Capítulo 9 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

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– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS – AURE GONZÁLEZ

CAPÍTULO 9

Viernes 9 y sábado 10 de agosto.

El primer pensamiento de John al despertar fue para la reunión que tenía a las once en casa de Esteban; el segundo, para la relación que mantenían Víctor y Lucía. Fue a la cocina y preparó café dándole vueltas a todo al mismo tiempo. Las ideas hirvieron en su cabeza como el agua en el depósito de la cafetera, y al igual que el agua a presión buscaba una escapatoria, su mente trató de hallar una salida para aquella anómala situación.

Terminó el café y salió de casa apresuradamente. El CLK le esperaba en la puerta, brillante. Subió en él, arrancó el motor y plegó la capota con un único pensamiento rondándole la cabeza: Víctor.

Esteban vivía en un lujoso bloque de viviendas, en una de las calles céntricas más caras de Madrid. John vio el BMW de Víctor frente al portal. Aparcó detrás de él y subió hasta la última planta, donde se ubicaba el ático en el que habría de producirse la reunión. Caminó por el pasillo repleto de interrogantes, aunque estaba decidido a exponer cuanto tenía que decir. Esteban abrió la puerta antes de que llamase al timbre.

—Pasa; Víctor acaba de llegar —dijo con su habitual tono serio y formal.

John le siguió a través de la casa hasta su despacho, amplio y luminoso. Junto a un gran ventanal había una mesa rectangular con un cómodo sillón giratorio detrás; estanterías repletas de libros y archivadores llenaban las paredes laterales, todo meticulosamente ordenado. En el centro de la estancia había una pequeña mesa redonda con varias sillas alrededor. Víctor estaba sentado en una de ellas. John le saludó con un gesto neutro.

—Víctor, dime que tienes buenas noticias… —dijo Esteban.

—Lo siento, aún no he encontrado a la persona adecuada.

—¿Tan difícil es encontrar un hombre de paja? ¡No podemos andar así a estas alturas!

—Ya sabes que sí. Hay muchos intereses en juego; es un asunto delicado.

—Lo sé, lo sé… —repuso Esteban más calmado—. Pero no podemos demorarnos más.

John los miró alternativamente. La tensión empezaba a hacer mella en él, y sabía que debía hablar antes de que el devenir de la conversación le hiciese recapacitar y, quizá, echarse atrás. Respiró profundamente y se lanzó con arrojo:

—Creo que conozco al candidato perfecto.

Esteban le miró levantando una ceja, a la expectativa.

—Bien. Cuéntanos.

John reculó en el asiento de forma inconsciente como si de pronto quisiese escapar de allí, pero el respaldo de la silla interrumpió la huida: ya no había marcha atrás posible a sus propias palabras.

—Lucía Vergara —dijo. Y al decirlo le tembló la voz.

Víctor se quedó mirándole fijamente, perplejo por lo que acababa de escuchar. Esteban escudriñó primero a uno y luego a otro con gesto inexpresivo.

—¡¿Estás loco?! —exclamó Víctor.

—¿Quién diablos es esa mujer? —preguntó Esteban desconcertado.

John se giró hacia Víctor, y reuniendo todo el valor que pudo, le dijo:

—Explícaselo tú.

Víctor clavó la mirada más aún en él. No podía creer que hubiera sacado el nombre de Lucía a relucir con el objetivo de hacerla partícipe de los asuntos de la familia. A John le flaquearon las piernas, pero consiguió mantener la compostura.

—Lucía es una chica del Luna Llena.

El silencio inundó el despacho durante unos segundos. Esteban centró su atención en Víctor.

—Por tu reacción parece que no estás muy conforme con lo que propone John.

—Es absurdo. ¿Por qué habríamos de mezclarla en este asunto? —contestó Víctor. Los dos miraron a John en espera de una respuesta.

—Por dos motivos —comenzó a explicarse este—. En primer lugar, es alguien que me inspira confianza, y no tiene ningún vínculo con la familia ni es titular habitual de este tipo de cuentas bancarias, por lo que está fuera de toda sospecha.

