Capítulo 14 de ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 14

Viernes, 16 de agosto.

Esteban despertó atenazado por sus más angustiosos presentimientos. Echó sudoroso los pies al suelo; fue hasta el armario; corrió la puerta, descubrió la caja fuerte y la abrió. En su interior aparecieron los documentos y el dinero justo donde debían estar. Arrodillado, con medio cuerpo metido en el armario, volvió a cerrar la portezuela. Inspiró profundamente; la obsesión iba en aumento. Rosa le abrazó por detrás.

—Tranquilo, todo está bien —le dijo con un hilo de voz—. Tenemos que ser fuertes, permanecer serenos.

Esteban giró la cabeza hacia ella con la respiración entrecortada. Asintió.

—Hoy hablaré con Manuel, espero que así sea.

—Seguro que sí. —Le besó en la mejilla—. Voy a hacer café, te vendrá bien; nos vendrá bien.

Esteban la observó salir de la habitación sentado sobre los raíles de la puerta del armario. Y ahí permaneció unos minutos hasta que se obligó a vestirse. Cuando llegó a la cocina, había dos tazas de café humeante sobre la mesa. Su mujer estaba sentada delante de una de ellas; él hizo lo propio frente a la otra. Se sirvió un poco de azúcar y removió ausente. 

Rosa dio un sorbo, le miró por encima de la taza:

—Saldremos de esta, no te preocupes.

Esteban abrazó su café con ambas manos, lo levantó para llevárselo a la boca; la taza le pareció tan pesada como la carga que llevaba en la conciencia, como el miedo y la incertidumbre que tanto le estaban costando sobrellevar. El trago de café le cayó como un puñado de tierra reseca que le arañaba la garganta.

—Cuando termine con el jefe te llamaré.

Rosa se esforzó en sonreír: necesitaba mostrarse fuerte, sostener a su marido para evitar el derrumbe.

—Estaré en casa preparando las cosas para el fin de semana. 

Esteban miró el reloj de su muñeca. Pasaban las ocho y media de la mañana. Apuró su taza y se levantó arrastrando la silla con pesadumbre.

—Me voy ya, tengo cosas importantes que hacer antes del mediodía. —Besó a su mujer en los labios y caminó hacia la puerta.

—No olvides nunca que te amo, que estaré a tu lado siempre —susurró ella.

Esteban volvió la cabeza; el rostro que se encontró le transmitía confianza, pero sabía que bajo aquella fachada de positivismo impostado se encontraba una mujer que sufría por él. No dijo nada, fue incapaz de verbalizar los sentimientos que aquellas palabras le removían. Dio media vuelta sin más y se obligó a continuar su camino con la cabeza alta, dispuesto a afrontar las cosas tal y como viniesen.

 

Víctor marcó el número de teléfono de Chema nada más subir al coche; atrás dejaba a Lucía, en casa, con la idea de que se marchaba un día más a la oficina. Estaba impaciente por hablar con él, y aún furioso por encontrarse en sus manos. Chema descolgó tras el primer tono, igualmente impaciente por recibir la llamada.

—Ya está hecho —dijo sin rodeos.

—Perfecto. Apunta. —Chema le dio la dirección de la nave industrial a la que tenía que dirigirse.

Víctor introdujo los datos en el navegador; el lugar no quedaba lejos, tal y como este le había dicho el día anterior. Aceleró a fondo y tomó la autopista de circunvalación en sentido oeste.

En veinte minutos apareció en un polígono industrial sin actividad visible aquel puente festivo de agosto. Durante un buen rato condujo por calles que parecían abandonadas a su suerte, descuidadas por los servicios municipales de limpieza, hasta que localizó el Audi blanco de Chema aparcado junto a la acera, en un fondo de saco. Se detuvo detrás y bajó del coche.

Se quedó un instante mirando la fachada del edificio donde Chema le había citado; no había timbre ni mecanismo alguno para llamar, tan solo un enorme portón metálico con un postigo lateral que facilitaba el acceso al personal del taller. Giró el picaporte y la puerta se abrió.

Las luces estaban encendidas, pero el lugar estaba vacío. Delante de él se extendía un enorme espacio lleno de máquinas y herramientas. A su derecha había una escalera metálica que accedía a la primera planta: una pequeña oficina acristalada colgada de las vigas centrales que sujetaban la cubierta. Allí estaba Chema, haciéndole un gesto a través de la ventana para que subiese. Víctor ascendió los peldaños de dos en dos y entró en el despacho.

