Capítulo 18 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS – AURE GONZÁLEZ

CAPÍTULO 18

Martes, 20 de agosto.

En la recepción del edificio del BKS les atendieron con la misma amabilidad del día anterior. Y después de una breve conversación telefónica con la secretaria de Víctor Samboal, la recepcionista les autorizó para subir hasta la planta 21.

Durante el trayecto en el ascensor, Toni se mostró inusualmente nervioso: jugueteaba con un manojo de llaves pasándoselas de mano en mano y miraba el reloj una y otra vez de manera compulsiva. Cuando salieron de la cabina, las llaves estuvieron a punto de caérsele al suelo.

—¿Estás bien? —dijo Inés en voz baja, tapándose la boca con la mano—. No te dejes intimidar por la opulencia de este lugar, solo estamos haciendo nuestro trabajo.

—Es el consejero delegado del banco —repuso Toni.

—Nada de eso, céntrate. Hemos venido para hablar con el principal sospechoso de un crimen.

—Lo sé, pero no puedo evitar sentir cierta congoja.

Inés le reprimió con la mirada. Se llevo las manos detrás de la cabeza y apretó el nudo de su coleta murmurando:

—Todos somos iguales ante la ley.

Al final del pasillo les esperaba la secretaria de Víctor con cara de circunstancias; les seguía con la mirada atenta, grave, sin apenas parpadear. Cuando estuvieron a su altura, esta se puso en pie, estiró su vestido y aguardó en silencio a que Inés hablara.

—Deseamos entrevistarnos con el señor Samboal.

—Claro. Por favor, acompáñenme si son tan amables.

Maya caminó clavando los tacones en la moqueta como si su cuerpo pesase de pronto mucho más de lo acostumbrado. Abrió la puerta y anunció su llegada con voz queda. Inés y el trémulo subinspector atravesaron el despacho. Víctor estaba sentado en su sillón de cuero.

—Siéntense, por favor —les saludó estrechándoles las manos—. ¿Qué les trae de nuevo por aquí?

Inés habló sin preámbulos:

—Hemos solicitado a la compañía telefónica la lista de llamadas operadas desde el terminal del señor Montero los días previos a su muerte. Y resulta extraño que usted sea la última persona con quien habló antes de morir; y digo extraño porque, según me dijo ayer, usted no le conocía. No me cabe duda de que esta contradicción tiene una explicación muy simple pero, discúlpeme, no la imagino.

Víctor palideció. Tuvo que meterse las manos en los bolsillos del pantalón para disimular su temblor. Acorralado y sin margen de maniobra, respondió:

—Mentí, lo reconozco.

Inés se abrazó la barbilla con la mano; le fulminó con la mirada.

—Supongo que su relación, cualquiera que esta fuese, se fraguó en el club donde el señor Montero trabajaba, ¿no es así?

Víctor tuvo en ese momento la convicción de que la inspectora había hablado con John; de que estaba jugando con él al ratón y al gato a la espera de un nuevo error, de una nueva contradicción. Y supo que la huida, si esta era posible, solo podía ser ya hacia delante.

—No suelo frecuentar el Luna Llena; apenas me dejo caer por allí de cuando en cuando, para tomar una copa y ventilar la factura emocional que las responsabilidades del banco me pasan. Y como comprenderá, hay aspectos de la vida privada de un hombre como yo que no pueden ni deben airearse, ni siquiera ante la policía. Siento habérselo ocultado: me vi en la obligación de hacerlo para salvaguardar mi reputación.

—Entiendo los motivos de su discreción. Pero llegados a este punto, le rogaría que fuese más concreto en cuanto a su llamada al señor Montero.

Víctor tragó saliva.

—Está bien. —Se llevó una mano a la cara; se estrujó la nariz como si a través de ella pudiese exprimir el jugo de sus pensamientos—. Mi relación con Chema siempre ha sido cordial, pero últimamente andaba algo molesto conmigo. Le llamé en varias ocasiones la semana pasada para rebajar la tensión.

—¿Por qué estaba molesto con usted?

—Mi pareja actual es una chica que trabajaba en el club: cuando empezamos la relación lo abandonó. Chema me guardaba un gran rencor desde entonces.

—Entiendo… —Inés asintió invitándole a continuar.

—Eso es todo —aseguró Víctor—. He hablado varias veces con él para intentar calmar las cosas, nada más.

