Capítulo 13 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 13

Jueves, 15 de agosto.

Desde que se marchara Esteban, temprano, Rosa no había hecho sino deambular por la casa envuelta en una bata. Se detuvo varias veces frente a la ventana y observó la calle por el hueco que dejaban las cortinas como una cotilla de vecindario; allí abajo la ciudad, el mundo, continuaba con su rutinario transcurrir, con sus ruidos, sus luces, su constante movimiento. Sin embargo, su casa estaba distinta, o al menos así lo percibía ella: el silencio de aquellas paredes, que siempre le había resultado tan reconfortante, ahora parecía aplastarle el corazón. Aquel lujoso ático en el centro de la ciudad, amplio como una casa de campo, de pronto se había convertido en un lugar angosto, agobiante, casi desconocido. Incluso tenía la sensación de no reconocer su olor, antes fresco e impregnado de aromas de lavanda, y ahora reseco, agrio, como si aquellas plantas que con tanto mimo cultivaba en la terraza se hubiesen marchitado. 

Se apartó de la ventana y corrió las cortinas; se alejó de la normalidad del otro lado del cristal camino de la cocina. Sobre la encimera de mármol estaban, como abandonadas, la cafetera medio vacía, una nota manuscrita de Esteban que no quería leer, y la taza con posos en el fondo que este había dejado antes de marcharse. Sacó una taza limpia del armario, vertió en ella un poco de café y dio un sorbo recordando los últimos veinte años de su vida. ¡Qué rápido habían pasado! Pensó en el meteórico ascenso de Esteban dentro del partido, en las nuevas y cada vez más importantes responsabilidades que le habían ido asignando, pero, sobre todo, hizo memoria de cómo su marido se había ido metiendo en las oscuras finanzas de la organización casi sin darse cuenta. Al principio solo eran pequeñas cantidades para el día a día del partido que él mismo guardaba en la caja fuerte del dormitorio; dinero negro junto al que a ella nunca le gustó dormir. Pero llegó el día en el que Federico Álvarez se jubiló, y entonces el partido le ofreció ocupar su puesto de tesorero. Esteban aceptó, y le aseguró que aquello se había acabado, que ya no tendrían más dinero sucio en casa, que lo meterían todo en un banco de Suiza, muy lejos de allí. A Rosa le pareció bien, o, al menos, un mal mejor.

Ahora, años después, Rosa se daba cuenta del error que habían cometido: su marido por aceptar lo que le pedían y ella por haberlo dejado estar. Ahora, años después, los mismos que habían engatusado a Esteban con un gran sueldo y coche oficial a cambio de sus servicios le iban a dejar caer, le iban a sacrificar como un simple peón para salvar las piezas más valiosas del tablero.

Rosa apuró el café, miró de nuevo la nota. Sabía lo que su marido había escrito en ella, pero aun así se obligó a leerla: «No te olvides de ir al banco. Te quiero». Rosa cerró los ojos, arrugó el papel, se echó a llorar. «Cómo olvidarlo».

 

Esteban entró en el portal de la calle Velázquez donde se encontraba su notaría habitual con el portafolios bajo el brazo. Observó abatido la placa dorada anclada en la puerta de madera, esa placa que había visto tantas veces y que rezaba el nombre del titular con letras negras bajo relieve: «D. Pablo Ruiz, Notario». Vaciló unos instantes y llamó al timbre.

Siguió al notario a lo largo de la oficina hasta la sala donde hablarían. Era un hombre poco mayor que él, flaco y de mirada viva a la que no parecía escapársele un solo detalle. Dejó el portafolios sobre la mesa y tomaron asiento.

—Cuéntame qué es tan urgente.

—Quiero depositar copia de unos documentos que te traigo.

Don Pablo le miró a él y luego al portafolios.

—Déjame ver de qué se trata…

Esteban extrajo un tomo grueso de papeles y varios cuadernos; lo deslizó todo sobre la mesa para que lo hojeara.

El notario pasó páginas y páginas clavando su mirada afilada en ellas. Luego levantó la vista hacia Esteban:

—Esto es algo muy grave —dijo con el gesto demudado.

—Soy consciente de ello. Necesito asegurarme una copia válida en un lugar seguro.

Don Pablo devolvió los documentos al interior del portafolios. 

—¿Me puedes explicar qué está sucediendo?

—Es posible que algunas cosas salgan a la luz, cosas que me implican directamente. ―Esteban le miró agudizando su seriedad—. Si me dejan solo, tiraré de la manta.

—Con todo esto podrías hacer caer al Gobierno; piensa muy bien lo que haces.