—¿Has conseguido eliminar todos mis datos? —preguntó Chema arrugando la frente.

—Ya te lo he dicho, está hecho.

—Y supongo que traes contigo la copia en papel del historial actualizado.

Víctor sintió un escalofrío recorrerle la nuca; recordó la bolsa de coca y el trasero de Maya alejándose hacia el pasillo.

—¡Joder, lo olvidé sobre la mesa! —maldijo—. De todos modos, tienes mi palabra. En cuanto revise los documentos del club iré a la oficina, te lo enviaré por correo electrónico.

Víctor le miró a los ojos con la expresión de hombre acostumbrado a ser obedecido que tanto rechazo producía en Chema. Sin embargo, el encargado se mantuvo firme.

—Por correo electrónico…, pues yo prefiero tenerlo en mis manos antes de nada. Ve ahora, te esperaré.

—¿De qué estás hablando?, ¿acaso mi palabra no vale nada para ti?

—Por supuesto que sí, pero un papel impreso es la mejor garantía dadas las circunstancias —Chema habló de igual a igual, con un punto de prepotencia que reclamaba respeto.

Víctor se levantó iracundo. Su ego estaba a punto de estallar, pero hizo un esfuerzo por serenarse.

—Está bien —aceptó de mala gana—. Volveré en una hora, no te muevas de aquí —le ordenó.

Salió al rellano que daba acceso a la escalera de bajada. Antes de pisar el primer peldaño, Chema le habló caminando hacia él con la misma suficiencia que acostumbraba a mostrar el banquero:

—Siempre te sales con la tuya. Pero esta vez soy yo quien maneja la situación, no lo olvides.

Víctor interpretó las palabras de Chema como una provocación.

—¡¿Qué quieres decir?! —Dio media vuelta y le miró amenazante.

El encargado se mantuvo inalterable:

—Que el señor Samboal hace y deshace a su antojo sin importarle lo más mínimo a quién pueda perjudicar —afirmó aludiendo a Sandra y Lucía.

Víctor soltó una carcajada que resonó por todo el volumen de la nave industrial.

—Sobre todo si ese alguien es un don nadie como tú —se mofó con desdén.

El encargado enrojeció; las venas del cuello se le hincharon de rabia por el desplante.

—¡Eres un…!

Chema se abalanzó sobre él con el brazo levantado, preparado para atizarle un puñetazo. Víctor se apartó a un lado haciéndole errar el golpe, y en un acto reflejo le atizó con todas sus fuerzas en la espalda. El voluminoso cuerpo del encargado chocó contra la barandilla que protegía el rellano, sus zapatos resbalaron hacia atrás sobre la chapa pulida del suelo y se precipitó al vacío. Víctor parpadeó incrédulo, sin saber qué había sucedido exactamente. Se asomó por encima de la barandilla y miró hacia abajo: Chema estaba tumbado bocarriba, enganchado entre las palancas de una máquina para elaborar armaduras para hormigón; una barra de acero de varios centímetros de diámetro le atravesaba el pecho desde la espalda; su camisa estaba teñida por una mancha de sangre que se expandía lentamente; sus extremidades convulsionaban con cadencia menguante. Víctor parpadeó de nuevo. «Esto no puede estar pasando», murmuró confuso y asustado. Agitó la cabeza y volvió a mirarle: había dejado de convulsionar.

La adrenalina apartó la confusión por un momento. Se quitó la corbata, entró de nuevo en el despacho y la frotó contra los reposabrazos de la silla en la que se había sentado para borrar cualquier rastro que hubiera podido dejar. Luego salió a toda prisa y bajó por la escalera restregando la corbata por el pasamanos en el que se había apoyado al subir. Agarró el picaporte del postigo a través del bolsillo de la chaqueta y cerró desde fuera del mismo modo.

Cuando subió al coche tiró la corbata en el asiento trasero. «¡Joder, joder, joder!», gritó aferrado al volante del BMW. La confusión volvió a apoderarse de él. Arrancó el motor y se alejó despacio, mirando a todas partes, pero no vio a nadie en las inmediaciones.