—Parece un buen perfil —dijo Esteban asintiendo—. ¿Y en segundo lugar…?

—En segundo lugar, Víctor ha empezado una relación sentimental con ella: es inevitable que tarde o temprano sepa de nuestros negocios. Creo que la mejor manera de afianzar su lealtad, y su discreción, es implicarla.

Esteban hizo un ademán de aprobación. Después redirigió su atención a Víctor:

—¿Y bien? No podemos permitirnos más tiempo —adujo con severidad.

Víctor trataba de aparentar calma cuando en realidad deseaba golpear a John hasta hacerle sangrar. ¿Cómo se había atrevido a situarle ante semejante tesitura? Debería haberle consultado antes de proponer algo así delante de Esteban. Y ahora se encontraba en un callejón sin salida: si se negaba, reforzaría las dudas que John había sembrado.

—No lo sé… En cualquier caso tendría que decidirlo ella —respondió a regañadientes―. Pero insisto: es una locura.

—No me vengas con remilgos, has tenido una semana para encontrar a alguien. Además, estoy de acuerdo con John; ya sabes que no me gustan las caras nuevas. Quiero que se lo propongas —afirmó Esteban con tono autoritario—. Pero no le cuentes demasiados detalles…

—No necesito que me digas cómo hacer las cosas —contestó Víctor arrugando las cejas.

—Disculpa, no era mi intención. Estamos todos muy nerviosos, será mejor que relajemos el tono de la conversación. Habla con ella este fin de semana y, si acepta, como espero que haga, envíame sus datos para tenerlos registrados.

—Lo haré. Pero si entra en los negocios tendrá que dejar el club de inmediato. —Víctor se puso en pie iracundo, conteniéndose para no dar un puñetazo en la mesa—. Os mantendré informados. Adiós.

Víctor maldijo en silencio camino del coche. No tenía ni la más remota idea de cómo proponerle a Lucía una cosa así, ni de cómo se lo tomaría. Podría decirle que no, sentirse asustada, incluso horrorizada, y desaparecer de su vida para siempre. «¡Cómo se ha atrevido John a hacerme esto!», se repitió una y otra vez.

Conduciendo hacia la torre del banco pensó en la mejor forma de decírselo. Debería contarle lo necesario para que supiera dónde se estaba metiendo, pero lo justo para no comprometerla más de lo imprescindible.

En su despacho terminó de perfilar cómo lo haría. Al final de la mañana creyó haber encontrado el modo de abordar el asunto.

 

Víctor se había marchado temprano, pero Lucía aún podía sentir el beso que le había dejado en la mejilla, sus pasos sigilosos al abandonar el dormitorio, la silueta de su cuerpo alejándose mientras ella le contemplaba con los ojos entrecerrados y la mente todavía aferrada al sueño. La noche anterior había trabajado en el club, y él le había dejado la puerta abierta. Cuando se metió en la cama en medio de la madrugada, Víctor se abrazó a ella sin llegar a despertar: el movimiento espontáneo de un cuerpo que anhela otro cuerpo que por fin llega.

Sentada en la cocina, tomó una taza de café reflexionando acerca de lo rápidas que habían ido las cosas en los últimos días. Su vida se había convertido en una vorágine de sensaciones, en un torbellino de sentimientos que, aunque conocidos en la forma, le eran totalmente nuevos en su fondo: nunca antes había sentido una atracción similar por un hombre. «Es la tercera noche que dormimos juntos. Y no será la última; no quiero que lo sea». Las últimas palabras las pronunció en voz baja, como si necesitase decírselas a sí misma de viva voz para darles validez real, para dotar de consistencia a través de la razón a aquello que se manifestaba con tanta intensidad en su interior.

Un ligero roce sobre la piel la trajo de vuelta a la realidad. Bajó la mirada y vio a Miska; la gata se restregaba en sus piernas, la marcaba como un hito reconocible. Lucía se agachó, la levantó y la colocó en su regazo.

—Buenos días —le dijo cariñosamente—. Has pasado toda la noche fuera, golfilla. —Le rascó la cabeza y la gata cerró los ojos ronroneando—. Ahora tengo que irme, pero volveré… —Lucía sacudió la cabeza—. Estoy hablando con un gato.

