Capítulo 11 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 11

Martes, 13 de agosto.

En un abrir y cerrar de ojos todo había cambiado para Chema.

Él y John se habían conocido diez años atrás en un distinguido bar de copas de Madrid. John, recién llegado de Londres, había empezado a frecuentarlo con la intención de hacer contactos; buscaba un socio capitalista para abrir un negocio de importación de productos británicos. Y durante semanas se sirvió de Chema, con quien terminó entablando amistad: el entonces camarero de aquel local le presentaba empresarios e inversores siempre que surgía la ocasión. Cada noche hablaban de la clientela compartiendo una cerveza en la barra mientras Chema le contaba quién era quién y los intereses que los movían. Sin embargo, ninguno de los empresarios con los que John llego a tener trato se mostró interesado en el negocio que les proponía. Una madrugada, compartiendo una de esas cervezas antes del cierre, y con el local ya casi vacío, Chema le propuso montar un negocio distinto: un club de lujo, exclusivo, donde empresarios, banqueros y políticos pudiesen hacer contactos envueltos por el cálido manto del vicio y la sensualidad. John sopesó la propuesta durante unos días, hasta que se convenció de la imposibilidad de llevar a cabo la empresa de importación que inicialmente se proponía, y finalmente aceptó. Se pusieron en marcha de inmediato: trazaron un plan de negocio, buscaron el local adecuado y consiguieron de un banco la financiación que precisaban. John invirtió todos sus ahorros en él, y Chema aportó también lo poco que tenía.

Desde el primer momento contaron con numerosos miembros gracias a los contactos de Chema. Y en poco más de un año, el Luna Llena se convirtió en el local de moda. Políticos, empresarios, banqueros e inversores se reunían allí con frecuencia; y rodeados de la complicidad que les proporcionaba ser partícipes furtivos de aquel secreto desconocido para sus familias, encontraban también hueco para entablar relaciones sociales. En aquel ecosistema favorable, los hombres más poderosos de la ciudad se desenvolvían con la agilidad necesaria para el emprendimiento de los más grandes y oscuros propósitos.

Una noche, cinco años atrás, el antecesor en el puesto de Esteban Mato, Federico Álvarez, les pidió permiso para reunirse en el despacho de la primera planta con un importante empresario que debía entregarle una suma de dinero. La excusa fue convincente: la entrega debía hacerse un sábado y no le convenía hacerlo en su despacho de la sede nacional del partido. La reunión se celebró, y Federico se dio cuenta entonces de las ventajas de hacer la recogida en el club, de no tener empresarios entrando y saliendo a diario del edificio del partido.

Ocasionalmente, John empezó a permitir que las entregas se realizaran en su despacho. Pero lo que comenzó como un favor a un miembro distinguido del club, no tardó en convertirse en rutina. Y tanta fue la confianza que los dueños del Luna Llena se ganaron por parte de Federico, que este comenzó a delegar las entregas en ellos. En poco tiempo John se convirtió en el recaudador, quien recogía las donaciones, y Chema en el mensajero, el que ingresaba el dinero en el banco, ambos a cambio de suculentas comisiones.

Pero Chema nunca perdió la perspectiva: se sentía feliz gobernando aquella nave que surcaba los mares de la opulencia y el desenfreno, un tipo importante que atendía a sus clientes con la mayor de las exquisiteces, el capitán que había levantado el Luna Llena con su esfuerzo y dedicación. Y ahora, de pronto, le parecía que todo iba a desmoronarse. La idea de que Sandra y Lucía tan solo fueran los primeros escombros de una inevitable demolición atormentaba sus pensamientos con la intensidad creciente de la paranoia.

Ese martes por la mañana Chema hizo lo habitual: sacó dos billetes de avión con destino Londres y se los dejó a John sobre la mesa. Después, cogió la recaudación de la caja fuerte que Adelardo les había entregado y salió a ingresarla en la cuenta del BKS Bank. Una hora más tarde, abandonó el banco con su cartera negra de piel bajo el brazo, ya vacía de billetes, y subió en su Audi Q7 dispuesto a regresar al Luna Llena para reorganizar las cosas. Nada más arrancar el motor le llegó un mensaje de Víctor:

Tenemos que vernos hoy, cuanto antes.

