Capítulo 17 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 17

Lunes, 19 de agosto.

El silencioso motor eléctrico del Prius le hizo pasar desapercibida cuando aparcó frente a la nave industrial arruinada. Inés levantó el cordón policial que protegía la escena y caminó hacia la entrada. El postigo peatonal estaba abierto de par en par, flanqueado por dos policías municipales que la miraron de arriba abajo desconcertados por su presencia, siempre de paisano. Echó la mano al bolsillo y les mostró la placa.

Al entrar en la nave, el intenso olor de los restos del incendio le golpeó en la nariz. El interior estaba cubierto por una capa de hollín. Levantó la vista y observó detenidamente el lugar: elaboró un meticuloso mapa mental del escenario, escrutó a cada una de las personas que pululaban por allí y localizó a Toni. Se acercó a él pensativa, con las manos colgando de los bolsillos del vaquero por los pulgares.

—El cuerpo está ahí arriba, sobre aquella máquina —dijo el subinspector señalando con el dedo.

—Ya he visto a los técnicos, ¿han sacado alguna conclusión? —preguntó Inés arqueando las cejas.

—Tan solo quedan reconocibles el fémur y el húmero derechos, la pelvis y parte del cráneo y de la mandíbula. El examen preliminar indica que se trata de un hombre robusto, de alrededor de metro ochenta: concuerda con la descripción que tenemos del señor Montero. La causa de la muerte podría ser una barra de acero que le atravesó el pecho. Y todo indica que lo quemaron con gasolina.

Inés extendió la vista sobre los técnicos que examinaban el cuerpo:

—Es probable que lo tiraran desde la planta superior, aunque será difícil determinar si vivo o muerto. —Señaló hacia al pasillo de chapa que había al final de las escaleras metálicas—. ¿Qué hay ahí?

—Según el dueño se trata de la oficina de la empresa.

Inés guardó silencio. Bajó la vista al suelo; lo escudriñó palmo a palmo desde el portón metálico hasta las escaleras que accedían a la planta superior. Frente a la máquina donde había aparecido el cuerpo algo llamó su atención. Dio unos pasos y se agachó en cuclillas.

—¿Qué son esos restos? —preguntó Toni. Le habían pasado desapercibidos hasta entonces.

—Parecen cenizas de papel o cartón —intuyó Inés—. Y también hay cierto olor a gasolina: quizá sea el foco del incendio. —Se levantó y giro ciento ochenta grados sobre sí misma observando de nuevo en derredor—. ¿Ha llegado el dueño?

—Es aquel hombre; se llama Paco. —Toni señaló hacia un rincón de la nave—. El tipo que le acompaña es el perito del seguro.

—Hablemos con él.

Inés se acercó a ellos seguida por Toni. Sacó la cartera y les mostró la placa.

—Buenos días, caballeros. Soy la inspectora Inés Tardá. Me gustaría hacerle algunas preguntas, a solas —dijo dirigiéndose al propietario del negocio.

—Por supuesto. Yo ya me marchaba —se excusó el perito.

Inés esperó hasta que se hubo alejado. Luego fijó su atención en el propietario.

—Francisco, ¿verdad? —Este asintió circunspecto—. Si es tan amable, necesito que me aclare algunas cosas acerca de lo sucedido.

—Por su puesto. Dígame en qué puedo serle de ayuda. Y, por favor, llámeme Paco.

—De acuerdo, Paco. Ayer afirmó usted que podría tratarse de un amigo suyo, José María Montero. ¿Es así?

—Sí, señora.

—Pero, según tengo entendido, el señor Montero no era empleado del taller.

—No, no lo era.

—¿Y por qué motivo se encontraba en su negocio en un día no laborable? Supongo que debió pedirle a usted la llave para entrar.

—Hace unos días le di una copia, pero desconocía que hubiese estado aquí durante el fin de semana.

—¿Por qué razón se la dio?

—Me pidió permiso para guardar unos documentos y necesitaba tener acceso a ellos en todo momento.