—Lo he pensado, y mucho. De momento todo está tranquilo, solo estoy siendo precavido.

—Entiendo… —murmuró el notario—. Está bien. Pero me marcho fuera esta tarde, tendrás que dejarme todo hasta el lunes: debo cotejar las copias una por una antes de autentificarlas, y son muchas.

—Venga, Pablo, no me jodas. Déjate de formalismos. ¿Cuántos años hace que nos conocemos?: haz las fotocopias y fírmalas.

El notario se quedó mirándole con condescendencia. Luego negó con la cabeza transmitiéndole que no le gustaba lo que iba a decir:

—De acuerdo. Me hago cargo de lo importante que es para ti. Haré las copias y podrás llevarte los originales, pero no hagas una regla de esta excepción, ¿de acuerdo?

—Primera y última vez, te lo prometo.

Esteban permaneció en la sala durante la media hora que don Pablo tardó en hacer las fotocopias. Cuando este hubo terminado, salió de la notaría con los documentos de nuevo bajo el brazo. Su sensación de inseguridad aumentaba por momentos.

Rosa entró en casa con el corazón latiéndole a toda prisa y la respiración agitada. Había atravesado el vestíbulo del edificio con pasos largos hasta el ascensor como si alguien la persiguiese; acababa de cerrar la cuenta del banco y transportaba el dinero que había en ella en un discreto bolso de playa. Fue directamente a su cuarto; abrió el armario empotrado; apartó la multitud de trajes y vestidos que colgaban en perchas; de rodillas, desencajó el falso forro de madera que cubría parte del fondo y dejó al descubierto la caja fuerte. Tecleó el número de desbloqueo, giró la palanca. La puerta se abrió con suavidad. Sacó el grueso paquete de billetes del bolso de playa y lo depositó dentro. La cerró, encajó la madera en su sitio y dejó todo como estaba. «Misión cumplida», murmuró con la respiración aún atropellada. En ese momento escuchó el clic de la cerradura de la puerta principal, el sonido amortiguado de la hoja deslizándose sobre los goznes, el suave golpe de esta al chocar contra el marco volviéndose a cerrar. Se sobresaltó. Se puso en pie y asomó la cabeza por la puerta del dormitorio al borde de un ataque de ansiedad, convencida de que alguien se había colado en casa para asaltarla; pero lo que encontró fue la mirada meditabunda de su marido.

—Ya estás de vuelta… —suspiró—. ¿Qué tal ha ido?

Continuaron mirándose en la distancia unos segundos.

—Bien.

Esteban se acercó a ella, la abrazó; se aferró a su cuerpo como un náufrago a un salvavidas encontrado entre los restos de su embarcación. 

—¿Has sacado el dinero?

—Sí, acabo de guardarlo.

El intercambio de información, el saber que ambos habían cumplido su misión, les devolvió un momento de calma: lo más próximo a la normalidad que habían sentido en las últimas horas. Rosa puso las manos sobre los hombros de su marido y comenzó a masajeárselos.

—Tienes que relajarte, ambos necesitamos hacerlo —le susurró en los labios. Sus frentes se aproximaron hasta apoyarse la una en la otra como contrafuertes resquebrajados que sujetan un edificio al borde de la ruina.

—No sé qué pensar. Todo esto me parece una locura, un mal sueño. —Esteban se apartó unos centímetros de su mujer—. Voy a guardar los documentos en la caja.

Amagó con ir al dormitorio, pero ella le detuvo.

—Dámelos. —Rosa le quitó el portafolios y lo tiró sobre la mesa del salón—. Deja eso para después.

Esteban la observó desconcertado. Ella le aflojó el nudo de la corbata, la deslizó a lo largo del contorno de su cuello, la dejó caer al suelo.

—¿Qué…? Tengo que ir al club, mi amor, he quedado con…

—Shhh —Rosa le hizo callar sellándole los labios con el dedo—. El mundo puede esperar. Ahora necesito sentirte cerca, muy cerca; necesito aprovechar este momento.

Víctor entró en el solitario aparcamiento del BKS. Dejó el coche aparcado junto al ascensor y subió hasta la última planta. Nada más pisar la moqueta del pasillo le llegó un mensaje de Chema:

Tengo que hablar contigo, necesito que nos veamos hoy.

Miró su reloj de pulsera y se quedó pensativo. «¿Qué demonios querrá este ahora?», se preguntó. De pronto un oscuro presentimiento, una sensación de alerta, le recorrió de pies a cabeza en forma de escalofrío. Desbloqueó el teléfono y contestó: 

De acuerdo. Pasaré por el club a las 16:00.