Durante más de media hora callejeó por Alcorcón desorientado, sin saber muy bien adónde ir ni qué hacer. «Tengo que contárselo a ella, no puedo ocultarle esto», se repitió una y otra vez a lo largo de su loco deambular. Finalmente decidió regresar a casa; allí podría pensar con mayor claridad y quizá Lucía pudiese ayudarle de alguna forma.

 

Esteban observó el cadencioso movimiento del segundero de su reloj: tic, tac, tic, tac. Retumbaba dentro de su cabeza, como una cuenta atrás, mientras el ascensor de la sede nacional del partido le elevaba hasta la séptima planta. Camino de la oficina había repasado mentalmente los posibles cabos sueltos; aparentemente tenía todo bajo control, al menos todo lo que podía controlar.

Llamó a la puerta del despacho de Manuel y abrió sin esperar a la respuesta: los formalismos, a esas alturas, habían pasado a un segundo plano.

El jefe estaba hojeando unos papeles con atención. 

—Entra y siéntate, por favor. —Manuel le recibió sin apenas levantar la vista de su mesa. Esteban cerró la puerta y se sentó frente a él.

—Dime que todo está tranquilo —dijo cariacontecido.

—De momento no hay nada de nada.

—Es un alivio; me marcho de fin de semana y no quiero sorpresas.

Manuel se atusó la barba con la mirada esquiva. Esteban adivinó en aquel gesto su intención real de dejarlo estar hasta que el tiempo lo solucionase por sí solo. 

—Relájate y disfruta de estos días de retiro —dijo Manuel. Su mirada fría atravesó el alma de Esteban como una fina espada de hielo; la sintió entrando por la espalda, sutil pero inconfundible—. Saluda a Rosa de mi parte, hace tiempo que no nos vemos.

—Lo haré.

Esteban se puso en pie y caminó hacia la puerta con la información que había ido a buscar bajo el brazo. Antes de que saliese del despacho, Manuel le dirigió unas últimas palabras:

—Recuerda que no estás solo. El lunes hablamos.

Esteban volvió la cara.

—Claro, el lunes hablamos.

En la soledad de su despacho, Esteban repasó una vez más los acontecimientos de los últimos días. Recordó entonces la única cosa que le quedaba pendiente: no tenía noticias de Chema. Levantó el teléfono y marcó su número, pero el encargado del Luna Llena no descolgó. Después marcó el de John.

—Hola, dime —contestó el inglés.

—¿Sabes algo de Chema? No consigo localizarle.

—No. Yo tampoco he podido hablar con él.

—Joder —masculló Esteban—. ¿Dónde cojones se ha metido?

—Quizá la cosa esté en vías de solución; dale tiempo. En cuanto me entere de algo te llamaré.

—Está bien.

A Esteban se le llenó la mente de pensamientos negativos: «Solo me faltaría que hubiesen discutido. Debería haber hablado yo directamente con Víctor», murmuró. Levantó de nuevo el teléfono y marcó el número de su mujer para decirle que no había novedades, que se encontrarían en un par de horas en la puerta del edificio del partido.

 

Lucía escribió el nombre de Víctor sobre el vaho acumulado en el cristal de la mampara. Lo miró fijamente. Sentimientos encontrados se agolpaban en aquellas seis letras que le habían cambiado la vida; las cuentas, las comisiones, el vértigo que no terminaba de desaparecer le erizaron el vello del cuerpo bajo el agua templada de la ducha. «Quizá deba ser así —reflexionó—, quizá no haya otro modo de estar a su lado… y yo quiero estar. Es un hombre de una posición complicada, y yo… ¿le amo? Sí. Le amo como nunca he amado a nadie». En ese momento supo que haría cualquier cosa por él, por aquella relación. 

El ruido de la puerta de casa al cerrarse la sacó de sus pensamientos. Cerró el grifo y se cubrió con una toalla.

—¿Lucía? —preguntó Víctor. La voz, que procedía del salón, sonó temblorosa, y Lucía sintió una punzada aguda en el corazón al escucharla; algo no andaba bien.

—Estoy en el baño, ¿ocurre algo? —contestó saliendo a su encuentro.

—La he cagado. —Él se abrazó a ella, y ella notó el temblor de todo su cuerpo.

—¿Cómo dices?

Víctor le hizo sentarse en el sofá, a su lado. Y tras unos titubeos iniciales que le impidieron articular palabra alguna, empezó a contarle lo sucedido desde el principio, desde que había salido de casa por la mañana.

