NOTICIA y Capítulo 8

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– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 8

Del viernes 2 al lunes, 5 de agosto.

Víctor entró a primera hora de la mañana en el aparcamiento para directivos del BKS Bank. Recorrió con parsimonia las calles del subterráneo y aparcó su BMW X5. Miró la hora en el reloj del salpicadero: 8:32. «Necesito unas vacaciones», se quejó amargamente. Caminó hasta el ascensor y pulsó el botón de la planta 21.

Una suave deceleración detuvo el ascensor. La misma grabación que escuchaba a diario le indicó con su acento metálico que había llegado al final del trayecto. Salió al pasillo y avanzó arrastrando con hastío los zapatos sobre la moqueta gris.

Antes de entrar en el despacho, la voz de su secretaria le hizo detenerse.

—Buenos días, Maya —saludó con desgana.

—El señor Morgan ha llamado hace diez minutos; viene hacia aquí.

Víctor la miró disconforme.

—¿Sin avisar?

—Dice que necesita hablar contigo. Debe de tratarse de algo urgente.

—¿Y por qué no me ha llamado a mí? —preguntó enfatizando con las manos su desacuerdo.

—Lo ha intentado, pero al parecer tu móvil estaba apagado.

Víctor sacó el móvil y miró la parte superior de la pantalla: «Sin señal», ponía. Había perdido la cobertura y ni se había enterado. Lo apagó y volvió a meterlo en el bolsillo de la chaqueta.

—Mierda de aparato —refunfuñó—. Sirve para todo menos para recibir llamadas.

—Perdona, Víctor —dijo Maya conteniendo la risa—. Quizá deberías reiniciarlo de vez en cuando: todos los dispositivos electrónicos lo necesitan.

—Ya veo. En fin… Cuando llegue hazle pasar directamente a mi despacho, por favor.

Colgó la chaqueta en el respaldo de su sillón y se dejó caer en él. Movió el ratón para que el ordenador saliera del estado de reposo, introdujo su clave personal y echó un vistazo al correo electrónico con apatía: nada urgente. Cerró el programa. Buscó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y miró la pantalla: «Código PIN», decía ahora. Tecleó los cuatro números y tras recuperar la cobertura saltó la llamada perdida de John. Lo tiró sobre la mesa.

En ese momento, John entró en su despacho.

—¿A qué vienen tantas prisas? —preguntó Víctor frunciendo el ceño.

—Perdona. He intentado ponerme en contacto contigo, pero me ha sido imposible. —John tomó asiento visiblemente nervioso.

—Mi teléfono se ha vuelto loco —farfulló Víctor señalándolo—. Cuéntame qué ocurre.

—He hablado esta mañana con Esteban. Quiere que movamos ya la recaudación a Londres; a mediados de mes tiene que estar todo en Suiza.

—Haré la operación hoy mismo. El dinero llegará el lunes por la mañana.

—Bien. En cuanto lo tengas hecho llámame y nos reunimos.

—Hoy es imposible que nos veamos, tengo todo el día ocupado. Y en cuanto salga de aquí pienso meterme directamente en la cama.

John reparó en el agotamiento que reflejaba el rostro del banquero.

—¿Por qué no te pasas mañana por el club y te tomas una copa? —le sugirió—. Hace tiempo que no vas. Podemos hablar allí.

Víctor perdió la mirada unos segundos, pensativo.

—¿Sobre qué hora llegarás tú?

—Tarde; no me esperes hasta las doce. Pero ve un poco antes y te relajas un poco.

—Quizá sea eso lo que necesito, salir a tomar una copa.

—Pues claro. Ya sabes, yo invito —dijo John poniéndose en pie—. En cuanto me confirmes el movimiento volaré a Londres con Jordi; lo dejaremos todo arreglado en unos días.

—Me pondré con ello ahora mismo. Avísame cuando llegues mañana al club, te estaré esperando.

—De acuerdo, nos veremos allí entonces —abrió la puerta y desapareció.

Víctor miró la hora en la pantalla del ordenador: 9:07. «¡Mierda!», protestó en voz baja. Tendría que darse prisa si quería realizar la operación antes de la reunión pre vacacional con el presidente.