Chema adivinó que debía tratarse de algo importante: Víctor Samboal no se comunicaría con él de no ser así, de no estar John camino del aeropuerto. Resopló y contestó el mensaje frunciendo el ceño:

Voy hacia el club, nos vemos allí en media hora.

Cuando entró en el club dejó la puerta entornada. Subió las escaleras y fue directamente al despacho de John. Todo estaba tal y como lo había dejado a primera hora de la mañana salvo por la ausencia de los billetes de avión. Dejó la cartera de piel sobre la mesa y se sentó a esperar.

Víctor no tardó en aparecer.

—¿Has ingresado el pico que faltaba en la cuenta de Lucía?

—Sí. He recibido tu mensaje justo cuando salía del banco.

—Bien. Escribiré a John para que me facilite el número de la nueva cuenta de Sandra.

—La abrirá mañana; el primer vuelo disponible salía a las dos de la tarde.

—No hay problema. —Víctor entrelazó los dedos de las manos, un gesto en el que Chema reconoció su habitual suficiencia. Sin embargo, el encargado se vio sorprendido por sus palabras—. Perdona por lo de Sandra, sé lo importante que era para el club.

—Sandra y Lucía, no lo olvides —repuso con un punto de reproche—. En una semana me has quitado a mis dos mejores chicas.

—Meter a Lucía en el negocio fue cosa de John, yo no he tenido nada que ver.

—Lo sé, pero de todos modos ella lo hubiera dejado. John me contó tu lío con ella.

—Bueno, eso no estaba en mis planes, surgió así. Además, ella no te pertenece, ni a ti ni al club; tiene derecho a tomar las decisiones que considere oportunas.

Chema se encogió de hombros haciendo un ejercicio de contrición:

—Supongo que son cosas que pasan, ya me las arreglaré.

—Estoy seguro de que así será. Pero vayamos a lo importante. —Víctor apoyó las manos aún entrelazadas sobre la mesa—. Me ha llamado Esteban a primera hora. Mañana esperamos una nueva entrega y deberás gestionarla tú solo.

—Claro, ¿cuánto esta vez?

—Quinientos mil.

—¿Quinientos… de una sola vez?

—No te preocupes por la cantidad, en cuanto lo tengas irás directamente al banco y lo ingresarás. Adelardo se pondrá en contacto contigo.

—Estaré pendiente.

—Perfecto. Si te surge cualquier problema me llamas a mí directamente.

Cuando Víctor desapareció de su vista, la imagen de la demolición del club volvió a sobrevolar sus pensamientos.

 

John recogió a media mañana los billetes de avión, bajó aprisa la escalera y salió a la calle. Allí aguardaba, aparcado en segunda fila y con el motor aún caliente, el CLK, siempre a punto para salir zumbando. Subió en él y puso rumbo al aeropuerto de Barajas. Por el camino recapacitó acerca de lo que estaba sucediendo: «¿Cómo cojones he terminado yendo a Londres con Sandra?», se preguntó estrujando el cuero del volante. Aún no daba crédito a los vaivenes de los últimos días.

Estacionó el CLK en el aparcamiento de larga estancia del aeropuerto, agarró su pequeña maleta de ruedas y caminó tirando de ella hacia la terminal. Nada más entrar por la puerta se encontró con Sandra, que le esperaba de pie con el equipaje a un lado y el bolso colgado del hombro. Se acercó a ella. Sandra se colocó las gafas de sol a modo de diadema para apartarse el pelo de la cara y dejó a la vista un rostro inusualmente lánguido en el que John creyó ver un gran desasosiego.

—¿Estás lista? —preguntó mirándola de arriba abajo.

—Lista —asintió ella.

Tramitaron los billetes y continuaron hacia la puerta de embarque; el vuelo IB3170 con destino Londres aparecía programado en los paneles luminosos a las 14:05. Recorrieron los interminables pasillos de la terminal sin decir ni una sola palabra; en realidad, no sabían muy bien de qué hablar: hasta el día anterior su relación se había limitado a la de jefe y empleada, siempre dentro del club.

En la puerta de embarque no había cola, el último pasajero entraba en el túnel de acceso al avión en ese momento. La azafata de tierra les recibió con una sonrisa y la mano extendida para examinar su documentación.