Inés sacó su libreta. Víctor la observó anotar varias líneas durante unos segundos que se le hicieron eternos. Cuando la inspectora cerró la libreta, volvió a clavarle su mirada afilada.

—El cadáver del que le hablé ayer apareció en un taller de cerrajería situado en un polígono industrial de Alcorcón. A falta de algunos análisis, podemos afirmar con un alto grado de probabilidad que se trata del señor Montero. Dígame, ¿estuvo usted en aquella nave la madrugada del pasado sábado?

—No sé de qué lugar me habla.

—Pero comprenderá que, dados los indicios, usted se ha convertido en nuestro principal sospechoso.

—Supongo que es lógico, sí. Pero…

—Pero usted no lo hizo —le interrumpió Inés—. No arrojó al señor Montero sobre la máquina en la que murió desde la oficina de la primera planta del taller.

—Por supuesto que no.

—En ese caso, no tendrá inconveniente en que el subinspector y yo revisemos su coche ahora. Imagino que lo tendrá aparcado en el sótano del edificio.

—¿Mi coche?, ¿por qué…? Claro. No tengo inconveniente.

Los tres salieron del despacho y caminaron en fila hacia el ascensor bajo la atenta mirada de Maya, que les observaba casi escondida detrás de la pantalla de su ordenador. Durante el interminable descenso permanecieron en silencio: Inés revisando sus notas; Toni observando al consejero delegado de soslayo; Víctor nervioso, sin saber adónde mirar.

Finalmente se detuvieron frente al BMW.

—Si es tan amable, abra el maletero, por favor —le indicó Inés.

Víctor sacó la llave del bolsillo, apretó el botón del mando a distancia, abrió el portón trasero y se apartó.

Inés permaneció unos segundos escudriñando el maletero: estaba limpio y completamente vacío. Luego se sentó en él con los pies colgando sobre el parachoques a unos centímetros del suelo.

—Me gusta su coche, tiene estilo —dijo acariciando la tapicería del suelo.

—Gracias —contestó Víctor confundido por el comentario.

—Uno debe sentirse poderoso al volante. ¿Qué motor tiene?

Víctor se sintió más confundido aún. Se encogió de hombros.

—Seis cilindros, diésel, 381 CV. ¿A qué viene esa pregunta?

—Solo era curiosidad. —Inés se puso en pie—. Ya puede cerrar el maletero.

La inspectora bordeó el BMW por el costado derecho asomándose al interior a través de las ventanillas.

—¿Le importaría sentarse al volante? Yo me pondré en el asiento del copiloto.

Víctor agarró el tirador de la puerta con el pulso desbocado; el suave crujido resonó amplificado en el silencio del aparcamiento. Entró en el coche, se acomodó como pudo y giró la cabeza hacia la inspectora.

—¿Y bien? —preguntó levantando las cejas.

—Encienda el navegador, por favor. Me gustaría ver los últimos destinos introducidos en él.

Víctor vaciló un instante. Luego encendió el aparato. Cuando apareció en la pantalla la dirección a donde Chema le había indicado que fuese la mañana del viernes, sintió que la torre entera del BKS iba a caérsele encima.

—Imagino que tiene una buena explicación para esto —dijo Inés.

—Verá… —las palabras se le atascaron en la garganta.

—Y supongo que tiene otra igual de buena para justificar que el maletero de un coche diésel huela a gasolina.

Víctor permaneció en silencio sin apartar la vista de la pantalla del navegador; maldijo la torpeza de no haber borrado el historial de destinos, de no haber mandado limpiar el maletero.

—Pero no tiene que dármelas ahora —continuó Inés—. Hablaremos detenidamente de ello y de algunas cosas más en comisaría.

Víctor continuó sin decir nada.

Inés salió del coche y lanzó una mirada autoritaria a Toni, que no había abierto la boca hasta entonces, para que se hiciese cargo del sospechoso, para que hiciese frente a aquella congoja absurda que ella nunca antes había visto en él. El subinspector respiró profundamente y bordeó el vehículo.

—Está usted detenido como sospechoso del homicidio de José María Montero. Tiene derecho a guardar silencio y a llamar a su abogado, así como a informar a sus familiares. Salga del coche y acompáñenos, por favor.