Ejecutó la aplicación interna del banco y se identificó con su usuario y contraseña. Luego abrió el último cajón de su escritorio girando la llave en la cerradura; en el interior había un cuaderno a medio uso repleto de notas de su puño y letra. Buscó los datos de la cuenta bancaria destinataria del dinero, volvió la vista hacia la pantalla del ordenador y empezó a teclear números en ella. En unos minutos hubo completado el proceso a falta de una última identificación: la de Jordi. La introdujo y aceptó la operación.

 

Víctor llegó al Luna Llena poco después de que el club abriera las puertas. Cruzó el recibidor y fue directo al bar. Chema estaba en la barra, hablando con Martín en una esquina. Se acercó a ellos y tomó asiento en el taburete de al lado.

—Señores… —los saludó.

Chema se giró hacia él.

—¡Víctor, cuánto tiempo! Me alegra verte por aquí. ¿A qué se debe esta grata visita?

—A nada en especial; he quedado con John.

—Pues creo que llegará tarde —repuso el encargado—, anda bastante liado.

—Lo sé. Tomaré una copa mientras le espero, para variar.

—¿Lo mismo de siempre? —le ofreció Martín.

—Sí. Gracias.

El camarero le sirvió un whisky con hielo en un elegante vaso de cristal tallado y se marchó a atender a los miembros que poco a poco iban ocupando el bar.

Víctor cogió la copa y dio unos golpecitos a Chema en el hombro.

—Me voy a la sala, aquí empieza a haber demasiada gente.

—Diviértete. Para una vez que vienes…

Víctor ocupó una de las mesas más apartadas, de cara al escenario, de espaldas al bar. Bebió un trago; se pasó las manos por el pelo, lo revolvió intentando liberarse de la tensión de los últimos días.

El club no tardó en empezar a llenarse. Las chicas iban y venían ofreciendo sus mejores atenciones a la clientela, luciendo sus amplias sonrisas y andares cadenciosos. La pista se iluminó y una de ellas salió a bailar. Víctor se recostó en el respaldo de la butaca, buscó una postura cómoda; dio el último trago y dejó el vaso vacío sobre la mesa con la vista puesta en el espectáculo, aunque sin prestarle demasiada atención, como quien oye sin escuchar. Al cabo de un rato, aburrido, miró a un lado y a otro. Se percató de que a su derecha estaba Chema charlando en un corrillo que se había formado junto a la escalera. Le hizo una señal con la mano y éste se acercó a él.

—¿Otra copa?

—Sí, por favor.

—¿Te está gustando el espectáculo?

Víctor se encogió de hombros.

—Es lo mismo de siempre —respondió.

—Te traeré la copa.

Chema regresó al momento con la bebida en la mano, la dejó sobre la mesa y se agachó apoyado en su hombro.

—Anímate, la chica que sale ahora es especial —le dijo al oído.

—Seguro que sí… —repuso el banquero con indiferencia.

Víctor agarró el whisky, volvió la mirada hacia el escenario. La chica que había estado bailando minutos antes había desaparecido por la puerta de los camerinos y se aproximaba la que habría de sustituirla: zapatos de tacón, braguita negra ajustada, mechas color violeta y… nada más. Se quedó mirándola como si de un sinuoso agujero negro del que no podía escapar se tratase. Cada rasgo de su cara, cada curva de su cuerpo, cada movimiento se fijaron en su retina, quedaron grabados en ella sin causa racional. Y de pronto se sintió animado.

Conforme el baile se volvía más dinámico, más sensual, Víctor quedaba más atrapado en aquel inesperado y mágico momento; no podía dejar de contemplar a aquella mujer. Entonces ella fijó la vista en él, y él bebió whisky como si lo necesitase para sostenerle la mirada.

Pasaron los minutos sin que Víctor pudiese salir de aquel paroxismo inesperado de sus sentidos. Y cuando finalizó el número, ella volvió a mirarle fijamente colgada bocabajo de la barra: su caja torácica se expandía y contraía por la profunda respiración. Extenuada, la chica se descolgó y abandonó la pista camino de los camerinos.

