Capítulo 16 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 16

Domingo, 18 de agosto.

John había extendido los documentos del club sobre la mesa; los había apilado en montones e inspeccionado uno por uno varias veces. No echaba nada en falta salvo la hoja arrancada de uno de los cuadernos que habían encontrado en la cartera de Chema. Aun así, permanecía mirando los montones y haciendo memoria de cada apunte que había escrito en ellos. 

Sandra entró en el salón. Se sentó junto a él y observó el despliegue de papeles.

—¿Está todo?

—Creo que sí.

—Entonces solo nos queda deshacernos del móvil y la cartera.

—Es hora de irnos. De camino al Luna Llena los tiraremos en un contenedor de basura.

John recogió las pilas de documentos; las devolvió al fondo del armario donde habían permanecido escondidos las últimas horas. Agarró la bolsa en la que guardaban los efectos personales de Chema y regresó al salón.

—No creo que sea la mejor forma de hacerlos desaparecer —dijo Sandra mirando la bolsa que pendía de la mano de John—. ¿Y si alguien los encuentra? Podría verlos algún operario de los servicios municipales y mandarlos a comisaría, a objetos perdidos.

—¿Y qué sugieres que hagamos con ellos? —inquirió John.

—Vaciemos la cartera. Destruyamos los carnés y las tarjetas para que nadie pueda reconocerlas.

—¿Y el móvil?

—Tenemos que dejarlo inservible.

Sandra fue a la cocina. Regresó con un rodillo de madera para amasar. Colocó el aparato en el suelo y lo golpeó con todas sus fuerzas; la batería saltó por un lado; la pantalla se agrietó en mil pedazos. Luego asestó un nuevo golpe, y después otro más, y otro: los circuitos interiores quedaron inservibles junto con todas sus piezas. Cuando hubo terminado, hizo trizas la cartera y su contenido con unas tijeras. Metió todos los restos en la bolsa de plástico en la que John los había guardado, la anudó y la tiró al cubo de la basura. Finalmente sacó la bolsa de basura del cubo, la cerró y cargó con ella hacia la puerta dispuesta a deshacerse con normalidad de los desperdicios domésticos.

John observó en silencio su meticuloso proceder.

—Ahora ya podemos tirarlo al contenedor —dijo ella parada en el recibidor.

—Todas las precauciones son pocas…

—Sí. Todas las precauciones son pocas.

Víctor despertó solo en la cama. Las sábanas estaban revueltas; las cortinas echadas; la puerta del dormitorio entornada; sus recuerdos plagados de lagunas. Se llevó las manos a la cara y frotó la piel de sus mejillas como si quisiese arrancársela. «¿Quién demonios ha ordenado investigarme?». Nadie dentro del banco, ni siquiera el jefe de Informática, se atrevería a hacerlo, salvo que una orden judicial le instase a ello. Pero Esteban aún no había declarado. «Tiene que tratarse de otra cosa, pero ¿qué?». Entonces recordó que Maya se había identificado con su propio usuario en lugar de hacerlo con el de él. «Una secretaria modificando la copia de seguridad del consejero delegado —se dijo meneando la cabeza—. Cómo he podido ser tan estúpido, yo mismo he abierto la puerta de la sospecha».

Salió del dormitorio y caminó por el pasillo conteniendo la respiración: la noche anterior había sido una completa locura e ignoraba qué estaría pasando por sus cabezas, sobre todo por la de Maya.

Pero ella no estaba. Al entrar en el salón se encontró con la solitaria mirada de Lucía, que hasta el momento de su irrupción leía un libro sentada en el sofá.

—¿Y Maya? —preguntó con un susurro, expectante.

—No lo sé. Ha debido de marcharse de madrugada.

Durante unos minutos permanecieron en silencio, masticando el desenfreno de la noche anterior.

—Me siento culpable —dijo Víctor al fin—. Anoche no debí pedirle que viniera; no en el estado en el que estábamos tú y yo. —Volvió a llevarse las manos a la cara, esta vez para taparse los ojos, para hacer que todo desapareciera—. No debí ofrecerle la coca, ella nunca… Y… No sé qué voy a decirle mañana, en la oficina.

Lucía puso la mano sobre su rodilla; apoyó la cabeza en su pecho; alzó la mirada y la posó sobre sus ojos.

