía: LUNA NUEVA, presta atención a nuestro blog y nuestras redes sociales. ¡Pronto tendrás noticias!

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