Flanqueado por ambos policías, Víctor Samboal abandonó cabizbajo el edificio del banco, aquel castillo que hasta entonces había considerado una fortaleza inexpugnable, por la puerta del aparcamiento: Inés tuvo la deferencia de no colocarle las esposas y de evitarle el mal trago de atravesar el vestíbulo.

Víctor tomó asiento en la fría sala de interrogatorios derrumbado: las pruebas halladas en su contra eran difícilmente rebatibles, y así se lo había hecho saber su abogado. Inés y Toni se sentaron frente a ellos.

Víctor confesó al detalle lo sucedido el viernes por la mañana, cuando fue en busca de Chema al taller del polígono industrial. También el desgraciado accidente y cómo había quemado después el lugar. Habló de los documentos del Luna Llena: de la contabilidad de las mordidas que el partido del Gobierno arañaba a grandes empresarios y que en ellos se detallaba; relató, también, los intercambios de dinero que se llevaban a cabo en el club al amparo de sus dueños y el chantaje al que Chema le había sometido. 

Inés le había asegurado que su confesión se mantendría en secreto, que nadie sabría la procedencia de aquella valiosa información, que ello le reportaría beneficios penales… Y Víctor se cercioró de no omitir nada, salvo que Lucía le había ayudado a deshacerse del cuerpo: afirmó haber actuado solo, haber conducido el Audi de Chema hasta el río y regresado a pie. En ningún momento pensó en las consecuencias de su declaración ni en todas las personas a las que dejaba al descubierto ni en la sacudida con la que esta haría tambalear al Gobierno. Ya no le importaba nada salvo ella, Lucía: la única persona inocente en todo aquel asunto.

Tras la confesión, Inés abandonó la actitud seria e impasible que había mantenido hasta entonces. Se mostró satisfecha no solo por haber encajado las piezas; también por haber descubierto que el rompecabezas era mucho más grande de lo que en un principio hubiera podido imaginar.

Toni rodeó la mesa y pidió a Víctor que se levantase. Antes de que se lo llevara, Inés le hizo una última pregunta:

—Esos documentos que fueron el motivo de su disputa con el señor Montero…; ¿está seguro de que se han destruido?

Víctor se encogió de hombros.

—Estaban en las oficinas de aquel negocio.

—¿Llegó usted a verlos allí?

—No, no los vi. Pero Chema era un hombre que no se andaba con engaños.

—¿Y es posible que exista alguna copia? —insistió Inés.

—Lo desconozco. Si quiere salir de dudas, pregunte John Morgan: como ya le he dicho, eran suyos.

—Gracias por su colaboración. —Inés giró la cabeza hacia Toni—. Ya puedes llevártelo.

…………….

Rosa dejó caer su cuerpo, lánguido, sobre la silla del cubículo de visitas de la cárcel. Las fuerzas la habían abandonado; el ánimo, lo arrastraba dejando una estela que casi podía notar tras de sí; tiritaba por la ansiedad que ni siquiera controlaban los ansiolíticos que había encontrado en un cajón del cuarto de baño antes de salir de casa; y no paraba de mover los dedos de las manos, que se enredaban espásticos, sin control, unos con otros. Pero lo más grave de aquel lamentable estado de su ser era el ignorar la clase de persona con la que se iba a encontrar en unos instantes: quizá un Esteban entero y con fuerzas para afrontar la situación; quizá un Esteban hundido y resignado.

Un funcionario de prisiones uniformado e impertérrito, acostumbrado al sufrimiento ajeno que veía cada día tras el cristal que separaba la cárcel de la libertad, la miró indiferente antes de dejar pasar a su marido. Cuando el funcionario cerró la puerta, se quedaron los dos a solas, en silencio. Esteban caminó lentamente y se sentó frente a ella; a Rosa le pareció que el rostro de su marido se había trocado en escultura de cera, carente de expresión natural, como si el alma hubiera abandonado el cuerpo. Se miraron unos segundos y agarraron los intercomunicadores.

—Lo siento, mi vida.

—No lo sientas por mí. No puedo reprocharte nada.

—Nunca debí meterme en algo así.

—Ahora ya no cabe lamentarse —dijo Rosa sollozando—. ¿Qué vamos a hacer?

Esteban se acercó a ella, hasta que su frente chocó con el cristal. Rosa hizo lo mismo, y por un momento creyeron en vano tocarse.