—Creo que no tienes nada que explicarle —dijo con gesto inexpresivo. Víctor le devolvió una mirada contrariada.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando llegamos al dormitorio estabas tan colocado que te quedaste dormido. No hubo nada entre vosotros.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

Lucía le acarició la mejilla. Esbozó una sonrisa tímida al recordar.

—Cosas de chicas. No preguntes: no hay detalles para ti.

Víctor resopló aliviado. Pero el alivio apenas reconfortó su maltrecha conciencia unos segundos más. De pronto palideció.

—¿Qué ocurre? —dijo Lucía.

—Tenemos que hablar acerca de lo que Maya nos contó anoche.

Lucía demudó el gesto.

—¿Está metida en problemas?

—No. Solo cumplía mis instrucciones, y ni siquiera sabía lo que eliminaba. Pero el mero hecho de que ella borrase mis archivos es una anomalía; creo que por esa razón la llamó el jefe de Informática. Y eso es lo primero que buscará el juez si me investiga: anomalías. Quizá no tenga importancia, o quizá el juez le dé mucha más de la que debería. En cualquier caso, ya no hay marcha atrás. Ahora solo nos queda adelantarnos a los acontecimientos.

—Me estás asustando.

Víctor la estrechó entre sus brazos; la besó en la mejilla; susurró un te quiero a modo de pista de aterrizaje para sus palabras:

—Quiero que cierres la cuenta que te abrí en el banco; yo la haré desaparecer sin dejar rastro, como si nunca hubiese existido. Necesito que guardes el dinero en efectivo en un lugar seguro, por lo que pueda pasar.

Lucía intuyó lo que Víctor estaba pensando:

—¿En mi casa?

—Sí.

—Estás loco. No puedo esconder allí tanto dinero.

—Es la única manera de que nadie lo encuentre. Si la situación se complica, podrían registrar la mía.

—Pero ese dinero no me pertenece.

—Olvida eso ahora. Con la que va a caer, Esteban no querrá saber nada de él. El partido y los donantes tampoco preguntarán.

Lucía se removió en su regazo. Estaba metida hasta el cuello en la vida de Víctor, en sus turbios manejos, y era demasiado tarde para echarse atrás.

—Está bien. Lo haré.

John se encerró a solas en su despacho minutos antes de la apertura del club. Necesitaba serenarse, meditar acerca del nuevo rumbo que habría de tomar el Luna Llena en adelante, cuando denunciasen la desaparición de Chema y se hiciese público que este jamás volvería. Y también necesitaba interiorizar su muerte, algo a lo que aún no había podido dedicar un solo instante.

Durante más de una hora permaneció allí sentado, meditabundo. Finalmente, agarró el móvil y mandó un mensaje a Sandra para que subiera.

Sandra se presentó de inmediato.

—¿Ocurre algo importante? El club está casi lleno y debo ocuparme de muchas cosas ―dijo sentándose frente a él.

—De eso precisamente quiero hablar contigo: quiero que te encargues del club.

—Eso es lo que estoy haciendo, creo…

—Me refiero a que lo hagas indefinidamente.

Sandra guardó silencio unos instantes. Aquello que Martín había presagiado la noche anterior, cuando hablaron en la barra a ambos lados de un gin-tonic, acababa de materializarse de forma muy concisa.

—¿Crees que sería buena idea? Me refiero a mantener una relación sentimental fuera del club y otra profesional dentro de él.

—Creo que funcionaría. Sí. Yo continuaré dirigiéndolo de puertas para afuera como hasta ahora y tú mandarás en las noches, como hacía Chema; no me inmiscuiré en tu trabajo. He pensado mucho en ello, y quiero tenerte a mi lado.

Sandra se cruzó de brazos. Posó la mirada en aquellos ojos azules que tan apresuradamente había empezado a amar.

—Vale. Deja que lo piense.

El silencio se apoderó del despacho. En ese momento, el móvil de John vibró sobre la mesa. Descolgó y se lo llevó a la oreja.

—Martín, dime. —Sandra escuchó lejana, ininteligible, la voz del camarero—. Dile que vuelva mañana por la tarde, a las cinco. Sandra la atenderá. —Colgó.

—¿Está todo bien ahí abajo? —inquirió Sandra.

—Ha venido una chica interesada en trabajar con nosotros. —John sacudió el aire con la mano como si apartara con ella aquel suceso sin importancia—. Volvamos al asunto que nos ocupa —continuó retomando el hilo de la conversación—. Sé que no es una decisión fácil de tomar. Piénsalo bien. Sea cual sea, la respetaré.

