Capítulo 15 de ABRIÓ LOS OJOS

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 15

Sábado, 17 de agosto.

Lucía se incorporó bruscamente. Miró a su alrededor. Víctor dormía profundamente a su lado, acurrucado entre las sábanas. Volvió a tumbarse y respiró tranquila; estaba en la cama, a salvo. Realmente aquella noche interminable había llegado a su fin.

La luna, esa misma luna que tan solo unas horas antes les había iluminado como si fuesen miembros de un comando inmerso en una incursión nocturna, ahora proyectaba sobre techo y paredes, moribunda, sombras siniestras desde el jardín: formas vegetales, distorsionadas, que se movían mecidas por el viento. Cerró los ojos, y en la completa oscuridad pudo ver, proyectado en el interior de sus párpados, el destello de las llamas que habían devorado aquella nave industrial con todo lo que había dentro, con Chema dentro. «Lo hicimos. Sí, lo hicimos. Y ahora Víctor está a salvo, aquí, a mi lado; los dos estamos a salvo».

Víctor se removió entre las sábanas, aún dormido. Lucía se giró a hacia él, le abrazó, se acurrucó a su lado. «Ya está, ya pasó». Volvió a cerrar los ojos; las llamas continuaban allí, ardiendo bajo sus párpados echados, protegiéndola. «Lo hicimos».

Lucía se quedó dormida observándolas como el soldado que contempla desde la lejanía los rescoldos de la victoria, a salvo en su campamento.

Después de lo ocurrido, Sandra se había ofrecido a guardar la cartera de Chema con los documentos en su casa, y John había aceptado rehén del pánico; inesperadamente, ella se había convertido en la única persona en quien podía confiar.

Entraron a media mañana en el despacho del Luna Llena. Y para entonces, la cabeza de John era ya un hervidero de preguntas sin respuesta, de temores basados en especulaciones que centrifugaban sus pensamientos y los entremezclaban arrebatándoles la lógica. Y aquella agitación interior se expresaba hacia el exterior en forma de rostro descompuesto.

—Cálmate. Los documentos están a salvo, nadie los buscará allí.

—¿Y si me encuentran a mí? No sabemos quién o quiénes han asesinado a Chema, ni hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguirlos.

—Quizá haya sido algo fortuito; quizá ni siquiera pretendían matarle. Incluso es posible que su muerte no tenga nada que ver con esos papeles: Chema conocía a mucha gente, a hombres poderosos. Quién sabe en qué líos podría andar metido.

John negó con la cabeza:

—Estoy convencido de que fue para conseguirlos, pero no los encontraron. —Hizo una pausa. Miró a Sandra con el pánico asomado a sus ojos azules—. Y creo que seguirán buscándolos.

—Si te sientes tan vulnerable, quizá sea mejor que tú también te quedes en mi casa, al menos hasta que amaine la tormenta.

—¿Y si averiguan que vivo contigo? Te estaría poniendo en riesgo. No quiero que te veas involucrada en toda esta mierda.

—¿Involucrada? —Sandra frunció el ceño—. Olvidas que acepté meterme en los negocios de la familia, que viajé contigo a Londres, que descubrimos juntos el cadáver…

John sopesó las palabras de Sandra consciente de que no tenía muchas más salidas.

—Está bien, me mudaré temporalmente. —Se cruzó de brazos, pensativo y con la mirada perdida. Sandra aguardó en silencio hasta que volvió en sí—: Pero hay algo más que me preocupa.

—¿El club?

—Sin Chema me va a resultar difícil manejarlo; anoche fue una auténtica locura.

—Está bien, yo lo haré.

—¿Tú?

—Conozco a los miembros, tengo buena relación con ellos. Y las chicas confían en mí. Es la mejor opción, si no la única. Además, todos saben lo que aprecio el club; a nadie le extrañará que ocupe las funciones de Chema.

—¿Y qué diremos cuando pregunten por él?

—Contaremos la verdad… a medias. Diremos que no le localizamos y que no sabemos nada de él. El lunes iremos a la policía, denunciaremos su desaparición.

De pronto, John vio una posible escapatoria, unas migajas de esperanza en aquella endemoniada situación. Por cada obstáculo que aparecía en su vida, Sandra ofrecía una solución que podría ser o no definitiva, pero que le parecía sensata.

—De acuerdo. —John le cogió las manos—. Pero quiero que seas consciente de lo que arriesgas; de lo que arriesgamos.

—Lo soy, créeme.

A John se le escapó una lágrima de emoción.

—Todo va a ir bien —susurró Sandra.