—Buenas tardes, mi nombre es Patricia —dijo muy amable.

—Buenas tardes —contestaron al unísono.

La empleada comprobó las tarjetas de embarque y los carnés.

—Aquí tienen. Que tengan un buen vuelo.

John comenzó a sudar.

Recorrieron parte del avión y ocuparon dos asientos contiguos. John pasó primero, hasta la ventanilla, mirada al frente y sin saber aún qué decir. Sandra decidió terminar con aquel incómodo silencio:

—Siento haberos dejado colgados en el club. —Le miró por primera vez a los ojos desde que se encontraran en la puerta de la terminal.

—No importa, Chema no tardará en reemplazarte.

Sandra se percató de que le temblaba el labio inferior al hablar.

—Ha sido todo un poco precipitado. Lo siento de veras —insistió.

—Víctor lo ha decidido así, y me parece bien.

—Me alegra oírte decir eso. Desde que acepté este… esto, no he pensado en otra cosa.

El avión se puso en marcha, y el movimiento, cual terremoto, reabrió la brecha de silencio entre ambos. Una voz femenina les pidió por megafonía que se abrochasen los cinturones: él lo hizo tembloroso, y ella comprendió el motivo del trémulo oscilar de su labio.

John mantuvo la cara pegada a la ventanilla mientras avanzaban; observaba muy atento cómo se alejaban poco a poco de la terminal y se adentraban en un sinfín de pistas de servicio llenas de líneas, números y símbolos pintados en el asfalto. Poco después, el gigantesco 36L que señalizaba la cabecera de la pista de despegue apareció a lo lejos. Una gota de sudor frío resbaló por la frente del inglés.

En el último giro del avión, los cuatro mil metros de luces que señalaban el camino hacia el cielo le deslumbraron. Y cuando el piloto anunció por megafonía la confirmación del permiso para despegar, John observó por la ventanilla los flaps del ala que tenía a la vista: «Están desplegados», se dijo tratando de templar ánimos. El ronroneo suave de los motores se convirtió entonces en un zumbido que hizo vibrar todo el aparato. El Airbus A320 avanzó cogiendo velocidad a lo largo de la interminable línea de luces. John cerró los ojos y se encomendó al destino. Instantes después, la vertiginosa elevación le encogió el estómago; el ruido del roce de los neumáticos sobre el asfalto desapareció. Se asomó de nuevo por la ventanilla y comprobó que estaban ganando altura rápidamente. Cuando escuchó el sonido del tren de aterrizaje haciendo tope en su mecanismo tomó conciencia de que habían despegado sin problemas, como siempre.

John pasó todo el trayecto concentrado en la música que emitían sus auriculares y sin atreverse a asomarse a la ventanilla: a través de ella tan solo se veía una espesa cortina de nubes que ocultaba miles de metros de terrorífica caída libre, un vacío que no lograba apartar de sus pensamientos. Sandra, ajena a sus miedos, se había dormido acoplada en el asiento poco después de despegar.

En el último viraje el piloto escoró tanto el avión que John pudo ver claramente el paisaje que tenía debajo; volvió a encogérsele el estómago. La azafata anunció la inminencia del aterrizaje por megafonía e indicó que debían abrocharse los cinturones. John despertó a Sandra zarandeándola por el hombro con delicadeza y procedieron con las instrucciones: ella tranquila, él temblando de nuevo.

El viento fuerte de costado obligaba al piloto a corregir constantemente la trayectoria hacia la pista; los motores rugían por momentos para controlar la velocidad de descenso; el movimiento de lado a lado y de arriba debajo de la aeronave terminó de acongojar al inglés. El morro de la aeronave se elevó y las luces de la pista comenzaron a pasar rápidamente al otro lado de la ventanilla; las ruedas chirriaron contra el asfalto; los motores, a toda potencia en reversa, deceleraron bruscamente el avión: habían aterrizado sin problemas, como siempre.

John bajó del avión dando gracias una vez más por estar vivo; caminó por la terminal limpiándose el sudor de la frente. Sandra le seguía de cerca mirando en todas direcciones, observando aquel lugar en el que jamás había estado y de cuyos letreros no entendía una sola palabra. En la zona de recogida de equipajes esperaron juntos un buen rato de brazos cruzados. Cuando recuperaron las maletas de la cinta transportadora, abandonaron el aeropuerto londinense de Heathrow en el primer taxi libre que encontraron.