Cuando se disponía a abrir la puerta para marcharse, se topó con unas llaves colgadas en la cerradura. Una nota pendía de ellas: «Son para ti», ponía con grandes letras; debajo había dibujada una carita sonriente sobre un «Ya te echo de menos» garabateado con letras más pequeñas, más tímidas, más profundas en significado. Lucía esbozó una sonrisa tan amplia como la de la nota. Y pensó que había llegado el momento de trasladar algunas de sus cosas allí. Aunque no muchas, tan solo las necesarias para dar otro pequeño paso.

Pasadas las doce de la mañana llegó a su piso del centro de Madrid. La primera impresión al entrar le resultó del todo inesperada: su casa le pareció fría y solitaria, sobre todo solitaria. La recorrió de acá para allá levantando persianas, abriendo ventanas, mientras hacía una lista mental de lo que se llevaría. Buscó una mochila en el dormitorio, metió en ella un cepillo de dientes, un sencillo estuche de maquillaje y algunas cosas más de aseo personal. Abrió después el armario y llenó una caja que conservaba de la última mudanza: un par de vestidos, unos vaqueros, varias camisetas, ropa interior y unos zapatos.

Cuando hubo terminado el improvisado equipaje, un mensaje de Sandra apareció en la pantalla de su teléfono:

Tengo que ir al centro, ¿nos vemos?

Lucía desbloqueó el móvil y contestó:

Vale. En media hora donde siempre.

Dejó la mochila y la caja junto a la puerta principal y echó un último vistazo a la casa, por si había olvidado algo. «Qué tontería, claro que no —se dijo—. No voy a mudarme, tan solo…». No supo terminar la frase. Se colgó la mochila, agarró la caja sin darle más vueltas y bajó al aparcamiento.

—Buenas tardes, Señora Samboal —dijo Sandra, sarcástica, al verla aparecer.

—Menos cachondeo —Lucía contestó con una agria sonrisa. Se sentó frete a ella.

—Al menos eso es lo que parece.

—No soy la señora de nadie —le replicó.

—Como últimamente duermes con él…

Lucía abrió una de las botellas de agua que Sandra había pedido mientras esperaba y dio un trago. Su amiga la observó por encima de las gafas de sol.

—¿Pedimos algo de comer?

—No tengo hambre; siento el estómago reducido al tamaño de una nuez.

Lucía enroscó el tapón en la botella y la dejó sobre la mesa. Sandra meneó la cabeza de lado a lado.

—Te estás enamorando.

—Quizá.

El quizá de Lucía quedó flotando entre las dos.

—Aun a riesgo de ser un punto pesada, ¿no te parece que vas demasiado deprisa?

—Puede ser… —admitió Lucía con un deje de resignación—. Pero, ¿qué otra cosa puedo hacer? Si él me dice ven, yo voy donde me diga; si me dice quédate a dormir, todo mi cuerpo palpita. Víctor es tan…, es tan… Nunca imaginé que podría llegar a conocer a un hombre así.

Sandra le dedicó una mirada condescendiente teñida de cierta preocupación.

—Al menos no deberías perder la perspectiva de quién es él y dónde le conociste. 

—Lo tengo presente. Y también sé que la situación actual no podría sostenerse por mucho tiempo. Soy consciente de que algunas cosas tendrían que cambiar.

—Te estás planteando dejar el Luna Llena…

Lucía asintió.

—No puedo continuar desnudándome delante de decenas de desconocidos mientras Víctor me espera en la cama. Sería una locura para mí, me sentiría culpable cada noche, y un tormento para él. De ese modo no funcionaría, y yo quiero que funcione.

—¿Cuándo piensas hablar de esto con John?

—Ya se lo ha contado Víctor.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—No lo sé. Ayer por la mañana me llamó para preguntarme si me parecía bien que lo hiciera, pero todavía no he tenido tiempo de hablar con él al respecto. 

—Si Víctor ha decidido dar ese paso, supongo que es porque confía en esta relación tanto como tú.