Víctor dejó el vaso sobre la mesa embelesado con aquella mujer que se marchaba. Cuando esta hubo desaparecido de su vista, permaneció largo rato absorto en sus pensamientos, ajeno a la música y al murmullo que le rodeaba. Finalmente se levantó en busca de una copa más, pero antes de subir los escalones que accedían al bar vio que Chema le hacía un gesto desde el fondo de la sala. Vaciló unos instantes y se acercó a él.

—Por la expresión de tu cara intuyo que te ha gustado —insinuó el encargado.

—Sí, me ha gustado; por qué negarlo. —Víctor miró su reloj—. Voy a tomar el último trago mientras espero, ¿te apetece acompañarme?

—Te lo agradezco, pero hoy hay demasiado jaleo por aquí. Quizá la próxima vez.

—Claro. A veces se me olvida que estás trabajando. Voy a por esa copa, John debe de estar al caer. 

Subió los escalones del bar y escudriñó la barra en busca de un hueco por el que llamar la atención del camarero. Para su sorpresa, la chica del pelo violeta que acababa de ver bailar estaba sentada en uno de los extremos. El corazón se le aceleró. Dudó un instante. Luego se acercó a ella decidido.

—Me ha encantado tu número, ¿puedo invitarte a una copa? —dijo con una amplia sonrisa.

Ella volvió la vista hacia él sin decir nada; tardó unos segundos en reaccionar. 

—Muchas gracias, ya tengo agua…

Víctor se sintió fascinado por aquellos ojos verdes que de pronto le observaban sorprendidos, tímidos, casi ruborizados; muy alejados del desparpajo que habían mostrado en el escenario. Se apresuró a improvisar una conversación empujado por la atracción que ella había despertado en él como por arte de magia, como si los furtivos duendes de la seducción anduviesen retorciéndole las emociones. Y la mantuvo todo lo que pudo: hasta que llegó a su teléfono el inoportuno y esperado mensaje de John:

«Acabo de llegar. Te espero».

Víctor se volvió hacia ella.

—Ahora tengo que irme, pero me gustaría volver a verte por aquí. —Buscó en su bolsillo una tarjeta de visita—. Si algún día necesitas recuperar tu antiguo trabajo solo tienes que llamarme, ¿de acuerdo? —El contacto al encerrar la tarjeta en su mano le hizo estremecer, y por un momento se sintió capaz de bajarle un puñado de estrellas del cielo si esa fuese la condición para que lo hiciese—. Si necesitas el trabajo, o… cualquier otra cosa, no dudes en marcar mi número. —Le dejó un beso improvisado en la mejilla y se marchó.

Atravesó el club hasta el recibidor, apartó la cortina de la pared y ascendió por las escaleras ocultas tras ella. Recorrió un oscuro pasillo y abrió la puerta del único despacho que tenía luz.

—Adelante, por favor —dijo el inglés. Víctor se sentó frente a él—. ¿Un trago?

—No, gracias. Creo que por esta noche es suficiente.

—Cuéntame entonces. ¿Está hecho?

—El lunes llegará el dinero a Londres.

—Perfecto. Saldremos mañana en el primer vuelo disponible.

Víctor permaneció unos instantes mirando al infinito. El alcohol ingerido en las últimas horas fluía por sus venas animándole a la locuacidad con su efecto sedante.

—La familia es cada vez más extensa —dijo al fin—; empezamos a mover demasiado dinero.

—Lo sé —repuso John con acento cauteloso—. A veces me da vértigo todo el poder que está acaparando; que cada vez sean más los que reclaman su pedazo de tarta.

Víctor hizo crujir los dedos de las manos, forzó una sonrisa de resignación.

—Y aquí estamos nosotros para reunirla y enviársela sin dejar rastro.

—Estos negocios son así. Qué ocurre, ¿te remuerde la conciencia?

—Nada de eso. Pero me da cierta rabia el mal que hacemos al país. Si te soy sincero, últimamente me pregunto por qué sigo metido en este asunto; aunque siempre llego a la conclusión de que es imposible salir de él.

—Siéntete afortunado. Al menos tú manejas la recaudación desde el banco sin mancharte las manos. Sin embargo, mírame a mí: cualquier día podrían aparecer decenas de policías para registrar mi negocio y acabar todo lo que he construido durante años.

—Tú trabajas en la sombra —dijo Víctor restándole importancia al comentario—, no creo que tengas que preocuparte demasiado. En fin… —Se puso en pie y estrechó su mano—. Me voy; tengo ganas de meterme en la cama.