—Solo hay una alternativa: presionar para que me saquen de aquí.

—Ya lo intentaste con Manuel y no funcionó. —Rosa sacó un pañuelo de papel de su bolso y se secó las lágrimas.

—Pues si no lo hacen por las buenas, lo harán por las malas. Es hora de sacar mierda.

—¿Estás seguro?

Esteban bajó la voz:

—Quiero que empieces a filtrar a la prensa ciertos documentos que yo te iré indicando a través de mi abogado. Él te dirá dónde, cuándo y a quién deberás entregárselos.

—Pero eso es peligroso, pondrás a todos en tu contra.

—Es la única salida. Si no lo hago cargaré con toda la responsabilidad.

Durante unos segundos permanecieron callados, diciéndose con la mirada lo que sentían el uno por el otro. Rosa puso la yema de los dedos en el cristal e imaginó que acariciaba los de su marido.

—Lo haré —gimoteó—. Haré lo que me digas; haré cuanto esté a mi alcance para sacarte de aquí.

—Lo sé, mi vida. —Esteban respiró profundamente—. Y hay otra cosa más que quiero que hagas.

—Qué.

—Quiero que te pongas en contacto con una chica llamada Lucía Vergara: es la nueva testaferro de la familia, la novia de Víctor. Ella ha recibido las últimas entregas en una cuenta del BKS, y ahora el dinero ha quedado fuera del círculo.

—¿Cuánto?

—Casi seiscientos mil.

—¿Cómo la localizo?

—Víctor me envió su número de teléfono por correo electrónico; busca en el portátil de casa. Llámala y consigue que te entregue el dinero, nos hará falta.

—¿Y qué pasa con Víctor?

—No te preocupes por él. John me ha llamado esta mañana y me ha dicho que va a tener problemas; en breve estará fuera de juego.

—De acuerdo, hablaré con ella.

El funcionario se asomó por la puerta con su uniforme de carcelero y su cara de indiferencia:

—Siento interrumpirles. Ha terminado el tiempo de la visita.

Esteban y Rosa se levantaron; juntaron de nuevo las manos a través del vidrio que creaba aquella falsa y cruel sensación de cercanía.

—Estaré a tu lado ahora y siempre: nunca lo olvides. Te quiero.

—Te quiero.

Esteban dio media vuelta con los ojos cubiertos de lágrimas. Rosa espero hasta verle desaparecer y caminó hacia el otro extremo de la sala echando mano de su bolso para sacar otro pañuelo.

……………..

Desde que se había marchado a primera hora acompañado de la policía, Maya no sabía nada de Víctor. Echó un vistazo, otro más en aquella interminable mañana, al reloj del monitor de su ordenador: 13:06. Agitada, agarró el taco de papeles pendientes de archivar que tenía delante y los dejó caer de canto sobre la mesa para alinearlos; los deslizó después en la bandeja de su derecha y permaneció unos instantes con la mirada perdida. «Está metido en problemas, y graves», musitó meneando la cabeza. En ese momento, la vibración de su móvil la sobresaltó; el número era desconocido.

—¿Sííí…? —contestó con un hilo de voz.

—Hola, Maya, soy Lucía.

Maya se estremeció al escucharla.

—Hola, ¿qué ocurre?

—Acaba de llamarme Víctor desde la comisaría de policía; le han detenido. Prefiero que no hablemos por teléfono, es mejor que nos veamos. Víctor me dijo que podía confiar en ti.

Maya se quedó perpleja ante las palabras atropelladas de Lucía. Sin saber cómo debía reaccionar, respondió:

—Claro…. Puedes confiar en mí. ¿Cuándo quieres que nos veamos?

—Cuanto antes. Ven a mi casa, hablaremos aquí. Ahora te envío mi dirección. Estaré esperándote.

Maya dejó el móvil sobre la mesa. «Mierda, mierda, mierda», masculló. De pronto, todo lo acontecido en los últimos días, el borrado de aquellos archivos, la llamada del jefe de Informática, la noche en la que fue a casa de Víctor en busca de seguridad, de respuestas, pasó por delante de sus ojos como una ráfaga de imágenes en bucle. Agarró su bolso y caminó hacia el ascensor.

……………..