Lucía le observaba atónita. «No es posible que Chema esté muerto, que él le haya matado». Se negaba a creer lo que escuchaba, pero sabía que era cierto, tan cierto como su expresión aterrorizada mientras lo relataba. «Ha sido un accidente», repetía él una y otra vez con la voz quebrada; Víctor estaba asustado como un cachorrillo perdido, y a Lucía todo lo demás dejó de importarle. Entonces algo cambió dentro de ella. Su mente comenzó a trabajar como nunca antes: con calma, con serenidad, con frialdad.

—Se me ocurre algo.

—¿Qué? —Víctor la miró desconcertado.

—Quemémosla. Quememos esa nave con el cuerpo de Chema y la documentación dentro.

—Pero… ¿estás segura de lo que dices? Es una locura.

—¿Acaso quieres ir a la cárcel? —Víctor negó meneando la cabeza con sus ojillos de cachorro asustado vidriosos y abiertos de par en par—. Pues entonces no hay otra salida. Reduciremos todo a cenizas. Con los documentos destruidos y el cadáver irreconocible, nadie podrá siquiera imaginar que alguna vez estuviste allí.

—Es una locura —repitió Víctor.

Lucía se ajustó la toalla al cuerpo. Le miró severa.

—¿Se te ocurre algo mejor?

—No —titubeó.

Una profunda oscuridad envolvió los pensamientos de Víctor, una oscuridad que no le permitía ver nada más allá de la tenue luz procedente de la ventana de salvación que Lucía acababa de ofrecerle. Cuando por fin reaccionó, asintió:

—De acuerdo, lo haremos. Pero ¿has pensado cómo?

—Con gasolina.

—¿Y cómo vamos a comprarla sin levantar sospechas? La gente normal no va por las gasolineras pidiendo que le vendan unos pocos litros.  

—Eso déjamelo a mí. —Lucía estrechó la mano de Víctor entre las suyas, dispuesta a hacerse cargo de la situación—. Solo necesito arreglarme un poco. Tú ve a comprar un casco de moto esta misma tarde.

La tibia mañana de agosto dejaba paso a una calurosa tarde cuando Sandra llegó al Luna Llena; John la había llamado media hora antes para que acudiera allí sin darle mayores explicaciones. Cruzando el recibidor tuvo la sensación de que todavía pertenecía al club, como si siguiese trabajando allí cada noche. Sin embargo, esta vez no recorrió el pasillo camino del bar; apartó las cortinas que cubrían la puerta de acceso a la primera planta y subió las escaleras. «Quién lo hubiera imaginado», pensó en voz alta.

Cuando se asomó al despacho de John, le encontró de brazos cruzados, meditabundo.

—¿Ha sucedido algo nuevo? Pareces preocupado.

John se apartó el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Chema no me ha llamado todavía.

—Hazlo tú, se le habrá olvidado. Últimamente tiene demasiadas cosas en la cabeza.

—Ya lo he hecho, y varias veces; pero no contesta ni en el móvil ni en el teléfono de su casa. No sé, me parece muy raro: siempre lleva el móvil pegado a él. Por alguna razón no quiere cogerlo.

—Eso no tiene demasiado sentido. —La voz afectada de John extendió la preocupación en Sandra—. ¿Crees que podría haberle pasado algo?

—Empiezo a pensar que sí.

Sandra se encogió de hombros, le miró sin entender nada.

—Piensa a qué sitios suele ir, dónde acostumbra a parar.

—Por la mañanas siempre viene directamente aquí.

—Pues en algún sitio, entre su casa y el club, ha tenido que detenerse.

—No se me ocurre nada; Chema es un hombre muy rutinario. Ni siquiera desayuna fuera.

—Quizá haya ido a la nave de Alcorcón. Si te quedas más tranquilo, podemos ir a comprobarlo.

—Imposible: no me dio la dirección y yo tampoco se la pedí.

—Pues vayamos entonces a su casa, es lo único que podemos hacer.

Ni rastro de Chema: el Audi blanco no estaba aparcado en la puerta de su chalé de las afueras de Madrid y las persianas estaban bajadas.

Después de tocar el timbre varias veces, John empujó la cancela de la valla: estaba abierta. Accedieron a la parcela, rodearon la casa y encontraron la puerta trasera entornada.  