Lucía asintió de nuevo.

—Por esa razón le dije que sí, que podía decírselo.

Sandra tomó las manos de Lucía.

—El camino que vas a emprender es de un único sentido —dijo mirándola a los ojos—. Yo no sé si te equivocas o no, nadie puede saberlo. Lo que sí sé es que ya no tienes más remedio que recorrerlo; tu corazón ha empezado a hacerlo por ti. Si me necesitas a tu lado, allí estaré.

Lucía pensó en la caja y en la mochila que había metido en el maletero de su coche. Sandra tenía razón, ya había empezado a recorrer el camino. Apretó las manos de su amiga y una lágrima de emoción, de miedo, de alegría e ilusión entremezclados le recorrió la mejilla.

Esteban abrió su americana, extrajo una minúscula libreta del bolsillo interior.

Pasada la una de la tarde, solamente una llamada telefónica le separaba de su retiro de fin de semana en el Principado de Andorra; desde que comprara años atrás aquel chalecito en las montañas, retirado de todo y de todos, se escapaba allí con su mujer siempre que podía.

Hojeó la libreta en busca de un número de teléfono. En la quinta página lo localizó, apuntado debajo del nombre de su propietario. Levantó el teléfono de sobremesa y marcó el número. Al segundo tono de llamada descolgaron.

—Esteban, dime.

—Hola, Adelardo. ¿Está preparado lo que falta?

—Sí. Lo tengo aquí conmigo.

—John estará en el club alrededor de las tres, no faltes; tiene que gestionarlo la semana que viene.

—De acuerdo. Saldré en unos minutos para allá.

—Gracias.

—A ti. Siempre a ti. Buen fin de semana.

Esteban devolvió la libreta al interior de la chaqueta. Cogió el portafolios de piel que siempre le acompañaba y salió de su despacho con él bajo el brazo, dispuesto a respirar un poco de aire puro en las montañas.

Atravesó el vestíbulo con la cabeza muy alta; podía percibir el respeto que le brindaban todas las personas con las que se cruzaba. En la calle estaba su mujer, aparcada en doble fila. Entró en el Audi A6 negro y la besó como si llevara días sin verla. Ella le miró con ternura, arrancó el motor y pisó el acelerador.

 

John llegó al club minutos antes de las tres. Cuando entró en su despacho, Chema aguardaba ya pacientemente el resultado de la reunión.

—Cuéntame novedades… —dijo Chema.

—Creo que ya tenemos nueva cara para la recaudación.

—¿De quién se trata?

—Lucía.

A Chema se le descolgó la mandíbula, y levantó tanto las cejas que las arrugas de su frente se convirtieron en profundos surcos, como ondas paralelas de un estanque apretujadas por el impulso de un gran impacto. Palideció.

—¿Lucía? ¿Le vamos a entregar la pasta a una de nuestras bailarinas?

—No lo será por mucho tiempo. Si acepta, dejará el club de inmediato, quizá esta misma noche. Ve reorganizando las cosas sin ella.

—Ya me había hecho a la idea de que tarde o temprano nos dejaría, por mí no hay problema. Pero no me da buena espina que pueda llegar a mezclarse en nuestros asuntos.

—A mí tampoco me inspira demasiada confianza, pero es mejor así, créeme: de este modo nos aseguramos de que mantendrá la boca cerrada. Si su relación con Víctor resultase pasajera, quién sabe qué información podría quedar fuera de nuestro control; e imagina que en una posible investigación la policía llegase a interrogarla como expareja de Víctor: no dudaría en cantar. Teniendo cuentas a su nombre, se lo pensará dos veces.

—Visto de esa manera…

Dos sutiles golpes en la puerta llamaron la atención de ambos. Chema se levantó y abrió.

—Buenas tardes, caballeros —dijo el visitante entrando en el despacho.

—Hola, Adelardo —saludó John—. Siéntate, por favor.

Adelardo ocupó una silla junto a Chema. Sacó un sobre de su cartera de mano y lo dejó sobre la mesa. John extrajo el fajo de billetes; era tan grueso que le costó sacarlo sin romper el sobre. Luego lo contó rápidamente.