Envió el mensaje y continuó hacia su despacho.

Maya estaba de pie, apoyada en su mesa, casi sentada sobre ella. Víctor se fijó en su forma de vestir: nunca la había visto en zapatillas, camiseta y vaqueros. Su pelo estaba recogido en una coleta y le daba un aire fresco, jovial.

—Buenos días, jefe —saludó la secretaria con mohín inquisitivo.

—Buenos días, Maya. Gracias por venir.

—No me importa, vivo cerca. —Maya se cruzó de brazos—. Pero ¿se puede saber qué es tan urgente?

—Acompáñame y te lo explicaré.

Entraron en el despacho de Víctor. Él se sentó delante del ordenador; ella permaneció de pie, a su lado.

—Necesito eliminar unos archivos.

—¿Y eso es algo que no puede esperar al lunes?

—No, no puede esperar. Es importante.

Maya resopló.

—No me tomes el pelo, Víctor. Tus conocimientos informáticos son limitados, hasta ahí estamos de acuerdo, pero no creo que me necesites para eso.

—No. Para eso no. Necesito eliminarlos también de la copia de seguridad.

—De la copia de seguridad… —repitió Maya en voz baja y abriendo mucho los ojos—. No te voy a preguntar qué es lo que contienen.

—Mejor que no lo hagas.

—Sí, mejor… —la secretaria vaciló un instante—. A ver, ¿de qué archivos se trata?

Víctor abrió una carpeta en la pantalla de su ordenador. En ella había dos hojas de cálculo.

—Son estos.

—¿Has guardado una copia para ti?

—No la necesito, solo quiero eliminarlos.

Maya deslizó el cursor del ratón por la pantalla, cerró la carpeta y la eliminó junto con todo su contenido; luego vació la papelera de reciclaje. En ese momento, el móvil le vibró en el bolsillo del pantalón: un mensaje de su madre acerca de la hora a la que habían quedado para comer. Confirmó la cita, dejó el teléfono sobre la mesa y prosiguió:

—Listo. Vamos con la segunda operación —dijo mirando a Víctor de reojo—. Hacer cambios en la copia de seguridad es muy sencillo, solamente hay que entrar en ella a través de esta aplicación.

Maya hizo doble clic sobre un icono azul con el logotipo del banco. En el monitor apareció una pequeña ventana con varios campos para rellenar. Introdujo su nombre de usuario, su contraseña y accedió a la base de datos donde se alojaba la copia de seguridad.

Víctor se entretuvo mientras tanto contemplando el desacostumbrado atuendo de su secretaria.

—Ya está, ¿te has quedado con el proceso?

—¿Con qué? —respondió Víctor, como si aquello no fuese con él.

—¡Joder! Con lo que te acabo de explicar sobre cómo cambiar la copia de seguridad.

—Sí, sí, claro. Solo estaba bromeando.

—Vale. —Maya forzó una sonrisa a modo de disculpa. Por un momento había olvidado que era a su jefe a quien acababa de reprender de forma tan brusca—. Seguro que te has enterado y la próxima vez no me volverás a llamar —bromeó.

—Cuenta con que lo haré. —Víctor le devolvió la sonrisa—. Gracias de nuevo por venir. Venga, vámonos ya; no quiero robarte más tiempo.

Víctor apagó el ordenador, salieron del despacho y subieron juntos en el ascensor.

—¿Quieres que te acerque a casa? Es lo menos que puedo hacer.

—No, muchas gracias. —Maya rechazó el ofrecimiento con otra sonrisa—. Volveré dando un paseo.

***

—Yo jamás he estado en este club, y tampoco os conozco a vosotros. Con todos vuestros documentos alejados de aquí, no hay nada que nos relacione —dijo Esteban. John, Chema y él estaban sentados alrededor de la mesa del despacho del Luna Llena.

Chema agachó la cabeza y habló con pesadumbre:

—No es así. Yo aparezco en el historial de ingresos de los últimos años en la cuenta de Jordi.

Esteban enmudeció. Su cara se tornó roja como la grana. Su respiración, lenta y profunda, se asemejaba al bufido de un toro de lidia.

—¡Mierda, ¿no me digas que los anotaste a tu nombre?! ¡Deberías haberlo hecho de forma anónima!

—Nunca pensé que eso tuviera importancia —reconoció el encargado, avergonzado por su torpeza—; jamás creí que podría darse esta situación.

—¡Pues la tiene, y mucha! —Esteban dio un golpe con la palma de la mano en la mesa.

—¡Vamos a calmarnos un poco, ¿de acuerdo?! —John les miró a ambos intentando poner un poco de paz―. De todos modos, ¿en qué te afecta eso a ti? —le dijo a Esteban.