A Sandra se le hizo muy largo el trayecto hasta el hotel: circular por el carril izquierdo en un vehículo con el volante situado a la derecha le hacía sentir una gran inseguridad, y se preguntó por qué los ingleses se empeñaban en llevar la contraria a toda Europa, y por extensión a la mayoría del mundo, en cuestiones tan simples como las normas de tráfico. Miró al cielo, totalmente encapotado, y empezó a sentir nostalgia de Madrid.

Se detuvieron en Oxford Street. Y tras una breve conversación entre John y el conductor, de la que Sandra no entendió nada, bajaron del taxi.

Entraron en el recibidor del hotel y fueron directamente al mostrador de recepción arrastrando las maletas. Al otro lado se encontraban un par de empleadas uniformadas. Una de ellas mantuvo una conversación con John a la que Sandra ya no prestó atención. La empleada comprobó las documentaciones, firmaron el ingreso y recogieron las llaves de las habitaciones que tenían reservadas.

—Sígueme, es por aquí —dijo John girándose hacia ella.

Se dirigieron a los ascensores; subieron en el primero que abrió las puertas. El espeso silencio que les había acompañado durante el viaje pareció multiplicarse dentro de la cabina.

—Un hotel muy lujoso —comentó Sandra mirando su reflejo en el espejo que ocupaba una de las paredes.

—Suelo alojarme aquí siempre que vengo. —John sonrió por fin. Ambos se relajaron un poco.

—Me gusta —repuso ella devolviéndole la sonrisa.

El ascensor se detuvo en la séptima planta. Agarraron las maletas y salieron a un pasillo flanqueado por un montón de puertas en toda su longitud, y cubierto de una esponjosa moqueta sobre la que los pasos quedaban amortiguados. Sandra imaginó que el silencio debía de ser una de las exigencias de los distinguidos clientes que probablemente se alojarían tras aquellas puertas.

John se detuvo casi al final, entre dos habitaciones.

—Son estas, la 712 para mí y la 713 para ti. Acomódate y descansa. Pasaré a buscarte a las siete y media para cenar. —El inglés sonrió de nuevo, y esta vez su sonrisa fue más amplia, más sincera aún; el club quedaba lejos de allí tanto en la distancia como en sus pensamientos, y empezaba a verla de otro modo.

—No creo que coma nada hoy, los viajes me quitan el apetito.

—Como quieras —repuso John con amabilidad—. De todos modos, nos veremos a esa hora y comentamos el plan para mañana. Podemos bajar al bar.

Sandra salió del baño con el pelo todavía húmedo, envuelta en un albornoz blanco con el emblema del hotel en el pecho. Miró su maleta, aún sin deshacer, y se preguntó cómo había acabado en aquel hotel de Londres con John, que moraba al otro lado de la pared, como única brújula y referencia. Le apreciaba, siempre lo había hecho, y confiaba en él; pero a medida que avanzaba la tarde, conforme pasaban las horas en aquella solitaria habitación de una ciudad extraña, se sentía más y más sola.

Giró trescientos sesenta grados observando a su alrededor. Fuera, tras la ventana que daba a Oxford Street, el día comenzaba a retirarse bajo el triste y persistente cielo encapotado. Suspiró añorando de nuevo Madrid. En ese momento, él llamó a la puerta. Se ajustó el cinturón del albornoz y le abrió. Cuando le vio de pie, vestido con traje de chaqueta y aire informal, se sintió reconfortada.

—¿Cómo anda tu apetito? —preguntó.

—Nada de nada —contestó ella meneando la cabeza.

—La verdad es que yo tampoco tengo hambre.

—Pues si no te importa, hablemos mejor aquí. Mañana me sentiré mejor. —Sandra se apartó invitándole a entrar. John dejó la chaqueta sobre el respaldo de una silla y se sentaron en el borde de la cama.

—Por la mañana iremos al banco que hay cruzando la calle para abrir tu cuenta —comenzó a explicarle John—. ¿Sabes algo de inglés? —Sandra negó con la cabeza—. Está bien, yo hablaré por ti, como si fueras mi esposa española. Iré traduciéndote la conversación para que entiendas todo lo que hablamos, aunque no hay nada de interés: solamente tendrás que firmar algunos documentos.