—Está todo —confirmó.

—Setenta y cinco mil: el pico que faltaba —puntualizó Adelardo.

—Llega un poco tarde, pero no importa. Todavía no hemos tramitado el resto debido a un contratiempo sin importancia —explicó John.

—Eso es cosa vuestra. Por mi parte, nada más. Nos vemos.

Adelardo les estrechó la mano a ambos y se marchó cerrando la puerta tras de sí. Cuando hubo desaparecido, John sacó su móvil del bolsillo del pantalón y escribió un mensaje para Esteban:

Ya está todo, hablamos el lunes.

—Supongo que esta parte ya irá a nombre de Lucía, ¿no? —dijo Chema mirando el fajo de billetes.

—Sí. Siempre y cuando acepte.

—Pues espero que sepáis lo que estáis haciendo. —Chema negó con la cabeza—. No termina de gustarme esa idea.

—Víctor la tendrá controlada por la cuenta que le trae, no te preocupes por ello.

—Es un tipo listo, de eso no cabe duda.

—¡Bah! Víctor es un capullo. Por mí puede irse al cuerno —repuso John de mala gana―. Pero es lo que hay.

Atardecía cuando Víctor aparcó en la puerta de casa. Miró el coche de Lucía y repasó el modo en que se lo diría; puso en orden las ideas, se armó de valor y caminó con toda la decisión que pudo reunir.

La casa estaba en silencio. Al dejar las llaves en el mueble del recibidor vio las que le había dejado a Lucía por la mañana junto con la nota que le había escrito; Lucía había pintado otra carita sonriente en ella. Se adentró hasta el salón. Sobre la mesa del comedor había una caja vacía y una mochila abierta. Echó un vistazo alrededor. Por la puerta del dormitorio asomaba tímidamente la luz del baño interior. Se acercó y asomó la cabeza. Lucía estaba preparándose para salir a trabajar.

—Ya he llegado.

Lucía le sonrió a través del espejo.

—Te he oído entrar. —Se volvió hacia él y le besó en los labios. 

—Esa caja y esa mochila que hay en el salón…

—He traído algo de ropa y aseo. No sé si…

—No… Sí, sí. Me alegra que lo hayas hecho.

Lucía le miró a los ojos. Notó en ellos una tensión que no había visto antes en él.

—¿Cómo fue tu conversación con John?

—Bien, supongo… —Se hizo un silencio en el que ambos trataron de adivinarse mutuamente los pensamientos—. ¿Me quieres? —balbució Víctor.

Lucía permaneció unos instantes sin decir nada, sin apartar la mirada de sus ojos:

—Me estoy enamorando de ti —admitió al fin bajando los párpados—. ¿Tú…?

—Yo también te amo. —De nuevo se hizo el silencio. Víctor apoyó la frente en la de ella—. ¿Has contemplado la posibilidad de dejar el Luna Llena?

Lucía asintió. Un par de lágrimas se escurrieron a lo largo de las mejillas.

—Comprendo que no puedo mantener una relación sentimental contigo y continuar allí.

—Es un alivio.

—Pero si abandono el club necesitaré un trabajo; no quiero depender económicamente de nadie. Y no me siento con ganas de regresar al banco.

Alentado por la senda favorable por la que transcurría la conversación, Víctor se armó de valor. Abrió la boca para hablar, pero las palabras se negaron a salir de ella. Pensó entonces en John y de nuevo deseó golpearle. Apretó los dientes, cerró los puños, respiró profundamente y volvió a intentarlo:

—Puedo ofrecerte una manera alternativa de ganar dinero.

—¿Cuál?

—Se trata de un asunto para el que necesito depositar en ti toda mi confianza.

Lucía dio un paso atrás. Comenzó a atar cabos.

—Me parece que vas a proponerme algo bastante raro.

—Puede que lo sea, o puede que no; depende del ámbito en el que te muevas.

—Y ese ámbito tiene que ver con los negocios que compartes con John, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas.