—Entremos —dijo John. 

Accedieron al salón. En la mesa había una taza de café a medio terminar y el periódico del día abierto por las primeras páginas.

—Parece que ha salido con prisa —murmuró Sandra.

—Mira esto. —John se agachó sobre la mesa y agarró una tarjeta de cartón que sobresalía bajo el periódico.

—¿Qué es?

—La tarjeta de visita de un taller de cerrajería con sede en Alcorcón. Apuesto a que es aquí donde Chema ha guardado la documentación del Luna Llena.

—Cada vez tengo más certeza de que está allí —comentó Sandra arqueando las cejas.

—Solo hay una forma de averiguarlo.

Como si de dos detectives se tratase, salieron sigilosamente de la casa de Chema dejando todo como lo habían encontrado. Subieron en el CLK y se dirigieron, impacientes, a la dirección que aparecía escrita en la tarjeta.

Víctor escuchó los detalles que Lucía le contaba perplejo por aquella capacidad, aparentemente ingénita y desconocida para él, que de pronto mostraba ante tal situación.

—Bien. Supongamos que ya tenemos la gasolina y estamos dentro de la nave. No podemos incendiarlo todo y marcharnos sin más: las llamas nos delatarán si alguien nos ve salir de allí.

—Lo retrasaremos. Cuando era pequeña, mi hermana me enseñó a no quemarme al encender un petardo; recuerdo que recogíamos las colillas que encontrábamos por el suelo, las encendíamos y las colocábamos junto a la mecha: eso nos daba los segundos suficientes para alejarnos. Tan solo hemos de poner un cigarrillo entero y tendremos diez minutos para largarnos discretamente.

—Pero nosotros no tenemos mecha; la gasolina apagará el cigarrillo.

—Usaremos una caja de cerillas; el fogonazo hará que prenda. —Lucía le miró a los ojos con una pequeña sombra de duda—. Solo espero que no llegue nadie antes que nosotros.

—Esta mañana las máquinas estaban paradas y no había rastro de actividad; creo que el taller permanecerá vacío hasta el lunes.

—Más nos vale. Si no, estaremos jodidos.

 

Cuando John y Sandra llegaron al taller, vieron el Audi aparcado junto a la acera y ya no les cupo ninguna duda: Chema debía estar allí. Salieron del coche y caminaron hasta la gran puerta metálica de la nave mirando a su alrededor; no había ni un alma en el fondo de saco donde se encontraban. John golpeó el postigo con los nudillos varias veces, pero no contestó nadie. 

—Quizá esté en la otra punta y no nos oye —pensó Sandra en voz alta.

—En ese caso, estará abierto.

John giró lentamente el pomo y este cedió con un crujido. Se miraron el uno al otro un instante, dudando qué hacer. Sandra empujó el postigo con decisión.

—Parece que no hay nadie —dijo adentrándose en la nave. John siguió sus pasos.

—¿Hola? Chema, ¿estás aquí? —vociferó. Obtuvo el eco por respuesta.

—La oficina está arriba. —Sandra señaló hacia las ventanas del piso superior.

—Vayamos por la escalera.

John subió primero y se detuvo en el rellano: la puerta estaba abierta de par en par y dentro del pequeño despacho no se veía a nadie. Luego entró con cautela, mirando en todas direcciones y observando cada rincón. Sandra, pegada a su espalda, le habló por encima del hombro:

—Prueba a llamarle de nuevo, quizá haya salido a comer con su amigo.

Cuando John marcó el número, el tono de llamada del teléfono de Chema se escuchó abajo, en el taller. Giraron la cabeza a la vez y se miraron sorprendidos.

John salió de la oficina agarrando a Sandra por el brazo y sujetando el teléfono en la otra mano. Se detuvieron en el rellano, buscaron entre las máquinas el sonido. Entonces lo vieron: Chema estaba tirado justo debajo de ellos, enredado entre palancas, mortalmente atravesado. John colgó la llamada sin retirar la vista de la escena. Sandra se aferró a su brazo estremecida.

—¿Qué, qué, qué…? ¿Qué demonios ha pasado? —tartamudeó.

Por la mente de John pasaron de pronto tantas cosas que tardó unos segundos en reaccionar.

—Tenemos que salir de aquí cuanto antes —contestó al fin.