—¿Qué documentos?

—No lo sé. No me dio explicaciones y tampoco quise preguntar.

—¿Los vio usted?

—No. Los trajo metidos en una caja.

—¿Recuerda alguna cosa más? Cualquier pequeño detalle podría sernos de utilidad.

El propietario de la nave alzó la mirada pensativo.

—Ahora que lo dice… El jueves por la tarde me llamó para avisarme de que vendría a revisar esos papeles antes de ir al club en el que trabajaba. Si la memoria no me falla, comentó algo así como «joder al chulo del BKS».

—¿Mencionó algún nombre?

—No, que yo recuerde.

—Y, aparte de usted, ¿quién más tiene acceso a su negocio?

—El encargado del taller.

—¿Dónde se encuentra? Quisiera hablar con él.

—Ángel está de vacaciones. Se ha marchado todo el mes a Alicante, con su familia; tiene una casa allí desde hace años. Hablé el sábado por la mañana con él y le conté lo sucedido.

—En ese caso nos será de poca ayuda…

Inés sacó su libreta y anotó la información que hasta ese momento había extraído de la conversación. Luego continuó con el interrogatorio:

—¿Sabe dónde guardó el señor Montero los documentos que trajo aquí?

—Dejó la caja arriba, en un rincón de la oficina; no había mucho espacio donde dejarlos. Yo no quería saber nada de ellos, me daban mala espina, así que les eché unas herramientas encima para no verlos. Si quieren pueden subir a comprobar si queda algo de ellos, aunque ya les anticipo que la oficina está totalmente calcinada. —Paco se llevó las manos a la cara, abrumado por las circunstancias.

—Entiendo. Dígame, ¿conoce la marca y el modelo del coche que utilizaba habitualmente el señor Montero?

—Un Audi Q7 blanco. Que yo sepa, no tenía otro. ¿Por qué lo pregunta?

—Ese vehículo ha aparecido semi hundido en el río Manzanares.

El propietario esbozó un gesto de extrañeza.

—Pues no lo entiendo, señora. El coche debería estar aparcado en la puerta: siempre se desplazaba en él.

Inés se encogió de hombros. Alargó el brazo y estrechó la mano de Paco.

—No tengo más preguntas que hacerle. Gracias por su tiempo.

Inés regresó al centro de la nave y observó de nuevo a su alrededor murmurando en voz baja, solo para los oídos de Toni:

—Todo apunta a que le arrojaron desde la planta superior; después incendiaron la nave para deshacerse del cuerpo; y es de suponer que abandonaron el coche con la intención de que fuese dado por desaparecido: a primera vista, todo muy simple. Quiero que registres a fondo la oficina; tenemos que encontrar lo que quede de esos documentos, si es que no se los ha llevado quien quiera que vino a buscarlos: parece evidente que son el epicentro de cuanto ha acontecido aquí. También hay que averiguar la identidad del sujeto al que José María se refirió como “el chulo del BKS”: por el aspecto del club donde trabajaba, podría tratarse de algún directivo del BKS Bank. —Inés bajó la mirada hacia Toni—. ¿Has localizado el rastro del teléfono?

—La operadora dice que su última ubicación lo sitúa aquí, pero no está: si el señor Montero lo hubiese llevado encima en el momento del incendio, habría quedado algún resto de él.

Inés se cruzó de brazos:

—Se lo han llevado… —elucubró—. Solicita a la operadora el listado de sus últimas llamadas. También quiero que vuelvas a revisar su coche: busca huellas. Y quiero el informe de los forenses sobre mi mesa en cuanto esté listo.

Esteban apagó el despertador instantes antes de que sonara la alarma para no despertar a su mujer. Se levantó de la cama y fue directo a darse una ducha fría; no había pegado ojo en toda la noche. Después se sentó en la cocina frente a una taza de café recalentado del día anterior. Intentó templar los nervios; se atusó el pelo y ajustó su corbata; por un instante contuvo la respiración. Entonces sintió pasos de pies descalzos a su espalda; notó las cálidas manos de Rosa sobre los hombros.