—Gracias. Gracias por estar a mi lado —musitó mirándola con los ojos vidriosos.

—No me las des. Yo sola me metí en esto cuando acepté lo que Víctor me proponía. ―Sandra le apretó las manos—. Ahora vayamos a recoger tus cosas; cuanto más rápido nos movamos, mejor. 

Esteban salió temprano a la puerta de casa. Llenó los pulmones con el aire fresco de la mañana que el viento traía desde las montañas. Exhaló lentamente, saboreándolo, y miró al horizonte: el perfil puntiagudo de los Pirineos le parecía el paisaje más hermoso que había visto jamás. Anhelaba ver las laderas cubiertas de nieve, bajar por ellas calzado con sus esquís, el aire helado golpeándole en la cara, la sensación vertiginosa de un descenso veloz, poderoso, imparable pero controlado.

Volvió la vista atrás y entró en casa. Rosa aún dormía. El salón, con su chimenea de piedra y el mobiliario de madera, tan acogedor, tan preciado para él, parecía haber perdido parte de aquella magia que durante tantos años le había reconfortado. Sin embargo, todo estaba como siempre; él y sus circunstancias eran lo único que había cambiado.

Atravesó el salón y entró en el dormitorio. Se acercó a Rosa, se sentó a su lado, esperó a que despertara. Y durante aquellos minutos de espera la observó sin parpadear; deseó que todo pasase, que quedase en nada, que nada cambiase.

Rosa abrió los ojos y le miró con ternura.

—Buenos días, cariño —susurró.

—Buenos días, cielo —contestó él con un beso fugaz en los labios.

—¿Qué tal has dormido?

—Mucho mejor —dijo; pero su gesto sombrío no acompañaba sus palabras.—. Estar aquí hace que me olvide de los problemas, como siempre.

—Me alegra escucharte de tan buen humor. —Rosa salió de entre las sábanas, se abrigó con una bata—. ¿Tienes hambre? —Él asintió más sombrío aún—. Vale, voy a preparar café.

Esteban permaneció unos minutos tumbado en la cama con la mirada perdida. Escuchaba a su mujer cacharreando en la cocina, el viento siseando tras la ventana al pasar entre las tejas del alero, los pájaros alborotando en las copas de los árboles. Un cúmulo de sensaciones le invadió por dentro: sacudió su alma como el mar, enfurecido, golpea las rocas de un acantilado. Cuando el olor a café recién hecho inundó el dormitorio, tuvo el presentimiento de que aquella sería la última vez, de que no volvería a aquel rincón apartado del mundo.

El sonido del móvil terminó de derrumbar el mundo a su alrededor. Alargó el brazo y descolgó sin mirar la pantalla: a esas horas, en aquel lugar, tan solo un puñado de personas se atreverían a importunarle, y sabía perfectamente de cuál de ellas se trataba.

—No me llamas para contarme nada bueno.

—Iré directamente al grano —dijo Manuel al otro lado de la línea.

—Por favor…

—Hemos recibido una filtración de la fiscalía: el juez Bermúdez pretende que declares este mismo lunes. Ha seguido la pista de Jordi y ha dado con una de tus cuentas en Suiza.

—¿Cómo dices? —Esteban se sentó sobre la cama—. No he recibido ninguna citación del juzgado.

—Yo… Lo siento. Ya tiene redactada la orden de detención.

Esteban enmudeció por el mazazo; le temblaron las manos, los labios. Cuando consiguió hablar, lo hizo con la voz quebrada:

—Sabías que esto podía pasar —dijo negando con la cabeza—, y no has movido un dedo.

—De momento he conseguido retrasar la ejecución de la orden hasta la tarde. Ven el lunes a primera hora a mi despacho, veremos qué más podemos hacer.

—Veremos qué más podemos hacer… ¿Es todo lo que se te ocurre decir? —espetó bajando la voz.

—Cálmate. Todos éramos conscientes de lo que nos jugábamos, y asumimos los riesgos…

—¡No me hables de riesgos, aquí soy yo el único que los asume! —gritó.

—Se solucionará, confía en mí.

—¡Pues ya puedes ir buscándome una salida; me lo debes!

Esteban tiró el teléfono sobre la mesilla con violencia, como si el golpe se lo propinara al jefe en la cara.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Rosa asomando la cabeza por la puerta.

—El juez ha encontrado una de mis cuentas en Suiza.

—¡Dios mío!

Esteban la miró conteniendo la ira del momento:

—Si caigo, caerán todos conmigo.