—¿Dejarías realmente que hiciera las cosas a mi manera?

—Tienes mi palabra.

—De acuerdo. Mañana te daré una respuesta.

El móvil de John volvió a vibrar sobre la mesa, y de nuevo el nombre de Martin aparecía en la pantalla.

—Qué demonios querrá ahora —murmuró molesto por la insistencia. Alargó el brazo y descolgó.

 

A pesar de ser la primera vez que entraba en el Luna Llena, Inés reconoció el tipo de local del que se trataba nada más cruzar la puerta: el sexo, las drogas y el alcohol le rezumaban por los cuatro costados. Atravesó el recibidor observando a su alrededor; a su espalda, los dos porteros con aspecto de osos pardos que le habían preguntado el motivo de su visita se volvían hacia el interior para mirarla con descaro.

A medida que avanzaba por las entrañas del local, la opinión que se había forjado sobre él comenzó a cambiar. Le pareció que se trataba de un club de alto nivel. Incluso reconoció la cara de algunos de los clientes con los que se cruzó. Cuando accedió al bar, tomó asiento en un extremo de la barra, apartada de los que allí bebían y charlaban. Enseguida se le acercó el camarero, tan amable como esperaba.

—Buenas noches, señorita. ¿Qué desea?

—Me gustaría hablar con el responsable.

—¿Disculpe? —respondió el barman apretando el rostro.

Inés no supo si el camarero no había entendido sus palabras por culpa de la música ambiental o si le habían resultado tan inconvenientes que necesitaba escucharlas de nuevo para cerciorarse. Sonrió e insistió:

—Si no le importa, quisiera hablar con el dueño del club.

El camarero ladeó la cabeza. La repasó de arriba abajo con la mirada.

—¿Busca trabajo? 

Inés echó un vistazo discreto a los clientes que atestaban la barra. Asintió.

El barman volvió a repasarla, esta vez con mayor atención: rubia, guapa, buen tipo y mejor presencia…: sin duda daba el perfil.

—Creo que está en su despacho. Voy a preguntar si puede atenderla, ¿cómo se llama?

—Mi nombre es Inés. 

—Encantado de conocerla. Yo soy Martín. ¿Le apetece tomar algo mientras espera?

—Es usted muy amable, gracias. Una cerveza, por favor.

Martín fue hasta el otro extremo de la barra. Regresó solícito con una caña y un posavasos que dejó frente a ella. Luego dio media vuelta para llamar a John discretamente.

Inés dio un trago a su cerveza a la espera de la respuesta del camarero. Se fijó en los detalles de la decoración, en la clientela, en la chica que bailaba en la sala que había bajando las escaleras: «El sitio tiene estilo» pensó. En su atento mirar, vio a un tipo solitario que llevaba una copa en la mano, la camisa remangada y una corbata horrorosa que pendía, floja, de su cuello; cruzaron la mirada y él se acercó muy sonriente.

—Hola, ¿eres nueva?

Inés dio otro sorbo a su cerveza.

—Supongo que sí —respondió encogiéndose de hombros.

—Estoy seguro de ello; nunca te había visto por aquí. —El tipo levantó su copa, amplió la sonrisa—. Eres muy guapa. ¿Cómo te llamas?

—Inés.

—Yo soy Adelardo. Me alegro de conocerte.

—Hola, Adelardo. Encantada.

Adelardo se acercó un poco más a ella, le habló al oído:

—Imagino que aún no conoces el ambiente que hay por aquí. —Dejó la copa en la barra y se mostró complaciente.

—Sinceramente no, no lo conozco.

—Si quieres puedo mostrártelo.

—Gracias —respondió Inés amablemente—, pero creo que prefiero terminarme la cerveza aquí.

—Anda, no seas tímida. Te invitaré a unas rayas. Lo pasaremos bien.

—Creo que paso.

—Venga —insistió Adelardo guiñándole un ojo—. Seguro que a tus preciosas piernas les apetece seguirme a un rincón más discreto…

Aquel comentario terminó con la paciencia de Inés. Le hizo un gesto para que se agachase y poder hablarle al oído:

—A ver cómo se lo explico para que se dé por enterado. —Sacó su cartera del bolsillo trasero del pantalón, la puso discretamente sobre su muslo para que nadie más la viera y la abrió—. Mis piernas se van a quedar aquí, junto a mi placa. ¿Me ha comprendido? —Adelardo asintió sin atreverse a despegar la oreja de su boca—. Ahora usted —continuó Inés— va a dar media vuelta sin hacer comentarios y no se acercará a mí en toda la noche, salvo que quiera acompañarme a comisaría por incitación al consumo de drogas, ¿de acuerdo? —Cerró la cartera y volvió a guardársela en el bolsillo del pantalón.