Lucía enmudeció. Se tomó unos segundos para reflexionar acerca de ellos dos, de los sentimientos que acababan de expresar abiertamente. En ese momento se dio cuenta de que haría cualquier cosa por Víctor, por estar con él, por compartir una vida juntos.

—Confío en ti, y tú puedes confiar en mí —dijo en un susurro.

—Ven. —Víctor dio un paso adelante, la estrechó en sus brazos, la besó en la frente. Lucía le abrazó—. Sentémonos en el salón.

Víctor se sirvió una copa. Lucía esperó sentada en el sofá contemplando sus movimientos, hecha un manojo de nervios. Cuando él tomó asiento junto a ella, le arrebató el vaso de whisky con hielo y dio un trago. El alcohol hizo que le ardiera la boca, la garganta. Víctor bebió también y comenzó a explicarse:

—Como imagino que sabrás, en el mundo de los grandes negocios circulan ingentes cantidades de dinero B: dinero obtenido de falsear las cuentas de resultados de las empresas con el objeto de declarar menos beneficios de los reales.

—Sé lo que es.

—Bien. Ese dinero negro termina, normalmente, en paraísos fiscales. Es algo habitual, cualquier gran empresa de hoy funciona de ese modo.

—Me lo imagino.

—Pero por encima de ese dinero negro hay otro más negro aún. Un dinero que no solo se oculta al fisco, sino que tampoco debe saberse ni su procedencia ni su destino, ni quién lo paga ni quién lo recibe. Y para ocultarlo se necesitan personas anónimas que hagan de intermediarias prestando sus identidades.

—Testaferros… —murmuró Lucía.

—Cabezas de hierro, traducido del italiano —apuntó Víctor—, u hombres de paja.

Lucía le miró debatiéndose entre el espanto y la curiosidad:

—¿La política tiene algo que ver en todo esto de lo que me hablas?

Víctor se calló durante unos segundos.

—Esa es una pregunta cuya respuesta no te conviene saber —dijo al fin—. Cuanto más ignores, mejor para ti.

—Supongo que con eso ya me has contestado.

Víctor enarcó las cejas. Repitió:

—Cuanto menos sepas, mejor.

Lucía suspiró tratando de asimilar lo que Víctor le contaba. Le estaba poniendo delante todo aquello que la gente corriente sospechaba pero que nunca terminaba de salir a la luz; una especie de gran engaño escondido tras el discurso político y aceptado por la mayoría; una gran mentira asimilada y normalizada dentro de una frase en la que a la sociedad española parecía caberle todo: las cosas son así.

—Las cosas son así… —murmuró—. ¿Qué tendría que hacer exactamente?

—Muy poco. Yo realizo los movimientos entre cuentas desde el banco. Tan solo tendrías que firmar algunos documentos.

—Dinero fácil. Me suena peligroso. —Lucía le miró con los ojos muy abiertos.

—En los negocios que yo hago los riesgos son casi inexistentes.

—Casi… —apostilló Lucía.

—La vida está llena de peligros. Cada vez que sales a la calle o coges el coche corres riesgos; incluso puede ir a la ruina la empresa donde has trabajado toda la vida.

—Ya. La diferencia es que lo que me propones es ilegal.

—Lo es, pero créeme, los riesgos son mínimos.

Lucía permaneció unos segundos pensativa.

—Y dices que se gana bastante pasta…

—Mucha.

Lucía se sintió no solo tentada por el dinero, sino también por cruzar la delgada línea de la legalidad. De pronto, aquella línea aparecía dibujada en su imaginario como una sima estrecha y profunda sobre la que saltar de lado a lado por el puro placer de sentir el riesgo de caer. Se apoyo en el respaldo del sofá y apuró el vaso de whisky.

—Creo que podría hacerlo. Pero tienes que contarme los detalles.

—Los iremos viendo a su debido tiempo, aún hay una cosa más que quiero proponerte.

—Te escucho.

—Necesito otra persona además de ti. Alguien que sea de tu confianza y a quien le puedas proponer algo así.

—No sé… No se me ocurre nadie.

—Yo había pensado en Sandra, tu amiga.

—¿Sandra? —Lucía repitió el nombre para asegurarse de que había escuchado bien.

