Capítulo 7 – ABRIÓ LOS OJOS

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 7

Jueves, 8 de agosto

—Buenos días.

Víctor abrió los ojos lentamente al escuchar la voz de Lucía. Se encontró con un beso en la mejilla. Somnoliento, se removió en la cama y metió los brazos bajo la almohada. No dijo nada; tan solo la observó con una sonrisa.

—¿Qué tal has dormido?

—Bien. Muy bien.

—Yo también —dijo Lucía acariciándole la mejilla—. Me estoy acostumbrando a verte cada mañana. —Se levantó de la cama y se enfundó una camiseta de Víctor que encontró doblada sobre una silla—. Hoy hago yo el desayuno.

Víctor la observó desaparecer por la puerta vestida con aquella prenda que le cubría hasta la mitad de los muslos y que tan ceñida le quedaba a él. Sonrió y se arrebujó entre las sábanas.

El reloj que estaba colgado en la pared de la cocina marcaba las nueve y cuarto. Sobre la encimera había un cesto con naranjas y un exprimidor. A Lucía se le ocurrió hacer zumo de naranja, café y tostadas. Se disponía a hurgar en los armarios en busca de platos y cubiertos cuando Miska entró por la gatera de la puerta trasera de la cocina, necesitada también de desayuno. Lucía se agachó, llamó su atención. La gata caminó hacia ella y se dejó acariciar.

—Tú y yo vamos a llevarnos bien, ¿verdad? —le dijo. Miska ronroneó complacida y fue hacia su recipiente de comida.

Lucía preparó el zumo y las tostadas; puso a hervir la cafetera; recogió los restos de la cena, sacudió el mantel y dispuso la mesa para un desayuno al aire libre. Víctor apareció por la puerta del jardín recién duchado, vestido con traje azul, camisa blanca y corbata a juego. Se acercó a ella por detrás, le devolvió el beso en la mejilla y la abrazó.

Lucía dio un paso atrás y le contempló de pies a cabeza.

—Qué guapo te has puesto —dijo mordiéndose el labio con actitud traviesa.

—No quiero llegar tarde a la oficina… otra vez —bromeó Víctor.

—Si llegas tarde es porque quieres —repuso ella enfatizando el gesto.

Lucía tomó asiento; sirvió el café. Víctor vio las braguitas rescatadas del agua la noche anterior tiradas en el césped, las recogió y regresó con ellas colgadas de un dedo.

—Creo que esto es tuyo —bromeó agitándolas.

—Gracias. —Lucía se las quitó de la mano con un rápido movimiento—. Procuraré que no se me vuelvan a olvidar. —Sonrió burlona—. Ahora tendrás que inventar otra excusa para invitarme a tu casa.

—Iré pensando en ella.

Lucía sirvió el café; untó mantequilla y mermelada en las tostadas. Víctor la dejó hacer, ensimismado con cada movimiento.

—¿Por qué me miras así?

—Disfruto haciéndolo. Hace tiempo que no me sucede.

Lucía frunció el ceño intrigada.

—¿Hace tiempo que no miras a una mujer o que no te preparan el desayuno?

—Hace tiempo que no me siento así de feliz.

Lucía no respondió, tan solo le acarició la barbilla dulcemente. Bajó la vista y dio un sorbo de café.

Desayunaron mirándose de reojo, sonriéndose a ratos, inexpresivos en otros. El silencio entre ellos se había convertido en una conversación sin palabras que poco a poco estrechaba aquella inesperada relación.

Víctor dio el último mordisco a la tostada y lo empujó con el café que quedaba en su taza. Luego se puso en pie.

—Tengo que irme ya. Me esperan en la oficina a las diez y media.

Lucía también se levantó. Bordeó la mesa y se agarró a su cintura.

—Claro. No vayas a llegar tarde por mi culpa —le susurró en los labios.

—Debo ser puntual, en serio. Es importante.