La nave estaba completamente arruinada. Las ventanas habían estallado por el calor y las columnas de humo que habían salido por ellas y por la gran puerta metálica habían teñido la fachada de negro. En la calle se apreciaban los restos de la actividad de los bomberos, y varios operarios de los servicios municipales barrían los cristales de la acera. Una patrulla de la Policía Local acordonaba la zona con una cinta de plástico.

Víctor y Lucía observaban la escena desde la distancia, sin bajar del coche. Como si de dos miembros del crimen organizado se tratase, necesitaban comprobar con sus propios ojos las consecuencias que de sus actos esperaban. 

—Nunca pensé que un poco de gasolina pudiese causar tanta destrucción.

—Probablemente habría combustible almacenado en alguna parte. —Víctor se aferró al volante; se aferró al consuelo de que aquella había sido la única solución posible. Se encogió de hombros—. Tanto mejor.

—El cuerpo de Chema habrá quedado reducido a cenizas. Lo siento por él; no merecía un final así.

Víctor se giró hacia Lucía. La voz le tembló al hablar:

—Yo no lo siento. Fue él quien me llevó hasta el límite; y fue él quien se abalanzó sobre mí: tuve que esquivarle o habría caído yo al vacío. Sin quererlo, él solo cavó su propia tumba. Yo no he hecho otra cosa que salvar mi pellejo de un destino que no merezco: fue un accidente. Si hay algo que me pesa, es haberme dejado chantajear por él. Si tan solo se hubiese fiado de mi palabra, si me hubiese mostrado los putos documentos cuando llegué…

—Pero no lo hizo. —Lucía apartó la vista de la nave en ruinas y contempló el cielo azul a través de la luna del BMW—. No había alternativa.

—Así es. Quemarlo todo era la única opción, ahora soy plenamente consciente de ello.

Lucía bajó la vista al salpicadero. Luego miró a Víctor con el corazón encogido por primera vez.

—Vámonos. No quiero estar aquí ni un segundo más.

Víctor condujo de regreso con la imagen de la nave destruida impregnada en las retinas. Se sentía flotar dentro de la nube de satisfacción en que se habían convertido sus pensamientos; la opresión en el pecho y en el estómago había desaparecido; los temblores en las manos, que las últimas horas había sentido plomizas como si cargaran con el peso de unos grilletes, habían cesado. Sin embargo, aquella calma, aquella tranquilidad que le había inoculado ver sus temores reducidos a cenizas, no era del todo completa. «No puede ser tan sencillo, algo se me tiene que estar escapando».

A punto de tomar la autopista de circunvalación, giró el volante bruscamente y abandonó el carril de salida al que se acababa de incorporar.

—¿Por qué continúas hacia Madrid? Pensé que íbamos a casa —dijo Lucía con un punto de alarma en la voz. Víctor parecía ausente.

—He olvidado hacer algo en la oficina —contestó sin más. Los temblores de sus manos habían regresado.

—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? Parece que te vaya a dar un ataque de ansiedad.

—Tengo que deshacer los cambios que hice en el historial de la cuenta de Jordi: eliminar cualquier rastro de manipulación.

—¿Y no puede esperar al lunes?, no creo que sea buena idea ir ahora.

—Necesito hacerlo cuanto antes. No te preocupes, no es la primera vez que me reúno allí en fin de semana o que voy para adelantar trabajo urgente.

—De todos modos, sigue sin parecerme buena idea.

—Serán solo unos minutos, enseguida estaremos fuera; imprimí una copia en papel del historial antiguo antes de modificarlo.

Víctor recorrió las solitarias calles de Madrid cegado por un impulso irrefrenable: tal era su forma inconsciente de conducir, que Lucía tuvo que instarle en varias ocasiones a que parase delante de un semáforo cerrado.

Antes de entrar en el aparcamiento del banco, ella le pidió que detuviera el coche.

—¿Qué ocurre?

Lucía se desabrochó el cinturón, pasó a los asientos traseros y se tumbó.

—No entiendo nada, ¿qué haces?

—Evitar que las cámaras de seguridad nos graben entrando juntos.

Víctor se aproximó a la entrada lentamente; el sistema de reconocimiento de matrículas identificó el vehículo y le dio paso. Luego recorrió el aparcamiento hasta el ascensor, apagó el motor y permaneció sentado al volante.

—Estoy muy nervioso —dijo sin mirar hacia atrás.

—¡Pues déjalo para el lunes! —exclamó Lucía bajando la voz.

—No. Tiene que ser ahora.

—Entonces cálmate; solo vas a tu oficina. Trata de actuar con normalidad. Recuerda que hay cámaras por todas partes.

