Capítulo 10 de ABRIÓ LOS OJOS

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS – AURE GONZÁLEZ

CAPÍTULO 10

Lunes, 12 de agosto.

Víctor llegó al banco con gesto triunfal. Por un lado había logrado minimizar la implicación de Lucía, que no tuviese que salir del país al antojo y necesidades de la familia; por otro, iba a asestarle a John el golpe que tanto ansiaba al sacar a Sandra del club convertida en la identidad que viajaría con él de Madrid a Londres y Ginebra.

Al pasar junto a la mesa de su secretaria se detuvo con aire jovial.

—Buenos días, Maya. ¡Qué guapa estás hoy!

—Vaya, gracias —respondió Maya sorprendida. Observó con ojos curiosos el inusual estado de alborozo de su jefe—. Pareces muy contento, ¿ya has aprendido a manejar tu móvil? —preguntó en tono jocoso.

—Sí, ya he encontrado quién me lo explique —sonrió.

Maya ladeó la cabeza esbozando un gesto inquisitivo.

—Eso me suena a que el señor Samboal por fin tiene un ligue…

—Bueno… dejémoslo en que estoy aprendiendo a manejar el móvil —dijo ruborizado―. No seas indiscreta.

—Vale, vale —replicó Maya con desdén—. Dejaré de especular con tu vida privada.

Víctor desvió la conversación.

—He quedado ahora con John y Esteban. Hazles pasar a mi despacho en cuanto lleguen.

Maya abrió la agenda de Víctor en el ordenador y miró las citas del día.

—Perdona —dijo extrañada—, no lo tenía reflejado. Si me has dejado una nota por alguna parte, no la he visto.

—Nada de eso; les he llamado cuando venía de camino hacia aquí.

—Entonces lo anotaré ahora mismo. —Maya comenzó a teclear en el ordenador.

—Gracias. Eres un sol. —Víctor se dirigió hacia su despacho canturreando—. Ya te contaré algún día los detalles de mis avances con el móvil.

Maya apartó la vista del monitor y le observó intrigada.

—Estoy deseando escucharlos… —murmuró.

Víctor se sentó frente a su ordenador, introdujo su clave de acceso y abrió una cuenta bancaria a nombre de Lucía. Luego le envió un mensaje para pedirle que pasase a firmar la documentación a lo largo de la mañana.

Minutos después, Maya tocó a la puerta y asomó la cabeza.

—El señor Mato y el señor Morgan han llegado.

—Que pasen, por favor.

John y Esteban entraron, cerraron la puerta. El primero se presentó con las manos en los bolsillos y actitud resuelta; el segundo apareció con gesto serio, portafolios en mano. Ambos recorrieron la distancia que les separaba del escritorio de Víctor y se sentaron frente a él.

—Dime que tienes buenas noticias —dijo Esteban.

—Está todo resuelto.

—Entonces Lucía será nuestro nuevo depositario —confirmó Esteban.

—Así es: Lucía… y alguien más.

—¿Alguien más?, ¿por qué alguien más? —preguntó John con acento desconfiado.

—Lucía será titular de la cuenta inicial en el BKS —comenzó a explicarse Víctor—. Sin embargo, considero que es más seguro que haya un segundo depositario en Londres y en Ginebra; últimamente las cosas están un poco revueltas y cuanto más cambie el dinero de manos, mejor.

—Me parece una buena idea —apuntó Esteban.

—De acuerdo. ¿De quién se trata? —preguntó John intrigado.

—Sandra Cervera.

—¿Sandra? —espetó John boquiabierto.

—¿Quién demonios es Sandra Cervera? —inquirió Esteban.

—Es otra empleada del club, amiga íntima de Lucía y de total confianza suya y mía.

—Pues no estoy de acuerdo —protestó John—. Sandra es imprescindible en el Luna Llena; si la metemos en esto tendrá que abandonarlo también.

Víctor le lanzó una mirada de reproche.

—He conseguido dos personas adecuadas para el trabajo. Una de ellas fue sugerencia tuya —argumentó—, si la otra no te sirve, busca tú a alguien en quien podamos confiar —concluyó desafiante.

Esteban miró a John esperando una respuesta. La idea de tener dos testaferros en lugar de uno se le antojaba perfecta, y empezaba a estar cansado de las disputas que se traían entre los dos.