—Por supuesto, es importante…

Lucía recogió con el dedo los restos de mermelada que se escurrían por el borde del tarro. Lo lamió. Le besó después con sabor a frambuesa. Las lenguas jugaron en la despedida.

—Tengo que irme. En serio —le repitió Víctor al oído.

—Aha…

Separarse de ella le supuso un esfuerzo mayor de lo esperado. Retrocedió unos pasos caminando de espaldas y dio media vuelta para entrar en casa.

—Víctor.

Él giró la cabeza en el umbral de la puerta.

—Dime.

—Yo también me siento feliz por primera vez desde hace tiempo.

—¿Eso significa que nos veremos esta noche? No encuentro más excusas para hacerte venir.

Lucía asintió.

—Creo que ya no las necesitas.

Alrededor de las diez y media, Víctor llegaba a las oficinas del banco con retraso por segundo día consecutivo. Entró en el aparcamiento reflexionando acerca de lo que las últimas palabras de Lucía significaban para él, para ambos. Entonces, como si hasta ese momento hubiese estado ajeno a su propia realidad, recordó con quién iba a reunirse y para qué.

Su corazón comenzó a bombear la sangre con ímpetu desbocado; aquel «yo también me siento feliz» resonaba en su cabeza como si aún estuviera escuchándolo. Apoyó las manos en las rodillas y la cabeza en el respaldo del asiento. Respiró profundamente. «Es el momento adecuado», se dijo convencido.

Sacó el móvil de la chaqueta y marcó el número de Lucía.

Un tono, dos, tres…

—Buenos días, otra vez —escuchó decirle al otro lado con dulce acento.

—Hola —respondió en un tono plano—. Quería comentar algo contigo. Es importante.

—Dime.

—Ahora tengo una reunión con John. Y me gustaría ponerle al corriente de lo nuestro, si a ti te parece bien.

El silencio ocupó la línea durante unos instantes. 

—¿Una reunión?

—Sí, bueno —titubeó Víctor—. Llevamos algunos asuntos juntos. Va a venir a mi despacho.

—Y quieres contárselo para que no se entere por terceras personas.

—Así es.

De nuevo se hizo un pequeño silencio.

—No lo sé, Víctor. No me gustaría tener problemas en el club.

—Tranquila, no los tendrás. Sé cómo manejarlo.

Lucía resopló al otro lado.

—Está bien. Si tú crees que es lo más adecuado, habla con él.

—De acuerdo. Un beso. —Colgó.

Víctor entró en el ascensor con la cabeza llena de dudas; probablemente, John no iba a tomarse bien la noticia. Cuando se abrieron las puertas del ascensor en la planta 21, caminó por el pasillo tratando de adivinar cuál sería su reacción; cómo encajaría que él, precisamente él, se hubiese liado con la chica más popular de su negocio. Un negocio que por otro lado era también, en parte, el de otros: el centro neurálgico donde convergían demasiados intereses ajenos al Luna Llena.

—Buenos días, Víctor.

Miró a su derecha y vio a su secretaria observándole por encima del monitor. Tan abstraído como iba no había reparado en ella.

—Buenos días, Maya.

—El señor Morgan te espera en tu despacho.

—Gracias. Por favor, no me pases llamadas hasta que termine con él —dijo volviendo la vista al frente.

Víctor entró en su despacho, cerró la puerta. John estaba sentado en una de las butacas que había frente a su mesa, de espaldas a él; traqueteaba con los dedos, impaciente. Al oírle giró la cabeza y se levantó para estrecharle la mano.

—Siento haberte hecho esperar.

—No importa, he llegado hace un momento.

Víctor rodeó la mesa y tomó asiento en su sillón de cuero.

John continuó hablando:

—Dime que tienes buenas noticias.

—Lo siento, aún no he conseguido nada. He hecho varias llamadas, pero no me está resultando fácil encontrar a la persona adecuada.

—Pues alguien se va a impacientar —adujo John—. Necesito mover la recaudación cuanto antes.