—¿Qué va a pasar hoy? —preguntó ella con un susurro de lamento.

—No lo sé, cariño. —Esteban le acarició las manos—. Todo depende de lo que hayan averiguado de mí.

—No vas a ir a la cárcel, ¿verdad?

—Eso no ocurrirá, te lo prometo.

Rosa gimoteó.

—No prometas cosas que no sabes si podrás cumplir.

—Confía en mí. Haré la declaración y regresaré a la oficina.

—Yo confío en ti, pero… hay cosas que no están en tu mano.

Esteban se puso en pie. Miró a la cara a su mujer.

—Tengo que irme. Manuel me espera.

—Llámame cuando termines, estaré esperando con el teléfono en la mano.

—Lo haré. —La besó en los labios—. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Esteban salió de casa con las manos vacías sintiéndose asustado, defraudado, abandonado, traicionado… Y aquella mezcla de sentimientos le asfixiaba de manera insoportable, le presionaba el pecho, le hacía temblar las piernas al caminar. Nada más pisar la calle respiró hondo, y antes de subir al coche que le esperaba aparcado en doble fila se aflojó el nudo de la corbata, le ahogaba.

Víctor caminó hacia su despacho con la cabeza gacha. Sabía que cuando levantase la mirada se encontraría con Maya, y por más que había pensado en ello, no encontraba las palabras adecuadas para dirigirse a ella. Amagó con pasar de largo, con entrar en su despacho sin decir nada, pero al tratar de escurrirse discretamente no pudo evitar mirarla de soslayo; ella, sintiendo sus pasos, hizo lo mismo. Por un momento intentaron esquivarse mutuamente, continuar el uno ajeno al otro, pero algo más fuerte que sus conciencias les bloqueó toda retirada. Maya tenía las mejillas encarnadas y el gesto ruborizado; él se sintió atenazado por la culpa.

—Buenos días, Víctor… —titubeó la secretaria. Tras un incómodo silencio sacó las palabras cotidianas, vacías de todo contenido personal, que había preparado y que se atascaban en su garganta—: He dejado sobre tu mesa…

—Gracias —respondió él sin dejarla terminar—. Ahora mismo estoy con ello. —Con lo que quiera que fuese que había dejado sobre su mesa: tan solo quería desaparecer de su vista.

—Eh… Bien. No es nada urgente. —Maya agachó la cabeza y fingió devolver su atención a la pantalla del ordenador.

Víctor apretó el paso y cerró la puerta de su despacho por dentro; por un momento quiso atrancarla, levantar una barrera física con la que contener los males intangibles de su espíritu. «No pasa nada —se dijo—. Somos adultos, los dos. Ella tomó la coca porque quiso… No siempre se puede tener todo bajo control». Sacudió la cabeza y todos sus pensamientos, como partículas de arena dentro de una botella de agua agitada con violencia, se entremezclaron.

Sentado en su sillón de cuero, sus pensamientos, pasada la turbulencia, se estratificaron: la culpa quedó posada en el fondo, cubierta por los problemas reales. Sacó el móvil de la chaqueta y envió un mensaje a Lucía.

Antes subir en el ascensor hasta la planta 21 había hecho una parada intermedia: había ordenado preparar el efectivo para que Lucía pudiese vaciar su cuenta esa misma mañana. Y lo había hecho personalmente, sin órdenes internas por escrito, sin documentos firmados que dejasen un rastro imborrable y delator.

Dejó el móvil sobre la mesa; echó los párpados en busca de serenidad; inhaló una bocanada de aire que le supo a poco. Entonces, como un tajo desgarrador, el sonido del teléfono interno rompió la quietud de su despacho: de nuevo era ella. «Somos adultos, los dos…», se repitió. Alargó el brazo y descolgó:

—Dime.