—Parece fácil.

—Nada que no hayas hecho antes, solo que esta vez en un banco británico; no hay nada fuera de lo normal.

Sandra le observó durante unos segundos. Los ojos azules de John le transmitieron seguridad en aquel entorno tan desconocido para ella, en aquellos negocios tan extraños en los que había aceptado participar alentada por lo mucho que iba a ganar. Apoyó la mano sobre la de él buscando inconscientemente el calor de un cuerpo familiar y suspiró.

—Llevo toda la tarde pensando en cómo me he metido en esto. No es que me arrepienta, pero siento cierto vértigo. 

—Por dinero, como todos. —John la miraba también a los ojos, y se afianzó a su mano también en un gesto inconsciente. Sonrió nervioso—. Tranquila, el vértigo pasará con el tiempo; a todos nos ha pasado al principio.

A Sandra le vinieron a la mente Lucía y Víctor. Entonces se preguntó la razón por la que el consejero delegado del BKS Bank andaría metido en aquel entramado de corrupción. 

—¿Víctor también lo hace por dinero? —preguntó apartando la mano para retirarse el pelo de la cara.

John se mantuvo pensativo unos instantes, como si buscase la respuesta a la pregunta en algún lugar recóndito de su mente en el que no le apetecía hurgar en esos momentos.

—Víctor no necesita dinero, sus motivos son otros —dijo finalmente—: Víctor quiere poder. El banco que dirige necesita tener controlado al Gobierno para influir en sus decisiones, para que las leyes se ajusten a sus intereses. Y qué mejor manera de lograrlo que participar en su financiación.

—Ya entiendo…

—Aunque también saca una buena tajada: hacer el trabajo sucio siempre tiene sus beneficios.

El móvil de John vibró dentro de su chaqueta. Se acercó a la silla donde la había colgado y metió la mano en el bolsillo interior. Al sacarlo, una bolsita transparente cayó al suelo sin que se diese cuenta. Desbloqueó el teléfono y leyó el mensaje.

—Aquí lo tenemos —comentó—. Víctor me confirma que el dinero ya está en la cuenta de Lucía. Mañana le enviaré los datos de la tuya para que pueda transferirlo.

Sandra se agachó a los pies de la silla mientras él hablaba; aquella bolsita y su blanco contenido le eran muy familiares. La recogió y la puso sobre la cama. John se quedó mirándola como un niño al que han pillado haciendo una travesura.

—Perdona —se disculpó—. La llevo siempre conmigo cuando viajo; en parte me ayuda a soportar la tensión del vuelo.

—¿Por qué te da tanto miedo volar? Pensé que te iba a dar un síncope en el avión.

—Si el hombre estuviese destinado a surcar los cielos, la naturaleza le habría dotado de alas —respondió John gesticulando con las manos la evidencia de sus palabras.

Sandra estuvo a punto de echarse a reír, pero se contuvo.

—Y si necesitásemos correr a toda velocidad nos habría dado las patas de un guepardo, y sin embargo, hemos inventado los coches. —Bajó la mirada a la bolsita; pensó que aquel polvo blanco también podría ayudarla a ella a soportar la tensión de las circunstancias. Alargó la mano y la acarició con las yemas de los dedos—. Quizá no me vendría mal tomar un poco —dijo devolviendo la vista hacia los ojos azules de John—. Si tú me invitas, claro.

La expresión del niño travieso que espera ser reprimido desapareció del rostro de John; regresó el hombre cordial y seguro de sí mismo que hasta hacía unos minutos había sido.

—Claro. Claro que te invito —respondió sin apartar la mirada de ella.

John fue al baño y regresó con un espejo de mano; lo dejó sobre la cama; alineó dos rayas paralelas con una tarjeta de crédito. Luego enrolló un billete de veinte libras que sacó de su cartera hasta convertirlo en un delgado cilindro. Se lo ofreció a Sandra:

—¿Quieres empezar tú? Es de primera.

—Vale.