—¿Irnos? No…, no podemos marcharnos y dejarle así. —Sandra permanecía mirando por encima de la barandilla, horrorizada, paralizada.

—¿Y qué pretendes que hagamos? —John se giró hacia ella, la asió por los hombros—. ¡Despierta! —La sacudió—. Quien quiera que haya hecho esto venía buscando los papeles que tenía Chema, y no ha dudado en acabar con él. ¡Vámonos! —Volvió a tirar de ella y la condujo escaleras abajo.

—¡Espera un momento! —Sandra se detuvo en medio de la escalera—. ¿Y si los documentos continúan aquí; y si no los han encontrado? Deberíamos buscarlos: este lugar se va a llenar de policías tarde o temprano, lo registrarán todo en busca de pistas.

John la miró con la respiración acelerada. Ni siquiera había pensado en esa posibilidad:

—Los documentos… Busquémoslos, rápido.

A toda prisa deshicieron el camino y regresaron a la oficina.

Rebuscaron en cajones; abrieron archivadores; revolvieron el habitáculo entero, pero no encontraron nada. Desesperado, John caminó hasta el centro de la oficina y observó en derredor. Entonces, en un rincón, oculta bajo un montón de herramientas, le pareció ver una caja de cartón que les había pasado desapercibida. Apartó las herramientas y la abrió. La cartera de piel de Chema se encontraba en su interior.

—¡Aquí están! —exclamó bajando la voz.

Sin tiempo que perder bajaron a la planta inferior y corrieron hacia la puerta. Pero cuando John agarró el pomo del postigo se dio cuenta de que Sandra no le seguía. Echó la vista atrás y la vio inmóvil, parada en medio de la nave.

—¿Qué ocurre ahora?

—Tengo la sensación de que nos dejamos algo.

—¿Qué estás diciendo?, ¡vámonos ya!

—Sus efectos personales —dijo Sandra. Se acercó a la máquina sobre la que habían visto el cuerpo de Chema desde el rellano, trepó por ella y se arrodilló junto a él sin pensar.

—¡¿Se puede saber qué cojones estás haciendo?!

Sandra ni le escuchó, parecía enajenada; se limitó a rebuscar en los bolsillos de Chema hasta que dio con la cartera y el móvil. Activó el modo avión del terminal para que no emitiese ninguna señal y se guardó ambas cosas en el pantalón.

—Es una corazonada, debemos llevárnoslos.

—Está bien, ya tienes lo que buscabas. ¡Ahora, vámonos de una puta vez!

Salieron de la nave y subieron al coche. John pisó el acelerador a fondo.

Hacía dos horas que la noche se había cerrado. Víctor estaba sentado en el sofá, mirando por la ventana absorto en sus pensamientos. El plan ideado, calculado meticulosamente por ella, pululaba por su cabeza entre los extremos de la perfección y el disparate; el plan era una locura, sin duda, pero una locura que debían llevar a cabo, pues se presentaba como la única escapatoria de aquel callejón sin salida en el que él solo se había metido; no había alternativa distinta, salvo la cárcel, ni solución posible que no pasase por quemar aquella nave y hacer desaparecer todo lo que en ella había. «Quizá sea un disparate perfecto».

—¿Estás listo?

Víctor alzó la mirada. Lucía entraba en ese momento en el salón caminando sobre tacones de aguja; se había alisado el pelo y se había maquillado; vestía un conjunto blanco, ajustado, de escote vertiginoso y falda tan corta que no dejaba a la imaginación más que unos pocos centímetros de sus piernas.

—¿A caso tengo alternativa a no estarlo? —respondió con un mohín ensombrecido.

—No. No la tienes.

Víctor se levantó del sofá, se abrazó a ella.

—Gracias por ayudarme.

—Saldremos de esta —le susurró Lucía al oído—. Ahora, vámonos; el tiempo apremia.

Bajo el cielo estrellado de agosto abandonaron Majadahonda por la autovía en dirección a Madrid. Pocos kilómetros después tomaron la autopista de circunvalación M-40 hacia el norte, alejándose de la escena del crimen. Lucía giró la cabeza para comprobar que el casco, el tabaco y las cerillas seguían allí, en los asientos traseros: tan solo necesitaban un poco de suerte y mucho arrojo.