Víctor inspiró profundamente haciendo acopio de valor. Salió del coche; caminó hasta el ascensor; lo llamó con el dedo tembloroso. Una vez dentro de la cabina pulsó el botón de la planta 21.

Apoyado en la pared de la cabina miró su reloj fijamente. La manecilla del segundero se movía con cadenciosa lentitud, a trompicones, y cada parada resonaba en su cabeza como un golpe atronador. Entonces el ascensor se detuvo; abrió las puertas. Víctor volvió en sí; escondió el reloj bajo el puño de la camisa y salió al pasillo.

Lucía se sorprendió a sí misma intentando ahogar el sonido de su respiración: por un momento temió que algún vigilante pudiera acercarse y descubrirla; incluso imaginó al uniformado apuntándola con una linterna a través de la ventanilla. Pero se dio cuenta de que era absurdo: ningún guardia de seguridad inspeccionaría el coche del consejero delegado. Aun así, un incesante hormigueo le recorría el cuerpo bajo la piel gritándole que no debía estar allí, en ese lugar, en ese momento. Bajó la mirada al suelo para tranquilizarse. Entonces, tirado sobre la alfombrilla, vio algo que le resultó familiar. Alargó el brazo y lo recogió: era una bolsita de plástico con unos gramos de cocaína dentro. Se quedó mirándola fijamente, sin demasiada sorpresa: «Víctor está al límite». Apretó el puño alrededor de la bolsita y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Si Víctor no la echaba en falta, se desharía de ella.

Había perdido la noción del tiempo cuando el ruido de la puerta le hizo dar un respingo; Víctor estaba de vuelta.

—¿Cómo ha ido? —preguntó sin abandonar la posición horizontal.

—Perfecto. Lo he restaurado tal y como estaba —contestó él abrochándose el cinturón.

Víctor la miró por el retrovisor. Sonrió. La presión del pecho había desaparecido y sus manos recobrado la normalidad. Arrancó el motor. Segundos después, abandonaron la sede central del banco.

John y Sandra llegaron al Luna Llena un par de horas antes de la apertura. Las chicas entraban en ese momento en un goteo incesante. Sandra saludó a varias de ellas mientras caminaban hacia el bar. Luego tomaron asiento en los taburetes de la barra; Martín andaba organizando vasos y copas al otro lado.

—¡Hola! —dijo el camarero levantando la vista hacia Sandra—. Pensé que no volvería a verte por aquí.

—Ha venido a echarnos una mano —respondió John antes de que Sandra abriera la boca.

—¿Una mano? ¿Con qué? —preguntó Martín extrañado.

—Te lo explicaré ahora. Reúne a las chicas en el camerino.

Minutos después, los dos estaban de pie rodeados de miradas atónitas, de caras perplejas ante las explicaciones de John, que en todo momento procuró transmitirles una honda preocupación por las circunstancias.

—Sandra se hará cargo de las funciones de Chema hasta que aparezca.

—¿Y si alguno de los miembros nos pregunta por él? —preguntó Natalia.

—Entonces diréis que debe de haberse tomado el fin de semana libre y que yo he venido a sustituirle, sin más explicaciones —dijo Sandra tomando la palabra—. No queremos que se arme revuelo por algo que quizá no tenga importancia.

—Bien, eso es todo —finalizó John—. Ahora poneos a trabajar; tenemos que tener el club listo dentro de poco más de una hora.

John salió de los camerinos, cruzó el club y subió a su despacho. Sandra permaneció junto a las chicas para organizar la apertura.

 

El club comenzó a llenarse apenas una hora después de abrir las puertas. Casi todo el mundo se concentraba en la sala principal, con la mirada puesta en la chica que bailaba bajo los focos del escenario. Y seguían llegando más miembros: el goteo era incesante aquella noche de agosto en la que el Luna Llena esperaba completar aforo.

A pesar de haber revisado todo varias veces, Sandra estaba nerviosa. Observaba desde las escaleras del bar el mar de cuerpos que le daban la espalda, atentos al show y ajenos a ella. Trataba de relajarse, pero la realidad era que no le resultaba fácil: verse sola al mando sin la referencia de Chema, sin más instrucciones que las que ella daba, era una responsabilidad más complicada de asumir de lo que había imaginado. Volvió a mirar a la multitud: nada había cambiado en el club; todo marchaba como siempre. Dio media vuelta y se sentó en uno de los taburetes de la barra, en el extremo más próximo a la sala principal, apartada de los miembros que allí ahogaban en alcohol conversaciones vacías con las que abandonar la importante rutina de sus vidas.

Hizo un gesto a Martín para que se acercara.