—Víctor, acaban de llamar de recepción —la voz de Maya le llegó trémula y atropellada a través del intercomunicador—. Una inspectora de policía pregunta por ti. Quiere hablar contigo, ahora. Asegura que…

—¿Cómo?

—Que acaban de…

—Te he entendido a la primera. ¡Joder! —exclamó bajando la voz. Durante unos segundos no supo qué hacer—. Que suba, la recibiré en mi despacho.

La culpa que le había atenazado minutos antes de pronto se sublimó convertida en pánico. «¿Qué cojones quiere de mí la policía?». Tantas cosas podrían ser, tantos eran los motivos por los que esa inspectora podría querer entrevistarse con él sin avisar, sin concertar una cita, que la mente se le nubló: un pesado manto de incertidumbre le impedía pensar con claridad, la opresión del pecho regresó, volvió a encogérsele el estómago. El tiempo pareció detenerse y correr aprisa al mismo tiempo.

Llamaron.

—Adelante.

Maya abrió la puerta, y sin decir nada, dejó paso a una mujer de rostro agradable y mirada inteligente, vestida de manera informal con camisa y vaqueros y que recogía en una coleta una melena rubia. La cita inesperada cruzó su despacho con naturalidad, como si lo hiciese a diario, y le estrechó la mano:

—Buenos días. Soy la inspectora Inés Tardá.

—Víctor Samboal. Siéntese, por favor. ¿En qué puedo ayudarla?

Inés tomó asiento sin mostrar un ápice de amenaza en la mirada, con la calma de la rutina asomada a sus ojos.

—Gracias por atenderme de esta forma tan repentina, señor Samboal. Soy consciente de que es usted un hombre muy ocupado.

—No podría ser de otro modo. —Víctor sonrió, carraspeó, apartó los papeles que Maya le había dejado sobre la mesa a primera hora y que aún no había ni mirado; trató de ocultar su nerviosismo—. Estoy seguro de que algún asunto de importancia la ha traído hasta aquí.

—Así es. Intentaré no robarle más tiempo del imprescindible. Verá, ha aparecido el cuerpo calcinado de un hombre que encaja con la descripción de José María Montero, el encargado de un club privado llamado Luna Llena. Existe la posibilidad de que se trate de un homicidio. Es todo bastante confuso, y espero que usted pueda arrojar algo de luz sobre el caso.

A Víctor le dio un vuelco el corazón. Pero rápidamente arrebató el control de su cuerpo y mente al subconsciente:

—He oído hablar de ese club —admitió con toda la serenidad que pudo reunir—, aunque no lo conozco personalmente.

—Bien. El caso es que un testigo próximo al fallecido oyó mencionar recientemente al señor Montero algo sobre una disputa entre él y alguien que podría pertenecer a este banco. Dígame, ¿tiene conocimiento de que alguno de sus directivos tenga relación con el Luna Llena?

—Ni la más remota idea —dijo negando con la cabeza—. No me intereso por la vida privada de las personas que trabajan aquí, lo siento.

Los ojos avispados de la inspectora no parecieron satisfechos con la respuesta, pero Víctor percibió cierta resignación en ellos. 

—En cualquier caso, le agradecería que me llamara si en el futuro tuviera alguna noticia al respecto. —Inés sacó del bolsillo una tarjeta de visita y se la entregó—. Cualquier detalle podría sernos de utilidad.

—Por supuesto. Lo tendré presente.

—Eso es todo, muchas gracias. No quiero robarle más tiempo.

Víctor vio difuminarse sus temores al verla marchar: la inspectora se había dirigido a él por el mero hecho de ser el máximo responsable del banco en ausencia del presidente. Si John mantenía inquebrantable la confidencialidad de la que hacía gala, no tendría de qué preocuparse.

 

—¿Qué se supone que tengo que declarar?

—Que todo es tuyo, fruto de tu astucia en el mercado de obras de arte.

Esteban se cruzó de brazos.