Rosa entró en casa con el paso y el pulso acelerados. Cerró la puerta con llave y apoyó la espalda contra ella. Ya no se sentía segura en ninguna parte, ni siquiera en su propio hogar, donde estaban los documentos con los que su marido pretendía presionar al partido y al Gobierno; sentía un miedo atroz a que averiguaran dónde estaban escondidos y quisieran recuperarlos a toda costa, a que alguien asaltara su casa en medio de la noche.

Entró en el dormitorio, abrió el armario y se puso en cuclillas frente a la caja fuerte. «Aquí dentro está nuestro destino», dijo sollozando. Tecleó la clave y giró la palanca: todo permanecía tal y como Esteban lo había dejado días atrás. Con una mano agarró la cartera de piel, con la otra el fajo de billetes. El peso psicológico de todo aquello le hizo caer de culo, incapaz de sostener tamañas cargas sobre su ánimo descompuesto. «Sé fuerte. Sé fuerte. Sé fuerte…».

Lucía bajó al trastero para recuperar la bolsa del dinero: necesitaba saber que aún estaba en su posesión, que nadie se la había llevado. La subió a su piso envuelta en plástico de burbujas como si fuese algún objeto delicado que todavía no había tenido tiempo de desembalar. Cuando se sintió segura, en la intimidad de su salón, la dejó sobre la mesa y retiró el plástico.

Se sentó en el sofá delante de ella, y durante largo rato la observó incapaz de retirar la vista; al igual que el día anterior, la maldita bolsa parecía devolverle la mirada, profunda, desafiante, como si de un gran ojo negro provisto de siniestra ceja metálica se tratase. Entonces llamaron a la puerta, y Lucía corrió hacia el recibidor. Ojeó por la mirilla antes de abrir.

Maya entró en silencio; Lucía volvió a cerrar la puerta y echó la llave. Sin saber ninguna qué decir, se fundieron en un abrazo impulsadas por la instintiva necesidad de contacto con un cuerpo amigo, confiable. Lucía la condujo al salón y tomaron asiento frente a la bolsa.

—Le acusan de haber matado a un hombre.

—¿Cómo? Pero ¿a quién?

—A Chema, el encargado del Luna Llena.

—¿El encargado de qué?

Lucía le habló del club; le contó la trama de financiación ilegal en la que Víctor andaba metido desde hacía años; le relató lo sucedido los últimos días, el desgraciado incidente entre Chema y él el viernes por la mañana y el plan que habían ideado y ejecutado para hacer desaparecer el cuerpo y los documentos.

—Todo esto es una locura —dijo Lucía ante la estupefacción de Maya—. Siento haberte llamado en estas circunstancias, pero Víctor me pidió que lo hiciera si terminaba ocurriendo lo que finalmente ha ocurrido.

—¿Víctor?, ¿por qué?

—Necesito que hagas algo por él.

Lucía sacó de su bolsillo la pequeña llave plateada que Víctor le había entregado y la puso sobre su mano.

—La llave del cajón de su escritorio… —murmuró Maya.

—Así es. En él hay una libreta que quiere recuperar.

—Y quieres que yo la consiga.

—Exacto.

—De acuerdo, lo haré —resolvió Maya sin darse tiempo para recapacitar—. En su despacho no hay cámaras, y a nadie sorprenderá que entre en él cuando Víctor no está. Además, el banco aún no nos ha comunicado oficialmente su situación.

Maya señaló la bolsa negra que había sobre la mesa. Frunció el ceño.

—¿Ahí está el dinero del que me has hablado?

Lucía asintió.

—¿Qué vas a hacer con él?

—Quedármelo.

—¿Quedártelo? Puede meterte en muchos problemas.

—Lo sé. Pero Víctor me pidió que así lo hiciese.

—¿Y dónde vas a guardarlo? No estarás tan loca como para tenerlo aquí.

—He pensado esconderlo en casa de mi hermana, siempre está dispuesta a ayudarme. Lo llevaré allí por la mañana.

Maya negó con la cabeza y devolvió su atención a la bolsa.

—Todo esto me da muy mala espina —dijo llevándose las manos a las mejillas.

—A mí también. Por esa razón necesito que hagas algo más, esta vez por mí.

Lucía tomó las manos de Maya; el contacto hizo que los recuerdos de la noche de pasión que habían compartido días atrás afloraran a la superficie. Se miraron a los ojos, y no necesitaron hablar de ello para estar seguras de que se sentían del mismo modo.