Martín se acercó a ellos con la respuesta de John en los labios. Saludó a Adelardo, pero este no le devolvió el gesto; ni siquiera le miró, simplemente se largó.

—Mi jefe ahora no puede atenderla. Me ha dicho que le pida que vuelva mañana a las cinco de la tarde.

Inés resopló: su intento de hacer las cosas con discreción había fracasado. Se levantó del taburete, apoyó los brazos en la barra y miró en derredor para asegurarse de que nadie les prestaba atención.

—Perdone. Soy la inspectora Inés Tardá, del Cuerpo Nacional de Policía. Espero que no me pida que le muestre la placa: prefiero no hacerlo, y probablemente su jefe también. ¿Le importaría volver a decirle que me gustaría hablar con él, ahora?

—Ah, es usted inspect… Claro. Voy a comentárselo.

Tras una breve conversación, Martín regresó con una nueva respuesta.

—El señor Morgan la espera en su despacho; estará encantado de recibirla. Tiene que salir al recibidor y a su derecha verá una cortina en la pared que oculta una puerta. Suba las escaleras que encontrará tras ella y continúe hasta el final del pasillo —le explicó.

—Muchas gracias. ¿Qué le debo por la cerveza?

—Nada, invita la casa.

Inés siguió las instrucciones del camarero hasta el lugar que este le había indicado. Mientras recorría las entrañas del club, se cruzó con más clientes cuyas caras resonaron en su cabeza. Algunos la miraron con el mismo deseo que lo había hecho Adelardo minutos antes, pero su gesto serio les disuadió de cualquier intento de entablar conversación. Finalmente se detuvo delante de la puerta del despacho y llamó con los nudillos. Una voz masculina la invitó a entrar.

—Buenas noches —miró al dueño del club y después a la mujer que le acompañaba—. Disculpen que les moleste. Soy la inspectora Inés Tardá, de la Brigada de Homicidios de la Policía Nacional. Quisiera hablar con el señor Morgan.

—Soy yo. —John hizo acopio de valor—. Y esta señorita es Sandra Cervera, una empleada —dijo sin más explicaciones—. Tome asiento si es tan amable.

Inés ocupó una silla vacía que había junto a Sandra.

—Solo quería hacerle unas preguntas. Si usted lo desea, no tengo inconveniente en que la señorita esté presente.

—Adelante. —John hizo un gesto indicándole que continuase.

—Esta mañana ha aparecido accidentado un Audi Q7 blanco cuya matrícula está nombre de José María Montero: lo han encontrado unos senderistas parcialmente hundido en el río Manzanares, a pocos kilómetros del nudo Supersur de la M-40. Tengo entendido que el señor Montero trabaja aquí.

—Sí, claro, es el coche de Chema, el encargado del club. ¿Le ha ocurrido algo?

—No lo sabemos; el señor Montero no se encontraba en el interior del vehículo. Podría andar perdido y desorientado por el trauma del accidente, o podría haberlo arrastrado la corriente cuando intentaba salir.

—¡Dios mío! —exclamó Sandra conteniendo la voz. John se llevó las manos a la cara como si no creyese lo que escuchaba.

—¿Por qué lo investiga la Brigada de Homicidios? —preguntó el inglés con un hilo de voz.

—Solo se trata de un procedimiento rutinario. Cuando se dan determinadas circunstancias no se puede descartar ningún escenario. He venido a entrevistarme con usted tras leer el informe de la Guardia Civil: en él se hace mención expresa a su lugar de trabajo. Dígame, señor Morgan, ¿tiene conocimiento de que algún cliente de su establecimiento tuviese algún tipo de negocio con el señor Montero?

—No, que yo sepa. Chema se dedica al club en exclusiva: es mi socio.

—¿Cuándo fue la última vez que le vio?

John fingió hacer memoria.

—El jueves por la noche, aquí, en el club. Desde entonces no tengo noticias de él. Le llamé el viernes por la mañana para consultarle un par de cosas referentes al fin de semana que teníamos por delante, pero no me cogió el teléfono. Supuse que necesitaba unos días de descanso.