—Eso es inverosímil: en la cuenta de Suiza hay casi cincuenta millones. El juez jamás creerá que lo conseguí comprando y vendiendo cuadros.

—No hay alternativa —adujo Manuel, frío como un témpano.

—He dado los mejores años de mi vida a este partido, y ahora pretendes que lo tape todo, que cargue con todas las consecuencias de la financiación —dijo Esteban negando con la cabeza—. Sabes tan bien como yo que podría enviarme a prisión.

—Eras consciente de lo que podría suceder. No hay alternativa —repitió el jefe.

—¡Pero no puedes abandonarme de esta manera…! —escupió Esteban, desesperado.

—El prestigio y la propia supervivencia de la organización están en juego, lo sabes muy bien. Trataremos de ayudarte desde el Gobierno: el ministro de Justicia está preparando el terreno en la Fiscalía. Haremos todo lo que podamos.

—¿Todo lo que podáis? No pienso ir a la cárcel por vosotros. O al menos no iré solo, tenlo muy presente. —Esteban descargó un puño sobre la mesa.

—Ten cuidado con el tono que empleas. Recuerda con quién estás hablando.

—¡Lo sé perfectamente, y tú deberías saberlo también! —exclamó el tesorero señalándole con el dedo tembloroso, amenazante—. No olvides que he manejado vuestras cuentas durante más de veinte años.

—Mantengamos la calma, ¿de acuerdo?. Haz lo que te pido y te prometo que el caso quedará en nada.

Se hizo un silencio entre ambos. Esteban le miró con los ojos encendidos conteniendo su rabia, consciente de la importancia de tener a Manuel, al partido y al Gobierno de su lado.

—Está bien, lo haré —aceptó a regañadientes—. Pero no me dejéis solo —dijo en tono de advertencia—. Asumiré mis responsabilidades, y espero que los demás sepan asumir las suyas.

—Estaremos a la altura, te lo garantizo.

Lucía entró en el banco hecha un flan, vestida con un chándal, gafas de sol de espejo y una bolsa de deporte negra en la mano. Fue directamente al reservado que Víctor le había indicado en el mensaje. Todo estaba preparado: un empleado le entregó el dinero en paquetes de billetes de quinientos euros y le hizo firmar el documento de recepción y la cancelación de la cuenta sin hacer preguntas. Con las manos sudorosas, Lucía metió los fajos dentro de la bolsa; los amontonó con cuidado para que no se intuyera el contenido a través de la tela. Luego cerró la cremallera y se despidió del empleado.

Caminó por el vestíbulo sintiéndose paranoica: podía notar las miradas codiciosas, depredadoras, de cuantos la rodeaban clavadas en la bolsa. Cuando entró en su coche bajó los seguros de las puertas, dejó el triste botín en los asientos traseros y arrancó el motor. No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que perdió el banco de vista por el retrovisor.

Entró en el aparcamiento subterráneo de su antiguo piso convencida de que no era buena idea esconder allí, en un armario o bajo la cama, aquella cantidad de dinero. Salió del coche y caminó por el pasillo que conducía al ascensor con la bolsa agarrada como si le fuera la vida en ello. Cuando pulsó el botón de llamada, se quedó mirando la puerta que daba a los trasteros. «Eso es, en el trastero».

Abrió la puerta y encendió la luz a tientas. El minúsculo almacén, enterrado y disimulado en el sótano como una celda más de una colmena, estaba lleno de cosas que ya no utilizaba, de cajas que aún no había abierto desde la última mudanza, de objetos preciados en otro tiempo y que ahora no quería ver a diario adornando su casa.

Entró abriéndose paso con manos y pies. Echó un vistazo en derredor. Hizo hueco en un rincón y arrojó allí la bolsa; se quedó mirándola, y la bolsa pareció devolverle la mirada. «Será mejor que parezca abandonada ahí desde hace años». Volvió a mirar alrededor. Sobre un taburete estaba el retrato de sus padres que nunca presidió el salón de su casa envuelto en plástico, cubierto por una gruesa capa de polvo. Tapó la bolsa con unas cajas y lo puso encima.