—¿Qué en qué me afecta? Cuando el juez vea los apuntes le llamará a declarar. Y entonces, ¿qué le dirás? —Esteban fulminó a Chema con la mirada—, ¿que el dinero era tuyo y que se lo ingresaste a Jordi porque sí? Por muy bien que te lo prepares, varias horas testificando delante de Bermúdez harán que te derrumbes, porque no tienes ninguna justificación; recitarás como un loro el nombre de todos los empresarios que te lo dieron y el motivo por el que lo hicieron. Y ellos poco tienen que perder en este asunto: se cubrirán diciendo que es su única vía para conseguir contratos. Y entonces apuntarán directamente al partido, a mí.

La actitud hostil de Esteban hizo que Chema se echara a temblar. El nudo que se había formado en su garganta estaba tan apretado que apenas le dejaba respirar.

—Esta tarde hablaré con Víctor, hemos quedado a las cuatro —titubeó—. Conseguiré como sea que me haga desaparecer de esa maldita cuenta.

Esteban pareció calmarse.

—Inténtalo. Si se niega, le llamaré yo mismo —afirmó—. Es imprescindible borrar tu rastro.

—¿Y qué hay de ellos? —intervino John—. Debemos asegurarnos de que los empresarios mantengan la boca cerrada.

—He hablado con Adelardo, ya están todos sobre aviso —expuso Esteban—. Ninguno dirá nada, salvo que el juez señale a alguno con nombre y apellidos. —De nuevo fulminó a Chema con la mirada—. Hay que conseguir que tu nombre desaparezca de escena.

El silencio se esparció por cada rincón del despacho del Luna Llena como el vapor dentro de una olla a presión.

—¿Qué pasará con los quinientos mil que hay en la cuenta de Lucía? —continuó John.

—De momento, se quedarán donde están, ya nos ocuparemos de ellos más adelante. ―Esteban trató de recuperar la compostura estirando la espalda a lo largo del respaldo de la silla―. Ese dinero está fuera del círculo, ahora tenemos cosas más importantes en qué pensar.

—Eso ya lo sé —dijo el inglés—, pero también está fuera de nuestro control.

—Víctor no se atreverá a tocarlo —aseguró Esteban.

—Pues yo desconfío de él, y también de Lucía —dijo Chema arrugando la frente—. Si ese dinero desaparece, el partido se desentenderá de las adjudicaciones correspondientes y los empresarios lo reclamarán; me lo reclamarán a mí.

Esteban volvió a bufar como una res:

—Víctor es de confianza, dejad de darle vueltas a eso. —Se levantó y dirigió una última mirada furibunda al encargado—. Cuando hayas hablado con él, me llamas, ¿de acuerdo?

Chema asintió sumiso.

Esteban dio media vuelta y se marchó.

Víctor abandonó las oficinas del banco habiéndose quitado un peso de encima: los archivos donde anotaba los ingresos y las transferencias que realizaba desde la cuenta de Jordi para controlar sus comisiones ya eran historia.

Condujo por las ardientes calles de Madrid con la camisa remangada y el climatizador del BMW a toda potencia. Minutos antes de las cuatro, entró en el aparcamiento del Luna Llena. Luego caminó apurado por la acera; se metió en el club como un reptil en busca de una sombra bajo la que cobijarse.

Chema estaba en la oficina de la planta superior, esperándole.

—Víctor. Por favor, siéntate —dijo el encargado estrechándole la mano—. Quería pedirte un favor, algo de gran importancia que quizá tú podrías…

—No te andes con rodeos —repuso con la voz afectada de cierta tensión.

Chema apartó el sudor de su frente con el dorso de la palma de la mano.

—Necesito que borres mis datos del historial de movimientos de la cuenta de Jordi.

—¿Cómo dices?, ¿llevas años ingresando el dinero de forma personal? —Chema asintió. Víctor le miró entrecerrando los ojos, tratando de explicarse el desatino—. No sé si podré, no es tan sencillo.

—Al menos inténtalo, a ver qué puedes hacer —las palabras de Chema rozaron la súplica.

—De acuerdo, pero no te prometo nada —dijo Víctor arrojando el hueso que el encargado ansiaba morder.

—Te lo agradezco, te lo agradezco enormemente.

Se miraron durante unos segundos en los que Chema pensó que Víctor iba a marcharse de inmediato a cumplir sus deseos; pero Víctor continuó sentado.

—Yo también necesito que hagas algo por mí.

—¿Qué? —Chema enarcó las cejas, agudizó los sentidos.