John permaneció callado.

—Bien, ¿conoces a alguien o no?

—No.

—Pues entonces dejemos de poner trabas: lo hará ella. Búscate otra chica para el club. Primero están las necesidades de la familia y después lo demás —repuso Esteban con gran irritación.

El rostro de Víctor se llenó de satisfacción.

—No hay problema, la sustituiré —aceptó el inglés resignado—. Lo primero es lo primero.

—Asunto zanjado entonces.

Esteban pareció relajarse. Víctor prosiguió con la exposición:

—Acabo de abrir la cuenta del BKS a nombre de Lucía. En una hora pasará a firmar la documentación y Chema podrá empezar a ingresarle dinero. Cuando esté lista la cuenta de Sandra en Londres haré el traspaso.

Esteban se dirigió a John:

—Viajarás con ella mañana mismo, y en cuanto esté hecho volaréis a Ginebra. En cuanto a lo que hay a nombre de Jordi en Londres, de momento se quedará como está; no moveremos nada hasta ver cómo se desarrollan los acontecimientos en los próximos días.

—De acuerdo, esta misma tarde hablaré con Sandra para preparar el viaje —dijo John sumiso.

—Bien. Entonces queda todo organizado. —Víctor dio la reunión por finalizada y se levantó para despedirlos—. Estaremos en contacto.

Esteban se marchó de la reunión satisfecho. Víctor le había conseguido dos eslabones nuevos para la cadena y eso les proporcionaría mayor seguridad. Tan solo una cosa le preocupaba, y es que no estaba seguro de si Víctor sabía lo que hacía con respecto a esas chicas. En cualquier caso, pensó, debía confiar en él; Víctor siempre solucionaba esas cosas.

Subió en el coche oficial, que le conduciría rumbo a su próximo destino: la sede nacional del partido. Allí le esperaba otra reunión, esta vez con el jefe de la familia, presidente nacional del partido y también presidente del Gobierno de la nación: Manuel Roy.

El chófer paró en la puerta principal. Esteban bajó del coche con el portafolios amarrado firmemente y entró en el edificio.

Aquella mañana de agosto no había demasiado movimiento en la sede. Cruzó el vestíbulo con paso ligero y tomó el ascensor hasta la séptima planta. Allí saludó a la secretaria del jefe, una mujer que sobrepasaba la cincuentena, elegante en el vestir, educada en las formas, y con la cara deslumbrantemente maquillada, según su parecer, como si el mismísimo Sorolla hubiese arrastrado sus pinceles por toda ella.

—Buenos días, Ana Belén.

—Hola, Esteban. Enseguida aviso a don Manuel.

Ana Belén levantó el teléfono para comunicar la visita. Después de una breve conversación se dirigió a él altanera:

—Puedes pasar.

El despacho de Manuel Roy era muy distinto al suyo: mucho más grande, luminoso y, sobre todo, carente de libros; el único papel impreso que había a la vista era el periódico deportivo del día. Esteban cerró cuidadosamente la puerta. Al girarse, le vio pensativo bajo el gran ventanal que ocupaba casi toda la pared exterior, dándole la espalda. 

—Ya está solucionado —anunció tomando asiento.

—Un problema menos… —Manuel se sentó frente a él, al otro lado de la mesa. Se acariciaba la barba canosa, inquieto, y mantenía la cabeza gacha—. La investigación sobre Jordi me tiene preocupado.

—De momento, no moveremos el dinero de Londres.

—Bien. Debemos ser cautos. —Alzó la mirada hacia Esteban—. Va a llegar una recaudación importante el próximo miércoles.

—Cuánto.

—Quinientos mil.

—¡Joder! —exclamó Esteban bajando la voz.

—Con la crisis hay poco que repartir; las empresas están dispuestas a pagar mucho por los contratos.

—Pues bendita crisis.

—Estos vientos soplan a nuestro favor; cuanto peor están las cosas mejor nos va a nosotros —dijo murmurando sus pensamientos—. Las crisis del capitalismo no hacen sino aumentar las desigualdades: los pobres, más pobres, y los ricos, más ricos. —Una sonrisa gran sonrisa falsa, depredadora, inundó su rostro dejando al descubierto las dos filas de dientes amarillentos—. Nosotros no lo inventamos, alegrémonos de estar donde estamos.