Apagó la luz, cerró la puerta con llave y apoyó la espalda contra ella. «Ya está. Nadie lo encontrará, nadie mirará aquí». Ahogó un suspiro y apretó el puño alrededor del manojo de llaves como si acabase de encadenar a Satanás en el abismo y nadie debiera jamás arrebatárselo. Luego caminó de regreso al coche; no se atrevió a subir a su piso.

 

Esteban salió de la sala de interrogatorios del juzgado escoltado por los dos policías que habrían de conducirle hasta la prisión de Soto del Real. Melchor Bermúdez acababa de decretar prisión incondicional y sin fianza ante las sospechas de que pudiese destruir pruebas; el juez no había creído una sola de las palabras con las que Esteban había intentado convencerle de su inocencia.

Pegó la espalda a la pared desolado. Tenía unos minutos para hacer algunas llamadas antes de ser conducido al furgón policial. Lo primero que hizo fue mandar un mensaje a Manuel:

Me envían a la cárcel. Ahora, qué.

La respuesta no se hizo esperar, y Esteban tuvo la sensación de que el jefe tenía el teléfono en la mano y el texto preparado:

Esteban, sé fuerte. La vida es aguantar y que alguien te ayude.

Comprendo tu situación, mañana te llamaré.

El mensaje de Manuel llevaba implícita la actitud de siempre, la misma que había visto en otros casos, y le supo a olvido, a nuevos tiempos en los que nadie en el partido volvería a pronunciar su nombre en público, como si nunca hubiese sido compañero, como si él fuese un delincuente que había actuado a sus espaldas.

Dejó caer los brazos. Apretó los puños. Los ojos se le llenaron de lágrimas al pensar que debía llamar a su mujer y decirle que a partir de ahora se verían a través de un cristal, que hablarían por un intercomunicador, que solo se verían en las vistas programadas que estipulase el régimen penitenciario.

 

Víctor llegó a casa más pronto de lo habitual. Su expresión ensombrecida alarmó a Lucía nada más verle entrar por la puerta, pero no tuvo tiempo de preguntar el motivo.

—Esta mañana ha venido a verme una inspectora de policía.

Lucía sintió tambalearse su vida.

—¿La policía? ¿Qué… que… qué quería de ti? —alcanzó a decir.

—Han encontrado el cuerpo de Chema. La inspectora me ha preguntado si tengo conocimiento de la relación de algún directivo del banco con el club: al parecer, ese bastardo fue diciendo por ahí que andaba enzarzado con alguien del BKS. —Víctor se llevó las palmas de las manos a la cara desconcertado—. No he querido llamarte para no preocuparte. Llevo todo el día pensando en ello, dándole vueltas, repasando si hay cabos sueltos que puedan relacionarme con él.

Lucía revolvió en sus recuerdos de aquella noche interminable en que quemaron el taller.

—Lo hicimos bien —dijo con menos confianza de la que le habría gustado—. Fuimos cuidadosos, borramos las huellas, quemamos todo… y estoy segura de que nadie nos vio entrar y salir de la nave.

—Lo sé. Mis temores no son esos. —Víctor comenzó a deambular por el salón como un felino enjaulado—. Le he dicho a la inspectora que no conocía a Chema. Espero que John mantenga la boca cerrada, porque tarde o temprano hablará con él.

—Víctor… —Lucía se abrazó a él.

—Todo esto me huele mal, nena. Muy mal.

—Víctor… —repitió ella gimoteando y hundiendo la cabeza en su pecho. 

—Si llegasen a…, si llegasen a… —Víctor sintió una punzada en las entrañas que le impedía hablar, pero se obligó a continuar—. El procesamiento por corrupción es muy largo, y los sumarios complejos. Pero si me detienen por homicidio… no necesitaré tanto dinero.