Inés arrugó el gesto.

—¿Es habitual en él desaparecer de ese modo?

John tardó unos segundos en responder:

—Bueno… Chema es un hombre con un carácter peculiar. El estrés del día a día del club le genera mucha ansiedad y a veces necesita tomar distancia.

—¿Sin avisar? —Inés enarcó las cejas para enfatizar la pregunta.

—Sí. A veces sí. Como le he dicho, tiene un carácter un tanto particular.

La inspectora sacó una libreta y un bolígrafo e hizo algunas anotaciones.

—¿Notó en él algún comportamiento fuera de lo normal durante los días previos a su desaparición?

John fingió de nuevo hacer memoria:

—No. La verdad es que no.

—Entiendo… —comentó Inés bajando la vista a su libreta—. ¿Podría darme su número de teléfono? Intentaremos averiguar si continúa activo.

—Por supuesto.

John le dictó el número de memoria e Inés tomó nota.

—Ha sido usted de gran ayuda —dijo la inspectora—. Si vuelve a saber de él, le agradecería que se pusiese en contacto conmigo. —Le dio una tarjeta de visita y guardó la libreta en el bolsillo de su pantalón.

—Lo haré, téngalo por seguro.

—Bien. Por mi parte, eso es todo. No quiero entretenerles más.

—No es ninguna molestia, todo lo contrario; estoy a su disposición. Y, por favor, manténgame informado de cualquier novedad.

—Claro. Cuente con ello.

Inés salió del despacho pensativa: el encargado de un club como aquel, donde acudían personajes de las altas esferas, había desaparecido presuntamente en extrañas circunstancias; y el dueño, aunque se había mostrado sorprendido, no parecía impactado por la noticia como cabría esperar.

Sentada al volante de su Toyota Prius repasó mentalmente la conversación con el dueño del local. Abrió después la libreta por la página donde había anotado el número de teléfono del desaparecido e intentó establecer una llamada, pero la única respuesta que obtuvo fue que el terminal se encontraba apagado o fuera de cobertura. En ese momento le entró otra llamada:

—Hola, Toni, ¿alguna novedad?

—Acabo de recibir un aviso de la Policía Municipal de Alcorcón. Ayer por la mañana apareció un cadáver calcinado en una nave industrial que se incendió esa misma madrugada. El dueño sospecha que podría tratarse de un amigo suyo. Adivina quién…

—José María Montero… —murmuró Inés.

—¡Bingo! El dueño ha contactado con todas las personas que tenían acceso al negocio y nuestro desaparecido es el único al que no consigue localizar.

—¿Por qué no nos han avisado antes? —protestó Inés.

—Ya sabes lo meticulosos que son los municipales; al parecer, el cuerpo está prácticamente reducido a cenizas y lo pasaron por alto en la primera inspección. He avisado a los chicos del laboratorio: llegarán a primera hora. 

—Envíame la dirección y mañana nos vemos allí. —Inés se tapó la boca para ahogar un bostezo—. Me voy a casa, necesito dormir un poco. Apunta el número de teléfono de José María y trata de localizarlo lo antes posible…

 

—¡Joder!, ¿qué hacemos ahora? —masculló John.

—Actuar de forma lógica —dijo Sandra—. Mañana hablaremos con los empleados del club y les contaremos lo que nos ha comunicado la inspectora.

John se removió en su asiento. Mil fantasmas se pasearon por su imaginación y volvieron a atormentarle los pensamientos.

—Debemos conservar la calma —continuó ella—, al fin y al cabo nosotros no hemos hecho nada. Y nadie puede situarnos en la escena del crimen.

—Lo sé. Pero no puedo dejar de lado que estamos encubriendo un asesinato: estamos encubriendo a Víctor.

Sandra negó con la cabeza.

—Esas son nuestras conjeturas; no podemos asegurar que lo hiciera él.

—Aun así…

—Aun así, nada —le interrumpió ella tomando su mano—. Debemos permanecer serenos en la medida de lo posible y esperar a ver qué pasa. Para empezar, yo voy a volver a la rutina; bajaré a supervisar el club. Y tú deberías tomarte una copa, lo necesitas.

John ahogó un suspiro. 

—Creo que tienes razón.

Salieron del despacho y bajaron las escaleras. En el club, la normalidad era la dueña de la noche.

……………………..

La próxima semana: Capítulo 17.

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