—Víctor ha dicho a la policía que quemó la nave él solo, y yo… necesito una coartada para la noche del viernes.

—Una coartada… Conmigo —musitó Maya—. Un plan para las dos por el que llegaste tarde a casa esa noche. —Guardó un breve silencio que a Lucía se le hizo inmenso—. Vale. Hablaremos de ello después. Ahora será mejor que me marche y recupere la libreta. Volveré cuando salga de la oficina.

…………….

Inés entró en el bar del Luna Llena casi con la misma familiaridad que quienes se encontraban allí, apoyados en la barra copa en mano. Ocupó un hueco libre en el extremo de la barra más próximo al pasillo, saludó a Martín, y el camarero se acercó a ella fingiendo normalidad.

—¿Le pongo lo de siempre?

—Sí, por favor.

Martín fue presto a por una cerveza fría y regresó al instante.

Inés dio un trago echando un vistazo curioso a la clientela; puso nombre a algunas caras más. Luego devolvió la atención a Martín, que permanecía al otro lado de la barra a la expectativa.

—¿Ha llegado John? —preguntó al fin.

—Está en su despacho. —Martín se apresuró a marcar su número en el teléfono—. Le avisaré de que ha llegado.

—Gracias. Dígale que subo para hablar con él. Solo le robaré unos minutos.

Inés agarró su cerveza y se alejó del bar dando la espalda al club. Cuando entró en el despacho de John, este ya la esperaba avisado por el camarero.

—Tengo la impresión de que empieza a gustarle venir por aquí —bromeó el inglés sin atisbo de gracia en su expresión.

—No lo crea —respondió Inés. Tomó asiento y dejó la cerveza sobre la mesa—. Tengo novedades que contarle y he preferido hacerlo personalmente.

—¿Novedades? —inquirió John arrugando la frente.

—Tenemos la confirmación de la identidad del fallecido. —Inés hizo un pequeño silencio—. Lo siento.

John asintió con gesto grave.

—Esta mañana —continuó la inspectora— hemos detenido a Víctor Samboal como principal sospechoso del homicidio; según ha confesado, fue algo fortuito.

—Víctor… Nunca lo hubiera imaginado.

—La verdad es que yo tampoco: a pesar de los años que llevo en esta profesión, no dejo de sorprenderme de lo que puede llegar a hacer quien menos esperas. —Inés acarició su cerveza clavando los ojos en John—. El caso es que el señor Samboal ha hecho referencia en su declaración a ciertos documentos que podrían estar relacionados con su club, y a los cuales señala como causantes de la muerte fortuita del señor Montero. Pero, por desgracia, parece ser que esos documentos se quemaron en la nave industrial donde el señor Montero los guardaba.

—No sé de qué me habla, la verdad.

Inés apuró su cerveza y devolvió la copa a la mesa.

—Mire, voy a ser franca: usted y su club no me interesan en absoluto. Quiero creer que usted se vio obligado por las circunstancias a participar en asuntos en los que no debería haberse mezclado: asuntos que, por otro lado, sí que me interesan, y mucho. Y estoy convencida de que si existe alguna copia de esos documentos, usted sabe dónde está.

—Es posible —admitió John nervioso.

—Bien. Veo que empezamos a entendernos. —Inés se echó hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa—. Le propongo un trato: hágame llegar esa copia y yo procuraré mantener su negocio fuera de la investigación.

—¿Haría eso? —preguntó John abriendo mucho los ojos.

—Tiene mi palabra.

—De acuerdo, se la conseguiré.

Inés esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Ya tiene mi número; llámeme cuando la tenga. —Se puso en pie dispuesta a marcharse, pero se detuvo pensativa—. Por cierto, Víctor ha admitido mantener una relación con una ex trabajadora de su club, ¿estaba usted al corriente de ello?

—Sí. Se llama Lucía Vergara.

—¿Tiene su número de teléfono? Quisiera hacerle algunas preguntas.

Of course. —John lo buscó en la agenda del móvil y lo apuntó en una hoja de papel—. Aquí tiene. Aunque no creo que ella tenga nada que ver en todo este asunto: es una buena chica.

—Veremos. Como le he dicho, esta profesión nunca deja de sorprenderme. Gracias de nuevo por su colaboración.

…………….

La próxima semana: Último capítulo, nº 19.

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