—Un gin-tonic, por favor. Lo necesito.

—Ahora mismo, jefa.

El camarero preparó la copa, la puso sobre un posavasos delante de ella. Sandra le miró frunciendo el ceño.

—¿Jefa? No soy la jefa, solo estoy supliendo a Chema.

—Ya… —Martín echó un vistazo discreto a su clientela, comprobó que nadie los observaba. Apoyó los codos sobre la barra y se agachó para hablarla en voz baja por encima de la música—. ¿Sabes? Tengo la sensación de que van a cambiar algunas cosas por aquí.

—¿Qué quieres decir?

Martín volvió a comprobar que la clientela no les prestaba atención.

—Que creo que Chema no volverá.

Sandra no esperaba aquellas palabras, y no supo qué decir. Miró a Martín esforzándose en parecer sorprendida.

—¿Por qué dices eso?

El camarero se encogió de hombros; se acercó un poco más a ella.

—Chema siempre me avisa cuando va a faltar; recuerda que en su ausencia soy yo quien se encarga de abrir antes de que lleguen las chicas. Pero el viernes me llamó John, y hoy también. —Martín negó con la cabeza, apesadumbrado—. Algo grave le ha ocurrido.

—Creo que estás yendo demasiado lejos. Estoy segura de que aparecerá en cualquier momento y nos dará una explicación.

—Eso espero; espero que esté bien. Todo esto me resulta demasiado raro.

Sandra agarró la copa y bebió un sorbo.

—Yo también lo espero —dijo fingiendo sinceridad.

Dejó la copa a medias y volvió a las escaleras guardando las apariencias. Desde ese punto podía ver la sala principal en su totalidad y quién entraba y salía de las distintas dependencias. Observó el club durante unos minutos, construyéndose un mapa mental de la noche: dos miembros entraban en ese momento en la sala de hidromasaje acompañados de una de las chicas; otro hacía lo propio en la sala de juegos; tres más se internaban con dos chicas en la zona de sumisión. «Todo parece estar en orden», se dijo. Bajó las escaleras y se internó en la sala de copas para echar un vistazo.

Varias mesas estaban ocupadas, unas por parejas, otras por tríos o cuartetos, pero todas con un objeto común: llegar a algún acuerdo sexual al calor de los licores del bar o de las drogas que ellos mismos traían. Sandra se paseó por la sala mirando de reojo en discreta revista. Al fondo, en un rincón y sin más compañía que un whisky con hielo y dos rayas sobre un espejo de mano, Adelardo mataba el tiempo como quien nada más tiene que hacer en la vida que darle gusto al cuerpo. Se acercó a él y le habló al oído por encima de la música ambiente.

—Hace tiempo que no nos vemos.

Adelardo levantó la cara del espejo; dejó a medias el camino blanco que acababa de emprender. Contestó frotándose la nariz con el dorso de la mano:

—¡Hola! —balbució embriagado—. No esperaba volver a verte. Creía que ya no trabajabas aquí.

—Solo he venido hoy para suplir a Chema.

—¿Libra esta noche? Ayer tampoco le vi.

—Se habrá cogido el fin de semana. Supongo que querrá desconectar un poco. Aunque no lo parezca, su trabajo es muy absorbente, a veces demasiado.

Adelardo la miró esbozando un desarticulado mohín de indiferencia en su rostro languidecido por el alcohol y las drogas.

—¿Te apetece una raya? Siéntate conmigo y charlamos un rato —dijo dando unas palmadas en la silla que tenía al lado.

Sandra no quiso ser descortés. Pensó, además, que quizá podría sacar algo de información de aquella cabeza aturdida.

—Vale, pero solo una —contestó—. Hoy tengo que estar serena.

Agarró el tubito metálico que Adelardo le ofrecía; se agachó sobre la mesa para esnifar; le miró disfrutando de la subida. Él la sonrió, echó una mirada furtiva a su escote y devolvió la atención a sus ojos. Sin importarle que ella se hubiese percatado de la indiscreta contemplación, y como si atendiese a sus deseos alentado por una voz etérea y convincente, balbució: 

—Chema… Siempre tan miedoso.

—¿Qué quieres decir?

Adelardo recuperó el tubito metálico y terminó lo que había dejado a medias. Un escalofrío le estremeció al incorporarse en el asiento.

—Que me da la sensación de que se está ocultando.

—¿Ocultando? —preguntó Sandra levantando las cejas.

—Esteban me ha contado que el lunes le van a llamar a declarar acerca de sus cuentas en… —El empresario dejó la frase en el aire, vagamente consciente de que empezaba a hablar de más—. Cosas de la política —remató encogiéndose de hombros.