—Así es. ¿Tienes suficiente confianza como para hablarle de esto?

—Sí, supongo que sí.

—¿Y aceptaría?

—No lo sé, quizá. Sandra es muy decidida, pero no tiene buena opinión de estos círculos de poder.

—Si es cuestión de principios, el dinero los arrastra como un tsunami.

—Bueno. Podemos probar.

—Bien. Dile que venga mañana a casa, os lo explicaré con más detalle a las dos.

Lucía demudó el gesto sacudida por las palabras de Víctor:

—No puedo hacer eso. Si la traigo aquí de buenas a primeras se va a sentir un poco acorralada, ¿no crees?

—Supongo que tienes razón. —Víctor se llevó la mano a la barbilla, reflexivo—. Podrías quedar con ella por la mañana y tantearla. Si está interesada, nos veremos por la noche.

Lucía se quedó callada. Víctor no le estaba dando apenas margen de maniobra, margen para recapacitar las cosas. De todos modos, pensó al cabo de un rato, ¿qué demonios tenía que recapacitar? No era una decisión tan complicada: o sí, o no.

—Vale —dijo al fin—. Le mandaré un mensaje.

Cogió el móvil y escribió a Sandra:

¿Podemos vernos mañana a mediodía? Tengo que hablar contigo.

Mejor en tu casa.

Envió el mensaje y dejó el teléfono sobre el sofá. Después se quedó mirándolo ensimismada, como si acabase de pulsar la tecla que accionaba el mecanismo del destino.

Segundos después, dio un respingo al escuchar el sonido de la respuesta entrante:

Ok.

Víctor terminaba de poner la mesa en el jardín cuando escuchó cerrarse la puerta principal. Entró en casa y al momento aparecieron en el salón Lucía y Sandra. Ambas se le quedaron mirando; Sandra, un paso por detrás de Lucía, con la reserva que sentía por lo que ella le había propuesto.

Se acercó para presentarse.

—Hola, Sandra. He oído hablar mucho de ti. Me alegra que hayas venido.

—Yo también he oído hablar mucho de ti últimamente —repuso ella sin abandonar el cierto aire de desconfianza que la envolvía.

—Acompañadme, la cena ya está lista.

Caminaron detrás de él. Sandra, rezagada y tensa, observaba a su alrededor de brazos cruzados mientras se preguntaba por los detalles de aquello que Lucía le había adelantado de manera sucinta unas horas antes.

Víctor abrió una botella de vino, llenó las tres copas en silencio. Sirvió después la comida y se sentó entre las dos. Se dirigió a Sandra en primer lugar; fue directo al grano:

—Como ya te habrá contado Lucía, tengo un trabajo que proponeros.

—Algo que no es muy legal, creo —dijo esta arqueando las cejas.

—Pero supongo que si estás aquí es porque no te importa demasiado que lo sea o no. ¿Me equivoco?

La pregunta, formulada sin acritud y con buen talante, quedó en el aire. Se escudriñaron el uno al otro durante un momento sin decir nada.

—Sandra está predispuesta a escuchar —intervino Lucía—. Pero quiere…, queremos saber cómo funciona exactamente.

Víctor las miró conteniendo un hilo de satisfacción.

—Es muy sencillo. Figuraréis como titulares de unas cuentas bancarias que nosotros manejaremos para sacar dinero del país. Las transacciones entre Madrid y Londres las haré yo; las autorizaré digitalmente con las claves de Lucía. Después, tú —le dijo a Sandra— tendrás que viajar a Londres con John para mandar el dinero a Suiza, a otra cuenta que abrirás allí también a tu nombre. Será necesario que firmes las operaciones personalmente.

Sandra entornó los párpados; su expresión no pareció conforme ni disconforme, tan solo curiosa, hambrienta de respuestas.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? Me refiero a nuestro beneficio.

—Depende. Vuestros honorarios serán el 0,5 % de los saldos medios anuales de las tres cuentas, que os repartiréis a partes iguales. Haremos una estimación aproximada y os pagaremos la parte proporcional mensualmente. A final de año, en el último pago, corregiremos los desvíos tanto al alza como a la baja.