Lucía levantó la cabeza. Le miró a los ojos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que debes quedártelo.

—¿Quedármelo? —preguntó con los ojos llenos de lágrimas.

Víctor asintió.

—Guárdalo. Escóndete hasta que todo pase.

Lucía se apretó aún más contra su cuerpo.

—No. No quiero ni pensar en esa posibilidad. Tú no vas a ir a la cárcel. Tú no…

—Quizá solo haya sido un susto; quizá la policía no vuelva a mi despacho. Pero debes estar preparada. Yo… lo siento. Siento haberte mezclado en esta mierda. Por eso quiero que lo hagas: necesito saber que estarás bien. Por favor, dime que lo harás.

Lucía cerró los ojos, apretó los párpados, dejó caer la cabeza en su regazo:

—Lo haré.

Víctor metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña llave plateada. Se la ofreció a Lucía.

—¿Qué es?

—Abre uno de los cajones del escritorio de mi despacho. En él hay una libreta con apuntes sobre el partido, nombres, cantidades: todo muy detallado. Si me detienen, quiero que llames a Maya, que se la entregues; ella te conseguirá la libreta, quizá la necesite.

 

Inés terminó de leer el informe preliminar que Toni había dejado sobre la mesa de su despacho; cerró la carpeta con los datos pululando en su cabeza. En él se corroboraba la concordancia de los restos humanos hallados en el taller con la fisionomía de José María Montero. Además, el subinspector no había hallado ningún documento en la oficina calcinada aparte de algunos restos parcialmente reconocibles de pedidos, recibos de entregas o planos de los despieces diarios de armaduras que allí se fabricaban: ni rastro de la caja descrita por el dueño del negocio y, de nuevo, indicios de gasolina en la oficina como detonante del incendio. Por otro lado, en la segunda inspección del Audi no habían aparecido otras huellas que las de su propietario. Todo continuaba apuntando a que el móvil del crimen habría sido los documentos que el encargado del Luna Llena escondía, y que el intento de hacer desaparecer el cuerpo habría sido planeado; sin embargo, la posición del cuerpo y el lugar en el que este había aparecido apuntaba a un suceso precipitado, quizá fortuito. «Algo no cuadra», murmuró Inés observando de reojo la carpeta del informe.

Varios toques de nudillos en la puerta del despacho la sacaron de su deliberación. Toni entró y se sentó frente a ella con aires de satisfacción; deslizó un sobre sobre la mesa.

—Acabo de recibir el listado de llamadas asociadas al número de teléfono del señor Montero: terminan el viernes.

—Dime que tienes un nombre —dijo Inés levantando las cejas.

—Lo tengo. La última llamada que recibió esa mañana fue realizada desde un número de teléfono corporativo propiedad del BKS Bank.

—Y…

—Pertenece a Víctor Samboal, el consejero delegado.

Inés apoyó los codos sobre la mesa, la barbilla sobre los dedos entrelazados de sus manos. Desvió la mirada, pensativa.

—Esta mañana he ido a hablar con él. Ha admitido conocer de oídas la existencia del Luna Llena, pero niega saber quién es el señor Montero.

—Entonces tendrá que darnos una explicación muy convincente al respecto.

La inspectora guardó el sobre en la carpeta del caso. La echó a un lado y devolvió la mirada hacia Toni.

—Por la mañana iremos a verle de nuevo, aunque primero quiero hablar con el Sr. Morgan.

La entrada del Luna Llena era un trasiego constante de coches de alta gama: se detenían, el conductor se apeaba del vehículo y se lo entregaba al aparcacoches de turno para que se ocupara de él. Durante el trayecto que recorrió Inés desde su Toyota hasta el local, pudo ver, al menos, media docena de aquellas operaciones de desembarco con sus correspondientes saludos por parte de los unos y de inclinaciones de cabeza casi reverenciales por parte de los otros. En la puerta, los dos tipos con aspecto de osos pardos que la franqueaban volvieron a preguntarle el motivo de su visita: de nuevo sonrisas por su parte, miradas descaradas y comentarios asomados a sus ojos que no pronunciaron. Sin embargo, aquella noche era distinta. La discreción ya no era necesaria, y no estaba dispuesta a ser de nuevo equivocado centro de atención. Inés no dijo nada; les mostró sutilmente la placa y atajó sin miramientos la incómoda situación.