—Quisiera revisar vuestra documentación; no me gustaría que mi nombre anduviese perdido en algún papel.

El encargado enmudeció durante un momento, pensativo, haciendo memoria; Víctor acababa de regalarle un punto débil sobre el que ejercer presión.

—La verdad es que no sé si apareces en algún apunte. Es John quien se encarga de anotar los movimientos.

—Sea como fuere, quiero echarle un vistazo.

—Claro. No tengo inconveniente. El único problema es que la he sacado de aquí.

—¿Dónde está?

—A buen recaudo, lejos del club en un sitio seguro.

Víctor apoyó los codos en la mesa, echó el cuerpo hacia delante como si tratara de apropiarse del espacio de ambos.

—Bien. Llévame hasta allí entonces —dijo en tono autoritario.

Chema aguantó el tipo.

—Hagamos lo siguiente: llámame mañana, cuando hayas cambiado los datos de la cuenta, y te daré la dirección del lugar; quedaremos allí media hora más tarde, está cerca. Trae contigo el historial de movimientos actualizado y te mostraré cuanto desees.

Víctor se recostó en el respaldo de la silla; devolvió el espacio que su ego había ocupado en la maniobra intimidatoria.

—Está bien. Solucionaré lo tuyo y después iré donde tú me indiques. —Víctor le estrechó la mano ocultando la herida abierta en su orgullo—. Tendrás noticias mías por la mañana.

—No me cabe duda —contestó Chema conteniendo su satisfacción—. Ninguna.

Víctor subió en su coche valorando aún la situación. Paradójicamente, se encontraba en manos de Chema, forzado a manipular información delicada a cambio de eliminar su nombre de los únicos documentos en los que aún podría aparecer vinculado a la familia. «¡El puto don nadie este…!», gritó furioso.

De camino a casa pasó por delante de las oficinas del banco; se quedó mirando por la ventanilla cómo el edificio iba quedando atrás. Sin darse tiempo para pensar, accionó el intermitente y abandonó el Paseo de la Castellana por el lateral: haría el trabajo sucio de inmediato y llamaría a Chema a primera hora de la mañana.

Se detuvo delante de la puerta del aparcamiento para directivos. Cuando el sistema identificó la matrícula de su coche y le dio paso, entró a toda prisa y aparcó cruzado entre dos plazas.

Encendió su ordenador; introdujo los datos de Jordi en él; imprimió una copia del historial antes de modificarlo. En poco más de una hora consiguió eliminar el rastro de Chema según habían acordado e impreso una nueva copia actualizada.

Cerró la aplicación y respiró profundamente. Su corazón latía tan aprisa como si hubiese subido las veintiuna plantas a la carrera. «Necesito relajarme». Abrió el último cajón de su escritorio y sacó una bolsa de coca que guardaba bajo la libreta de contactos de la familia. «Esto me ayudará». Abrió el cierre de plástico, metió el dedo índice y sacó la yema empolvada de blanco. Un subidón familiar le recorrió el cuerpo con la inhalación. Volvió a hundir el dedo en la bolsa y esnifó un poco más. «Ya me siento mucho mejor», susurró en voz baja.

De pronto escuchó ruido detrás de la puerta, en el desierto pasillo en aquel día festivo; le pareció que alguien caminaba con pasos amortiguados. Levantó la vista y prestó atención, pero no oyó nada más. «¡Puta coca!», masculló para sí. Cerró la bolsa y la dejó sobre la mesa. En ese momento se abrió la puerta y Maya apareció al otro lado. Víctor se sobresaltó.

—¿Qué haces aquí? —preguntó extrañado.

—Eso mismo iba a preguntarte yo a ti. Pensaba que ya habíamos solucionado tu urgencia. —Atravesó el despacho y fue hasta su mesa—. Esta mañana me he dejado el móvil olvidado.

Maya se agachó para cogerlo y se fijó en la bolsita de coca.

—¿Y eso? —preguntó señalándola—. Creí que ya no consumías.

—Solo es algo puntual —se justificó Víctor.

—Ya… algo puntual…

—Eso es. Ni más, ni menos.

—Por supuesto, algo puntual. —Ella se encogió de hombros—. De todos modos, no es asunto mío.

Maya dio media vuelta y regresó sobre sus pasos. Víctor se quedó embobado con el movimiento de sus ceñidos vaqueros, perdido al calor del subidón en el atractivo caminar de su secretaria.

—¿Te apetece probar un poco? —bromeó.

Maya se giró hacia él antes de cruzar la puerta.

—No, muchas gracias.

………………….

La próxima semana: Capítulo 14.

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