—Me tiemblan las manos —comentó Víctor—, y un nudo en el estómago apenas me deja respirar.

—Relájate, ya queda menos. —Lucía deslizó la mano sobre su pantalón, le acarició la pierna intentando transmitirle calma—. En unas horas habremos regresado y todo habrá terminado.

Se desviaron de la autopista de circunvalación hacia la autovía A1; la abandonaron poco después, en la salida 19, y se adentraron en un polígono industrial de San Sebastián de los Reyes. Víctor detuvo el coche en una esquina, bajo un árbol que disipaba la luz anaranjada de las farolas; mantuvo el motor a ralentí y apagó las luces. Al otro lado de la calle, a lo lejos, podían ver el resplandor de la estación de servicio que buscaban.

Lucía agarró el casco y se lo colgó del brazo.

—Deséame suerte. —Bajó del coche y caminó por la acera repasando mentalmente el guion que había preparado.

En la estación de servicio no había nadie; los surtidores aguardaban solitarios en medio del asfalto a que alguien parase para repostar. Lucía atravesó el lugar y fue hacia el establecimiento con la única compañía del sonido de sus tacones.

—Señorita, pase por la ventanilla, por favor —dijo una voz metálica procedente de la megafonía.

Lucía localizó un pequeño mostrador que sobresalía en la pared; tras la ventanilla que había sobre él se encontraba un joven uniformado que atendía el horario nocturno. Se dirigió hacia allí y apoyó los codos en el mostrador.

—Hola, ¿qué deseaba? —El joven la observó detenidamente. Bajó la mirada, furtivo, hasta el escote.

—Hola —dijo Lucía con su mejor sonrisa—. Me preguntaba si podrías ayudarme.

—¿Qué le ocurre?

—Me he quedado sin gasolina a un par de calles de aquí. —Levantó el brazo por encima del mostrador para que el dependiente viera su casco—. Necesito una lata.

El empleado arrugó la frente.

—No tenemos latas de gasolina, hace tiempo que no se venden.

—¿Y una botella, o algo así? —Se mordió el labio inferior, ladeó la cabeza, se atusó el pelo—. Me harías un gran favor, he quedado y ya llego tarde.

El joven comenzó a ponerse nervioso ante el repertorio de gestos insinuantes.

—Debería haber traído la moto, no sé yo ahora si…

Lucía bajó la mirada hasta sus zapatos. Flexionó una rodilla para mostrárselos.

—Es un poco difícil caminar con estos tacones, imagínate empujar la moto. —Sonrió de nuevo. 

—Está bien —titubeó el empleado—. Pase, a ver qué puedo hacer.

El joven activó la puerta automática y Lucía entró en el establecimiento.

—No sabes cuánto te lo agradezco. —Se acercó a él meciendo las caderas sobre los tacones. El empleado la escudriñó de arriba abajo.

—Lo más que puedo hacer es vaciar una botella de agua y darle un par de litros.

Lucía le miró a los ojos, se cruzó de brazos, pestañeó pensativa.

—Necesito un poco más. Voy a estar toda la noche de acá para allá y no me gustaría tener que volver a repostar: los tacones me están matando.

El joven asintió tratando de no posar de nuevo la mirada en su escote. Se encogió de hombros.

—Puedo darle dos botellas.

—Creo que será suficiente, eres un encanto. —Volvió a morderse el labio y le puso ojitos de agradecimiento.

El empleado abrió una de las cámaras frigoríficas, agarró las botellas y desapareció tras la puerta del baño. Al momento regresó con ellas vacías en la mano. Se dirigió al mostrador, buscó una bolsa para meterlas dentro y un embudo para llenarlas.

—Venga conmigo.

Lucía le acompañó hasta el surtidor pegada a él; dejó que su brazo desnudo rozara de forma casual su uniforme. En menos de un minuto, las botellas estuvieron llenas y el ambiente colmado por los vapores de la gasolina.

—Aquí tiene.

—Eres un encanto, de verdad, ¿cuánto es?

—Nada —balbució el joven—. Se las regalo. Pero la próxima vez traiga la moto, por favor.

—Gracias, muchas gracias. —De nuevo desplegó su mejor sonrisa—. Si vuelvo a quedarme tirada, la traeré.

Lucía se alejó con el casco en una mano, la bolsa con la gasolina en la otra y el sonido de sus tacones resonando en el silencio de la noche.