Principiaba la noche y en el bar apenas había movimiento: la mayoría de los clientes bajaban directamente a la sala principal. Inés enfiló el pasillo y vio a Adelardo de pie, apoyado en la barra, acompañado de otro hombre que estaba de espaldas a ella y en cuya fisionomía reconoció a John. Cuando salió de la penumbra y entró en la claridad del bar, el empresario con pretensiones de embaucador y ella cruzaron las miradas; Adelardo agarró su copa y se perdió en las entrañas del club como una rata que huye del peligro hacia su cloaca dejando al dueño del negocio con la palabra en la boca.

Inés tomó asiento a espaldas del inglés. Martín, que no había perdido detalle de la escena, y que se había enterado del suceso de la noche anterior entre Adelardo y la inspectora, se acercó a ella amagando la risa.

—Buenas noches, inspectora —dijo en voz baja y con un respetuoso ademán de cabeza―. ¿Le apetece una cerveza? Invita la casa.

—Sí, gracias.

John giró el cuerpo sobre el taburete al escuchar su voz. Se sostuvieron la mirada unos segundos.

—Me sorprende verla de nuevo por aquí. —John se removió incómodo en su asiento—. Si no le importa, preferiría que hablásemos en mi despacho.

Inés echó un vistazo alrededor; el bar continuaba poco concurrido y el sonido de la música ambiente ahogaba las conversaciones.

—Creo que no será necesario. —Agarró la cerveza que Martín acababa de servirle, dio un sorbo y la devolvió al posavasos—. Solo he venido a hacerle dos preguntas, muy breves, muy sencillas. Respóndame sí o no con la mayor sinceridad y me marcharé.

—Adelante.

—¿Víctor Samboal es cliente de su negocio?

John abrió los ojos como un animal nocturno deslumbrado por los faros de un coche, sorprendido en la oscuridad del bosque y sin capacidad de maniobra. Asintió.

—¿Y sabe si el señor Montero y el señor Samboal mantenían algún tipo de enfrentamiento personal?

John se encogió de hombros. Agachó la mirada. Se pasó la mano por la cabellera rubia con el gesto contraído.

—Que yo sepa, Chema mantiene buena relación con todos los miembros.

Inés apuró la cerveza. La segunda respuesta de John no terminaba de satisfacerla, no era lo que esperaba oír. Pero decidió no presionar más al dueño del local dada la afluencia creciente de clientes en el bar. De todos modos, que John le revelase o no el tipo de relación personal que Víctor y Chema mantenían no cambiaba demasiado las cosas.

—Bien. Muchas gracias por atenderme. Creo que no tengo por qué dudar de su sinceridad.

Inés se puso en pie dispuesta a marcharse, pero John, en un gesto inconsciente, la detuvo asiéndola por el hombro. Inés observó incómoda aquella mano que la retenía, pero decidió pasarlo por alto intuyendo el motivo.

—Ha hablado de Chema en pasado —dijo John con voz pausada, apagada—. ¿Tiene alguna noticia que no quiera o no pueda darme?

Inés le miró a los ojos. Notó aflicción, pena, tristeza sincera en su expresión. Asintió.

—La investigación aún está en marcha. Y quedan muchas cosas por esclarecer. —Tomó la mano de John de la manera en la que siempre lo hacía para comunicar malas noticias—. Aunque no es definitivo, supongo que no sería justo que se lo ocultase: ha aparecido un cadáver, y todo apunta a que se trata del señor Montero. Lo siento, no puedo darle más detalles.

………………

La próxima semana: Capítulo 18, el penúltimo del libro…

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