Pero Sandra estaba dispuesta a tirar del hilo, a sacar la jugosa información que este parecía tener. Echó mano de la bolsita de coca y preparó dos rayas más. Ella esnifó primero, le pasó el tubito a él después. Cuando Adelardo se agachó para proceder, Sandra continuó hurgando en su trasnochado cerebro. 

—No sé quién es ese tal Esteban, ni tengo conocimiento de que Chema ande metido en líos de política.

Adelardo posó de nuevo la vista en su escote, y esta vez mantuvo la mirada fija en él como si quisiera meterse dentro; empezaba a perder la voluntariedad de sus actos.

—Es el tesorero del partido del Gobierno. Chema le hacía algunos encargos…, ya sabes…, llevar cosas de acá para allá. Tú me entiendes.

—No. No te entiendo. —Sandra le acarició la barbilla; le alzó la cabeza con dulzura para apartarle de las distracciones ocultas bajo su sujetador—. Pero empieza a picarme la curiosidad.

Adelardo sonrió de nuevo perdido en sus ojos, en su boca. Sandra agarró la bolsita de coca y se agachó sobre la mesa dejando reposar el busto en el borde.

—¿Otra raya?

—Venga, otra.

Esnifaron.

Sandra le miró insistiendo en saber más; Adelardo bajó la vista a sus pechos aplastados contra la mesa, dio un trago a su copa como si nada más existiese y obedeció manso a sus deseos:

—Es muy sencillo. Esteban está al final de la escalera, en todo lo alto. Cuando el juez le interrogue, es posible que descubra el resto de los peldaños que hay por debajo de él, y Chema es uno de ellos. Si yo estuviese en su pellejo, también desaparecería; pero, por suerte, no lo estoy. —Adelardo se recostó en el respaldo y balanceó con todo su cuerpo la bolsita que pendía entre sus dedos—. ¿Otra?

—Creo que no, muchas gracias: tengo trabajo y necesito estar serena. Disfruta de la copa y de la noche.

Adelardo levantó su whisky.

—Un placer volver a verte por aquí.

Víctor observó a través de la ventana del salón cómo Lucía se zambullía en el agua de la piscina. Puso una mano en el cristal, como si tratase de acariciar su cuerpo en la distancia, como si aquella barrera de vidrio se asemejase al telón que en su imaginario se había echado de pronto entre ellos. En la otra mano, temblorosa, sujetaba su móvil pendiendo del brazo, lánguido. Negros nubarrones habían vuelto a oscurecer sus pensamientos justo cuando parecía que todo había pasado.

Lucía salió de la piscina. Caminó hacia él ajustándose el albornoz con movimientos pausados, ajena a la pesadilla que de nuevo le atenazaba, le oprimía el pecho, le anudaba la garganta. Cuando entró en el salón, Víctor continuaba con la mirada perdida en la piscina, como si ella aún estuviese sumergida en el agua.

—¿Ocurre algo? Pareces preocupado.

—Me acaba de llamar Esteban —dijo sin volverse.

Víctor apoyó las dos manos en la ventana; luego la frente, abatido, y balbució sus temores en el silencio de la noche dejando un rastro de vaho en el cristal.

—Pero tú no perteneces al partido, no entiendo…

—Esto va más allá del partido. —Víctor giró la cabeza hacia ella; su pelo se apretujó contra el cristal; sus ojos, vidriosos, transmitían a misma angustia, la misma ansiedad que el día anterior—. Si Esteban se ve acorralado por el juez se derrumbará, estoy seguro. Y entre los escombros de su conciencia asomarán muchos nombres, entre ellos el mío.

—Pero ya no hay documentos que te impliquen, y en el banco tú…

—El banco… —Víctor golpeó la ventana con el puño cerrado gastando las pocas fuerzas que su alma trémula pudo reunir—. No tienes ni idea del poder que tiene un juez. Con un auto razonado, fundamentado en la confesión de un acusado clave en la investigación como es Esteban, Bermúdez puede poner el banco patas arriba, abrirlo en canal, mirar dentro como si leyese un libro abierto. Entonces no se limitará a pedir información acerca de los traspasos de dinero efectuados desde la cuenta de Jordi al extranjero, sino que pondrá sus garras directamente en mis movimientos.

Víctor estaba al borde del colapso. Su carrera profesional, su prestigio, su vida entera se veía sacudida como el vidrio de la ventana que acababa de golpear.

Lucía desapareció por la puerta del dormitorio. Regresó segundos después con la bolsa de cocaína en la mano. Se la mostró. Él la miró sin decir nada.