—Y eso traducido a euros es… —insistió Sandra.

—La cifra puede variar. Pero digamos que rondaría en torno a cien mil al año para cada una, que ingresaríamos en una cuenta del Principado de Andorra a nombre de otra persona. 

—¿Y cómo traeremos el dinero a España? —preguntó Lucía—. De nada nos sirve tenerlo allí.

—Esa persona se ocupará de hacerlo. Vosotras cobraréis en las oficinas del club, en metálico.

—¿Y para quién trabajaríamos exactamente? —preguntó Sandra con gran interés.

—En realidad, lo que quieres saber son los riesgos ante una investigación de la policía. ¿No es así?

Las dos se miraron frunciendo el ceño por la forma en que Víctor había reconducido la pregunta.

—Podéis estar tranquilas —continuó—. El destinatario final del dinero tiene todo muy bien atado; las estructuras del Estado no son un problema.

—Política —murmuró Sandra.

Víctor no dijo nada.

—¿Y de dónde sale el dinero? —preguntó Lucía.

Víctor resopló. Bebió después un trago de vino pensando que no tenía mucho sentido continuar negando la evidencia, y tampoco le pareció justo ocultarles la verdad. Y estuvo seguro de que no lograría convencerlas sin satisfacer todas sus preguntas:

—De acuerdo, seré más claro; pero bajo ningún concepto debéis hablar con nadie de ello, absolutamente con nadie. —Las miró alternativamente; ellas asintieron—. Procede de comisiones ilegales que pagan determinadas empresas para conseguir grandes contratos con las Administraciones Públicas.

—¿Cómo funciona?, es decir, ¿cómo se mueve la pasta? —preguntó Sandra ansiosa por conocer los entresijos.

Víctor respiró tan hondo que todo el aire del jardín pareció meterse en su pecho.

—Os lo explicaré. —Hizo una breve pausa, dio un sorbo de vino—. El dinero se lo entregan las empresas a John en las oficinas del club, en metálico; él es el encargado de recaudarlo para el partido del Gobierno. Después, Chema lo ingresa en una cuenta del BKS, en este caso en la que estaría a nombre de Lucía. Finalmente, el dinero viaja a Londres y de allí a Ginebra, donde habrá de ser transferido a otra cuenta, a nombre de un señor llamado Mato.

—Parece simple —comentó Lucía.

—Lo es. La política funciona así desde los años ochenta.

—¿Y cuándo empezaríamos? —preguntó Sandra.

—La próxima semana. Cobraríais una pequeña parte a modo de anticipo: ocho mil cada una que os entregará John cuando la vía esté operativa, esto es, cuando las cuentas estén abiertas. ¿Os parece bien?

El silencio se apoderó del jardín durante unos segundos.

—Creo que me parece bien —dijo Lucía.

Víctor miró a Sandra, que asintió lentamente con el brillo de la codicia asomado a los ojos:

—A mí también.

—Perfecto. Solo una cosa más, Sandra —continuó Víctor—. Al igual que Lucía, tendrás que dejar de trabajar en el Luna Llena: algunos de los donantes del partido son miembros del club y no conviene mezclar las cosas.

De pronto, a Sandra le asaltó la duda. Dejar aquel trabajo en el que tanto disfrutaba le resultaba un paso difícil de dar y en el que no había pensado.

—Bueno… No sé cómo se lo va a tomar Chema —se excusó—. Soy una de sus chicas de confianza y…

—No te preocupes por él, es un mero peón en este tablero. Lo aceptará.

Sandra se recostó en el respaldo de la silla cruzada de brazos y con la llama del dinero fácil aún chisporroteando en la mirada. Reflexionó acerca de su futuro, acerca de la fecha de caducidad que el paso de los años imponía a su contrato en el Luna Llena.

—Supongo que tienes razón: lo aceptará.

—Entonces está hecho. El lunes se lo comunicaré a John y al señor Mato.

Víctor rellenó las copas y alzó la suya: las invitó a brindar para celebrar el acuerdo.

………………………

La próxima semana: Capítulo 10

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