—Te avisaré cuando regrese.

—Espero tu llamada.

Víctor condujo despacio por la desierta ciudad tratando de mantener la concentración; bajó las ventanillas del coche para despejarse, disfrutó del aire fresco que se colaba por ellas y le abofeteaba la cara.

Cuando se metió en la cama y cerró por fin los ojos, pensó en Lucía. Revivió su baile, recordó su mirada, repasó la conversación en la barra del Luna Llena.

 

Víctor llegó exultante a la oficina la mañana del lunes. Salió del ascensor y caminó flotando sobre la moqueta.

—¡Buenos días, Maya! —dijo enérgico. La secretaria, distraída entre sus papeles, dio un respingo sobre la silla.

—Qué susto me has dado —contestó agitada.

—¿Algún mensaje?

—Ha llamado Esteban Mato hace unos minutos. Quiere verte a las doce.

—Devuélvele la llamada y dile que no hay problema.

—De acuerdo —refunfuñó Maya mirándole extrañada por su ímpetu.

Pasadas las once y media de la mañana, Víctor salió de la reunión semanal con el Consejo de Administración del banco. Camino de su despacho le sonó el móvil. La llamada entrante procedía de un número desconocido. Dudó unos segundos y descolgó.

—¿Dígame?

—¿Víc… Víctor Samboal? —preguntó una voz femenina.

—Sí. ¿Con quién hablo, por favor?

—Disculpe que le moleste, soy Lucía Vergara…

Después de la inesperada llamada de Lucía, Víctor entró en su despacho totalmente disperso. En su cabeza no había espacio para otra cosa que no fuese la cita que había concertado con ella a las seis de la tarde. No salió del letargo hasta que Maya llamó a la puerta y asomó la cabeza.

—El señor Mato ha llegado.

—Gracias. Hazle pasar, por favor.

Esteban Mato era un hombre corpulento, de rostro tan ancho como serio, patillas y cejas pobladas y canosas, mandíbula prominente y pelo engominado: «la imagen misma de la mafia», pensaba Víctor siempre que le veía. Dejó sobre la mesa el portafolios de cuero que llevaba bajo el brazo y tomó asiento.

—Me ha llamado John a primera hora desde Londres; ya ha llegado la pasta.

—Esta semana la moveremos a Suiza —le confirmó Víctor.

—Eso me ha dicho, y así lo espero.

—No te preocupes. El dinero estará en tu cuenta en unos días.

—¿Y vuestra parte? —preguntó Esteban arqueando las cejas blanquecinas.

Víctor le miró con los ojos entrecerrados.

—Un tres por ciento, como siempre. ¿Me equivoco? 

—No. Pero esta vez es una suma importante.

—Es lo acordado. Si te parece excesivo, deberías haberlo planteado antes de realizar la operación.

—Está bien, tres por ciento. Solo pretendía tantearte, tengo muchos pagos que hacer. ―Esteban le estrechó la mano y se levantó con prisa—. En cuanto esté hecho os mandaré la comisión del modo habitual.

—Te mantendré informado.

Cuando Esteban abandonó su despacho, Víctor le imaginó camino del ascensor digiriendo los cincuenta mil euros que John y él iban a repartirse en esa ocasión. Pero no le importó: las tareas extraordinarias que su cargo le exigía tenían un precio que no estaba dispuesto a rebajar.

Minutos después de las seis de la tarde, Víctor abandonó de nuevo la sala de reuniones tras una extensa tarde de trabajo. Se acercó a la mesa de Maya. Su ánimo distaba mucho del habitual al final de la jornada.

—¿Ha llegado ya Lucía? —preguntó.

—Sí, te espera en tu despacho —contestó ella mirándole de reojo.

Víctor intuyó que su avispada secretaria andaría preguntándose quién sería aquella mujer, pero no quiso satisfacer su curiosidad. Dio media vuelta, agarró el picaporte y abrió la puerta de su despacho.

Lucía estaba sentada de espaldas. Se giró hacia él visiblemente nerviosa.

—Hola, Lucía. Buenas tardes.

—Hola, Víctor.

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La próxima semana: Capítulo 9

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