Sandra se agachó sobre el espejo y esnifó media raya. Mientras lo hacía, John posó la mirada en el hueco que en su albornoz había abierto el movimiento. Sandra levantó después la cabeza hacia el techo, respiró profundamente y volvió a agacharse para tomar el resto. Luego le devolvió el billete a John.

—Muy buena —corroboró. Se frotó la nariz con el dorso de la mano para aliviar el picor producido por la fricción del polvo.

John esnifó la suya con una única inhalación. Al alzar la cabeza se frotó también la nariz.

—Me la consigue Adelardo. Siempre que le llega la mejor calidad me reserva unos gramos.

Sandra recordó la última vez que Adelardo la había invitado, la escena con Lucía en el baño del camerino y cuando tuvo que acompañarla a casa. Prefirió no comentar nada al respecto para no distorsionar el momento de placer que le había dejado la coca después de atravesarle la nariz a toda velocidad. En su lugar, se acercó un poco más a John recolocándose el albornoz.

—Gracias por ser tan atento conmigo, me siento bastante perdida. Aunque has estado un poco frío todo el día.

—Lo siento, yo… —John sintió un repentino hormigueo recorrerle el cuerpo por la cercanía de Sandra, cuyo muslo oprimía el suyo a través de la esponjosa tela del albornoz—. Supongo que siempre he visto a las chicas del club como empleadas, ya sabes, manteniendo las distancias. Y supongo que también me he sentido fuera de lugar contigo en el aeropuerto, en el avión, en el taxi…, en mi país.

—Bueno. Ahora que las circunstancias han cambiado no tiene demasiado sentido mantener esa distancia. —Sandra le dedicó una dulce sonrisa. Él agachó la mirada, ruborizado:

—Han cambiado, ciertamente. —Esparció un poco más de coca sobre el espejo y trazó dos nuevas rayas con la tarjeta—. Y mucho.

Repitieron la operación, primero ella y después él, hasta que la superficie de cristal quedó completamente limpia. Los ojos les brillaban bajo la luz amarillenta de la habitación, y en sus caras se reflejaba el ambiente de intimidad que comenzaba a crearse al calor de la coca. 

Sandra arrimó un poco más el torso hacia él con distraída intención, atraída por el hombre dulce y amable que empezaba a descubrir tras la fachada sobria del dueño del Luna Llena:

—Me alegro de estar aquí, ahora, contigo —susurró tan cerca de su oído que John pudo sentir su aliento. 

—Yo también me alegro —musitó. Al hablar, el labio inferior le tembló tanto como en el aeropuerto antes de despegar.

Sandra se acercó un poco más, ya sin disimulo en sus impulsivas intenciones.

—Siempre pareces tan serio y, sin embargo, ahora… —susurró de nuevo.

A John le pareció que el hormigueo que sentía por todo el cuerpo iba a hacer temblar el colchón.

—Mi vida es complicada; creo que cada día que pasa lo es un poco más —alcanzó a decir.

Sandra entornó los ojos; le acarició la barbilla, le atrajo hacia sí tirando de ella con delicadeza. El movimiento de su brazo hizo que el cinturón del albornoz se aflojase, pero no le importó. 

—Las cosas son tan complicadas como queramos verlas —dijo en voz baja—. Mi abuela solía decir que la felicidad no es más que una actitud ante la vida.

Sandra le besó, lenta y suavemente primero, con pasión desenfrenada después. Se subió a horcajadas sobre él, y el arrebato del momento dio con el espejo, la bolsita de coca y el billete de veinte libras enrollado en el suelo. Luego terminó de aflojarse el albornoz; John lo aparto a los lados, acarició sus muslos tímidamente, su cintura, sus pechos, y lo dejó caer también al suelo. Sandra le desabrochó los botones de la camisa uno a uno, y tras cada botón desabrochado dejó un beso húmedo en su pecho. Cuando desabrochó el último, le tendió sobre la cama. John contempló su cuerpo firme, fibroso, sinuoso y embriagado; la miró a los ojos:

—¿Estás segura de que quieres…?

—Aha…

Oh! My god

Después del trago del fin de semana, en el que se había visto arrastrado a meter a Lucía en los oscuros negocios de la familia, Víctor se sentía todo lo satisfecho que podía estar dadas las circunstancias. La preocupación acerca de cómo afectaría aquello a su relación con ella se había desvanecido.