—Lo encontré sobre la alfombrilla trasera de tu coche mientras te esperaba en el aparcamiento.

—Yo… —Víctor maldijo en silencio apretando los dientes.

—No digas nada, no es necesario. —Lucía se la ofreció—. Te vendrá bien un poco; nos vendrá bien a ambos.

A través de un billete enrollado, esnifaron sendas rayas trazadas con desatino sobre la mesa del comedor en busca de serenidad. Pero no la encontraron. Entonces trazaron dos más. Y luego otras dos. Se sentaron después en el suelo a esperar la calma que habría de sobrevenirles sin remedio: las piernas encogidas; la espalda arqueada sobre las rodillas, sujetas por los brazos; los rostros inmóviles como relieves tallados en piedra. Sus pensamientos no tardaron en diluirse, en distorsionarse, sobre todo los de ella, apenas familiarizada con la magia del polvo blanco. La figura de Esteban se alejó de sus mentes llevándose consigo la estela de amenaza que arrastraba.

El móvil de Víctor sonó a su lado, en el suelo; ni siquiera era consciente de haberlo dejado caer. Observó la pantalla y trató de enfocar el nombre que aparecía en ella. Descolgó y activó el altavoz.

—¿Maya?

—Hola, Víctor —sollozó la secretaria al otro lado.

—¿Qué te ocurre? —preguntó con palabras desarticuladas.

—Perdona que te moleste a estas horas. Estoy asustada…

—Cómo… qué… cuéntame qué pasa —alcanzó a decir.

—Cuéntame tú lo qué pasa —dijo Maya rompiendo a llorar—. Ayer, a última hora de la mañana, me llamó el jefe de Informática. Me preguntó por qué había eliminado archivos de tu copia de seguridad en un día festivo. Al principio no le di importancia, pensé que sería algo rutinario. Pero desde entonces no he parado de darle vueltas, y…, y… No sé qué archivos eran los que me pediste que borrara, ni si me he metido en un buen lío ni…

—¿Qué les has contado? —las palabras de Víctor, adormecidas por la coca, viajaron por la línea telefónica carentes de sentimiento, de emoción alguna.

—Que lo hice porque tú me lo pediste. ¿Qué le iba a decir?, ¡qué se suponía que tenía que responder! Anoche no pude dormir. Y me he pasado el día entero sin salir de casa. —Víctor permanecía en silencio. El llanto de Maya cesó y comenzó a gimotear al borde de la súplica, de la desesperación—: ¿Por qué no dices nada?, ¿por qué no me das una explicación?

—Lo siento. Yo…

Maya rompió de nuevo a llorar:

—No vas a darme siquiera una explicación, ¿verdad? Nunca imaginé que tú… Como he podido ser tan estúpida.

—No, no. Te la daré. Pero no puedo hacerlo por… Escucha. Ven a mi casa, ahora. ¿De acuerdo?

—¿A tu casa, ahora? —El silencio se apoderó de la línea durante unos segundos en los que el tiempo pareció detenerse para ambos—. Está bien, iré.

Víctor miró a Lucía inexpresivo. Ella le devolvió la mirada en similares condiciones.

—Necesito otra raya.

—Yo también. 

Sandra encontró a John en el bar, en medio de un animado corrillo de corbatas aflojadas, copas medio vacías y caras iluminadas por el alcohol. Le hizo un gesto discreto, pero elocuente. John se excusó y fue tras ella. Subieron a su despacho. Nada más entrar, Sandra cerró la puerta y le contó muy agitada la conversación que acababa de mantener con Adelardo.

—Tenemos que deshacernos de los efectos personales de Chema; ya tenemos bastantes problemas —adujo John echo un manojo de nervios. Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó el móvil y la cartera del encargado—. Pero antes les echaremos un vistazo. —Dejó el teléfono sobre la mesa, activó la pantalla y tecleó el número de desbloqueo.

—¿Conoces su contraseña?

—Claro. 1770. Chema no era un hombre familiarizado con las nuevas tecnologías; yo se lo configuré. Puse su fecha de nacimiento para que no la olvidase: uno de julio de mil novecientos setenta.

John comenzó a hurgar en el aparato.

—¿Qué buscas exactamente?

—La lista de llamadas recientes. Quiero saber quién fue la última persona con la que habló.

El nombre de Víctor Samboal apareció en la primera posición del listado. Los dos lo pronunciaron en voz baja, enfatizando cada sílaba.

—Habló con él ayer por la mañana —murmuró Sandra con espanto, agachada sobre la pantalla—. Víctor fue la última persona a la que cogió el teléfono.