Manuel abrió un cajón de su escritorio. Sacó una caja de habanos y encendió uno de ellos. El humo con aroma a trópico se extendió por el despacho. 

—Somos unos privilegiados —continuó exhalando la primera calada—. Mantenme informado de cualquier novedad que se produzca.

—Por supuesto. Ya sabes que siempre lo hago.

Esteban abrió su portafolios de cuero y sacó un cuadernillo del interior. Desabrochó la goma que lo cerraba y lo puso sobre la mesa; todos los movimientos de la caja B estaban puntualmente reflejados en él. Pasó luego las páginas hasta llegar a la última que estaba escrita, donde anotó los quinientos mil. Devolvió el cuadernillo al portafolios y se despidió del jefe.

Al pasar junto a Ana Belén la observó de reojo como quien no puede desviar la mirada de un viejo cuadro desagradable; ella, altiva, fingió no verle pasar. Tomó el ascensor y bajó hasta su despacho.

 

John llegó al Luna Llena pasado el mediodía; la baja de Sandra era algo delicado, pues últimamente era ella quien se hacía cargo de la organización en ausencia del encargado, y quería comunicárselo en persona.

Martín estaba solo en el bar, cacharreaba detrás de la barra rellenando cámaras y reponiendo botellas de licor. Se volvió hacia él al escuchar pasos.

—¿Quieres tomar algo?

—No, gracias. Estoy buscando a Chema; ¿anda por aquí?

—Ha llegado hace diez minutos. Está con los electricistas: la puñetera bola luminosa nueva no deja de dar problemas.

John bajó los peldaños que accedían a la sala principal. Encontró al encargado mirando cruzado de brazos, desde la distancia, lo que hacían dos tipos vestidos con monos azules y subidos a una escalera de tijera. Se acercó a él.

—Ven a mi despacho, tengo que contarte novedades.

—Subo enseguida —respondió Chema con acento cabreado y señalando a los profesionales—. No quiero que se vayan hasta que hayamos probado la puta bola.

John volvió sobre sus pasos, cruzó el club hasta el recibidor y subió por las escaleras a la planta de arriba.

Minutos después, Chema apareció con cara de perro de presa. Se sentó frente a él.

—Perdona. La bola nueva no ha dejado de darme quebraderos de cabeza desde el viernes.

John movió la mano entre los dos como si tratase de espantar una mosca molesta.

—Ese es el menor de nuestros problemas.

Chema demudó el gesto al escuchar esa frase:

—Cuéntame.

—Lucía únicamente va a ser titular de la cuenta del BKS.

—¿Y las demás?

—Estarán a nombre de Sandra.

—¡¿Cómo?! —La cara del encargado se iluminó como la bola de la sala principal un sábado en plena noche.

—Ha sido cosa de Víctor, y a Esteban le ha parecido bien. No he podido hacer nada para impedirlo —intentó tranquilizarle.

—¡Ahora sí que me han jodido bien!

—Las cosas son así. Aquí mandan ellos.

—¡Pues estoy hasta los huevos de que me mangoneen!

—Cálmate, es lo que hay. O aceptas las reglas de juego o…

—¡O ¿qué?!

—O sales del juego.

Chema se sintió abatido de pronto por las circunstancias.

—Supongo que no me queda más remedio que asumirlo —dijo agachando la mirada.

—Exacto. Recuerda que gracias a ellos ganamos mucho dinero. Y sin ellos ya no seríamos nada, podrían hundirnos.

—No se me olvida, pero estamos perdiendo el control de nuestro propio negocio, y eso no me gusta nada.

—Pues que no se te olvide tampoco que el socio mayoritario soy yo.

—Aun así, tengo derecho a estar cabreado.

—Lo tienes, pero será mejor para todos que vayas aparcando esos humos. Mañana por la mañana irás a ingresar los setenta y cinco mil en la cuenta de Lucía.

La cara de Chema se hinchó como la bola al escuchar de nuevo el nombre de la que había sido su mejor chica en los últimos tiempos.

—De acuerdo. Si eso es todo, me voy a supervisar a los inútiles de los electricistas.

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La próxima semana: Capítulo 11

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