Entró en casa y caminó hasta el salón siguiendo la estela de música que procedía de allí. La puerta del jardín estaba abierta; la mesa, puesta sobre el césped que rodeaba la piscina. Empezaba a anochecer.

—¡Ya estás aquí! —exclamó Lucía desde el centro de la piscina.

—Ha sido un día muy largo. —Víctor se quitó la chaqueta, se sentó a la mesa y sirvió vino en las copas.

Lucía salió de la piscina trepando por la escalerilla. El agua chorreaba a lo largo de todo su cuerpo. Víctor posó la mirada en su figura, contenida en un minúsculo bikini que apenas dejaba nada a la imaginación; agarró una toalla que ella había dejado tirada en el césped y la envolvió en ella.

—Hoy Chema te ha ingresado setenta y cinco mil.

—Imagino que mañana harás la transferencia a Londres —respondió Lucía con indiferencia.

—Creo que sí; aún tiene que hacer otro ingreso.

—¿Cuánto?

—Quinientos mil.

—¡Joder! Eso es mucha pasta.

—El mes de agosto es muy propicio para mover grandes cantidades —repuso Víctor con naturalidad.

Lucía dio un trago de vino. Terminó de secarse. Le besó en los labios y se sentó a la mesa frente a él.

—Si todo ese dinero fuera realmente mío, sería rica. —Un punto de malicia asomó a su rostro.

—Y legalmente lo será. Una vez ingresado en tu cuenta no se puede mover sin tu autorización.

—Pero tú lo haces, lo mueves por mí.

—Puedo hacerlo por mi posición dentro del banco y porque tengo tus claves, pero legalmente es tuyo. —Víctor le hizo un guiño y esbozó un mohín de complicidad.

Lucía se quedó pensando por unos instantes qué haría con esa suma si realmente le perteneciese. Después, volvió a la realidad. Se deshizo de la toalla y comenzó a servir la cena.

—¡Qué tentador! Podría quedármelo y huir lejos de aquí —bromeó.

Víctor la miró de reojo censurando graciosamente el comentario.

—Pues nos meterías en un buen lío a mí y a John, somos los responsables. Pero sobre todo a él.

—¿Por qué a él?

—Al fin y al cabo, fue John quien te propuso como depositaria; Esteban se le echaría encima.

Lucía dejó el cucharón con el que servía la cena suspendido en el aire:

—No me habías contado ese pequeño detalle. —Le miró con el ceño fruncido, a la espera de una explicación.

Víctor se dio cuenta de que había hablado demasiado; el cansancio del día y el devenir de la conversación le habían hecho perder la noción de lo que debía decir y lo que debía callar. Pero ya no había marcha atrás, ya no tenía más salida que explicarse, y comenzó a hacerlo con voz queda:

—John pensó en ti cuando le hablé acerca de nuestra relación. Lo soltó sin consultarlo conmigo en una reunión que tuvimos el viernes siguiente con Esteban. John sabía que tarde o temprano acabarías dejando el club y, tal vez, conociendo información delicada. Expuso que la mejor manera de asegurar tu confidencialidad era implicándote. La conversación se tensó de tal modo que no pude negarme. —Víctor la miró con la cabeza gacha y expresión de culpabilidad—. Debí decírtelo antes de nada, pero tenía miedo de que te asustaras de las implicaciones que conllevaban estar conmigo: unas implicaciones que yo no había calculado.

Lucía escuchó las explicaciones sin decir nada. Se sentía ninguneada, engañada, guiada de nuevo hacia un destino que no había elegido: aquello no había sido casual, una oportunidad de ganar dinero como Víctor le había expuesto, sino una maniobra para cubrir algunas espaldas. Cruzó los brazos en el regazo y le miró enojada. Los ojos de Víctor, fijos en ella, pedían perdón en silencio, con sinceridad.

—Da igual —dijo al fin resignada—. Sea cual sea la razón, ya está hecho. —Le acarició la mejilla; le hizo levantar la cara—. Te quiero, y eso está por encima de cualquier cosa. Pero de ahora en adelante no quiero que vuelvas a ocultarme nada.

—No lo haré. Te lo prometo.

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La próxima semana: Capítulo 12.

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