John asintió lentamente con la cabeza:

—Y fue una conversación breve, de apenas unos segundos.

—¿Crees que Víctor podría haberle asesinado?

John miró a Sandra con el ceño fruncido. Asintió de nuevo.

—Vale. Supongamos que ha sido así —continuó Sandra—. Pero ¿por qué demonios lo hizo en la nave industrial?

—Te recuerdo que allí guardaba Chema los documentos del club.

Sandra se encogió de hombros.

—Sigo sin encontrar explicación a que se vieran en ese lugar. Nadie salvo Chema conocía la dirección.

—Yo sí que la encuentro… Recuerda la conversación que Chema tenía pendiente con Víctor acerca de la cuenta de Jordi. Si Víctor se negó a manipularla, estoy convencido de que Chema habría intentado chantajearle con los documentos: su nombre aparece en algunos de ellos. Quizá Chema le citó allí el viernes para el intercambio de favores.

—Tiene sentido. Pero si habían llegado a un acuerdo, si ambos ya tenían lo que buscaban, ¿qué razón habría empujado a Víctor a cometer un asesinato?

—No lo sé. A lo mejor discutieron. Chema le odiaba desde que tú y Lucía abandonasteis el club, y Víctor siempre le ha considerado un mequetrefe. —John abrió la cartera de Chema—. Veamos qué hay aquí.

Vació el contenido sobre la mesa: varias tarjetas de crédito, carnés, tickets de compra, doscientos euros en billetes de cincuenta y… una hoja de papel arrancada de un cuaderno, doblada varias veces sobre sí misma. John dejó la cartera en la mesa y la desdobló. Al leerla ahogó una exclamación.

—¿Qué es?

—Pertenece a los documentos del club. Es uno de los apuntes que detallan las comisiones de los intermediarios. Y aquí tienes el nombre de Víctor. —Señaló la línea donde este aparecía junto a la cantidad que en esa ocasión le había correspondido. 

—Dios mío. ¡Fue él! —dijo Sandra tapándose la boca para silenciar sus palabras—. Esto prueba tu teoría.

—Así es. —John se llevó las manos a la cabeza—. Maldito… Maldito sea…

Maya despertó en medio de la noche envuelta en sudor. Nada a su alrededor le resultaba familiar, y el corazón, acelerado, le golpeaba las costillas como queriéndose escapar. «¿Dónde estoy; qué ha sucedido?». Miró a su izquierda y vio una silueta desconocida, pero extrañamente familiar. Entornó los ojos: era Lucía, la chica de Víctor, a quien había conocido días atrás en la oficina. Miró hacia el otro lado; bajo las sábanas estaba él completamente estirado, con un brazo bajo la almohada y el otro sobre su muslo, como si hubiese estado acariciándoselo toda la noche. Entonces comenzó a recordar…

Había llegado a casa de Víctor fuera de sí, y tan asustada, tan indefensa, que no fue capaz de darse cuenta de hacia dónde se dirigían sus pasos: Víctor le dio explicaciones, muchas, y también consuelo que sacó de una bolsa de plástico y extendió sobre la mesa del salón con su tarjeta de crédito.

En el enjambre de pensamientos que le zumbaban en la cabeza, recordó cómo las disculpas de Víctor se transformaron en ánimos tras las primeras rayas; luego, su caricia en la mejilla y su beso en los labios. Vislumbró después a Lucía llevándola de la mano hasta el sofá mientras se deshacía del bikini, mientras la desnudaba a ella; recordó también el peso de su cuerpo sobre el suyo, el contacto de sus pechos voluminosos contra los suyos menudos, y más caricias, más besos… de ambos. «Vamos a la cama», había dicho Lucía en medio del fervor; «vamos», había respondido ella. La última imagen de la noche que Maya recordaba era la de encontrarse en brazos de Víctor camino del dormitorio mientras la cabeza le daba vueltas, mientras su corazón y su sexo palpitaban.

Se deslizó hasta los pies la cama, ligera, sin hacer ruido, y durante unos instantes permaneció de pie, observándola a ella: su silueta desnuda bajo las sábanas le produjo un escalofrío agradable, un regusto dulce en los labios, una inusitada atracción que contradictoriamente le hacía querer alejarse.

Salió del dormitorio y atravesó el pasillo confundida; allí estaba su ropa, tirada en el suelo del salón. La recogió sin pensar, se vistió y abandonó la casa de Víctor sin más objetivo que regresar a la suya, a terreno conocido, a lugar seguro.

………………

La próxima semana: Capítulo 16.

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