En medio de la madrugada aparcaron en la puerta del taller. El coche de Chema continuaba allí, abandonado, y nada parecía haber cambiado desde la mañana. Víctor abrió el maletero, sacó la bolsa que contenía aquellas dos botellas que habrían de salvarle el pellejo: apestaban, pero el olor le supo a libertad. Lucía observó desde la acera sus nerviosos movimientos con el bolso colgado del hombro, mirando de reojo a todas partes: salvo el resplandor de los faros de algún que otro vehículo perdido en la lejanía, el polígono aparecía desierto. 

Víctor giró el pomo del postigo, aún estaba abierto. Se colaron dentro y cerraron sin hacer ruido.

—Aquí es.

La luz de la luna llena inundaba la nave a través de los ventanales de la cubierta; a su alrededor todo eran sombras de mil tonos grises y la atmósfera lúgubre, densa, lechosa. Los ojos no tardaron en acostumbrárseles a la penumbra.

—Pongámonos esto, cualquier precaución es poca. —Lucía metió la mano en el bolso y sacó dos pares de guantes que había cogido en la cocina antes de salir de casa.

Víctor caminó lentamente adentrándose en el taller. Lucía le siguió de cerca, inspeccionando a su alrededor.

—¿Dónde está Chema? —susurró.

—Lo tienes justo delante, sobre esa máquina de ahí. —Víctor señaló en la dirección del cadáver—. Vamos, la oficina está subiendo por la escalera.

Cuando llegaron al rellano superior, Lucía miró hacia abajo. Ver a Chema ensartado como una aceituna en un palillo la dejó horrorizada; se tapó la boca para ahogar una exclamación. En ese momento supo que aquella imagen jamás se borraría de su mente.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Víctor apartándola de la barandilla.

Lucía volvió en sí.

—Supongo que da lo mismo, hay que quemarlo todo.

Lucía sacó una botella de la bolsa, desenroscó el tapón y esparció el contenido por la oficina mientras Víctor permanecía en la puerta. Luego bajaron al taller dejando un reguero de gasolina tras de sí para que el fuego se esparciese. Subieron a la máquina y rebuscaron en los bolsillos de Chema hasta dar con las llaves de su coche; Lucía no fue capaz de mirarle a la cara una segunda vez. Rociaron el cuerpo, esparcieron más gasolina por la máquina e hicieron otro reguero, que se unió al primero. 

—Dame las cerillas y el tabaco —dijo Víctor extendiendo la mano—. Debo hacerlo yo.

Encendió un cigarrillo con una profunda calada. La llama de la cerilla y la punta roja incandescente del cigarrillo iluminaron sus caras en la penumbra. Montó el temporizador casero y lo dejó sobre el inflamable cruce de caminos.

—Listo, vámonos.

Lucía salió en último lugar: cerró el postigo con cuidado y limpió las huellas del pomo con los guantes. La calle continuaba desierta.

—Sígueme —dijo Víctor en voz baja—, sé dónde deshacernos de su coche.

Antes de alejarse del taller se detuvieron en la esquina para ver cómo se iniciaba el incendio: primero, un tímido resplandor tras las ventanas del primer piso que daban a la calle anunció el éxito del temporizador; después, el fuego cobró fuerza y el resplandor de las llamas se extendió desde el marco de la gran puerta de metal hasta los ventanales de la cubierta.

Víctor no quiso esperar más, impaciente por marcharse de allí para siempre. Encendió las luces del Audi y emprendió la huida. Lucía le siguió al volante del BMW.

Condujeron durante casi media hora por la autopista de circunvalación, por la autovía del sur y, finalmente, por una carretera secundaria hasta un camino rural. Víctor se detuvo envuelto en una nube de polvo a orillas del río Manzanares. Lucía aparcó detrás; los faros del BMW iluminaban la escena.

—Lo tiraremos al río con la ventanilla bajada; pensarán que consiguió salir después de estrellarse y que lo arrastró la corriente —dijo Víctor—. Con suerte, tardarán varios días en encontrar el coche; le darán por desaparecido.

Lo empujaron en punto muerto ladera abajo. En cuanto el Audi hundió el morro en el agua, subieron al BMW y se largaron de allí.

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La próxima semana: Capítulo 15.

Un comentario sobre “Capítulo 14 de ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

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