—Tranquilo, lo solucionaré esta semana.

—Apresúrate, tenemos poco tiempo; las cosas podrían complicarse en los próximos días.

—No te preocupes —insistió Víctor—. Cuando tenga algo serás el primero en saberlo. Si Esteban te llama, dile que estoy trabajando en ello, o dile que me llame a mí y hablaré personalmente con él.

—Está bien —resopló John. Abrió su chaqueta y sacó un sobre del bolsillo interior—. Tus honorarios del mes pasado, los cinco mil acordados. 

Víctor agarró el sobre y lo guardó en uno de los cajones de su escritorio, sin abrirlo, sin contarlo como hacía habitualmente. Echó la llave a la cerradura y alzó la vista de nuevo hacia el inglés.

—Aparte de todo esto, hay algo más que quería comentarte.

—Soy todo oídos.

—He empezado una relación con una de tus chicas.

John le miró estupefacto.

—¿Con cuál de ellas? Si puede saberse.

—Con Lucía.

La cara de estupefacción de John se transformó en un mohín de grave desconcierto.

—Vamos, Víctor. —El cabreo empezó a asomar a su rostro sin disimulo—. No me jodas, ¿hablas en serio?

—Muy en serio. Nos hemos visto un par de veces.

Oh, shit! —masculló—. No puedo prescindir de ella; no quiero prescindir de ella. 

—Si Lucía continúa o no en el club, no es cosa mía. No le he pedido que lo deje, ni voy a hacerlo.

—¿Y qué se supone entonces que tengo que hacer?

—Nada. Solo quería que lo supieses.

—Ya. Pero me pones sobre aviso.

—Eso es.

—Bien, pues me doy por enterado. —John se puso en pie mordiéndose la lengua—. Si no tienes nada más que decirme, me marcho. En cuanto tengas algo de lo nuestro, llámame.

—Confía en mí, no tardaré en resolverlo.

—Eso espero.

John dio media vuelta y salió del despacho de Víctor conteniendo el aliento para no explotar. Si se hubiese tratado de cualquier otro miembro del club, no habría dudado en mover alguno de sus múltiples hilos; habría terminado con aquella relación de un modo u otro. Pero con él era distinto. Víctor Samboal estaba por encima de sus influencias; Víctor Samboal era uno de los dedos de los que pendían esos hilos.

Cruzó el pasillo sin despedirse de Maya, con la mirada perdida al frente. Pulsó con rabia el botón del ascensor y subió a la cabina apretando los puños.

John accionó el contacto y el potente motor de gasolina de su Mercedes CLK gris descapotable retumbó por todo el aparcamiento. «¡Me ha jodido bien!», exclamó golpeando el volante. 

La chica más atractiva y con mayor reclamo del club iba a abandonarlo con toda certeza sin que él pudiese hacer nada por evitarlo. Se sentía furioso, y algo le decía que aquello tenía mala pinta más allá de perderla como empleada. A lo largo de los diez años de andanza del Luna Llena, algunas de las chicas habían mantenido relaciones con miembros en su vida privada; no era algo de su agrado, pero tampoco le daba mayor importancia a aquellas aventuras que siempre habían resultado pasajeras. Sin embargo, en esa ocasión era muy distinto: temía que Lucía, una vulgar trabajadora de la noche, llegase a conocer los entresijos del negocio de la familia y que información delicada pudiese quedar fuera de control.

Nada más abandonar el aparcamiento del BKS plegó la capota para sentir el aire fresco de media mañana en la cara. Sacó el móvil del bolsillo y llamó a Chema.

—Dime —contestó el encargado al otro lado de la línea.

—Es posible que haya cambios en el club en los próximos días —dijo John secamente.

—¿Cambios?

—Lucía. Me temo que nos va a abandonar.

—¿Cómo?, ¿así, de pronto? ¡No puede hacerme eso y ella lo sabe! —protestó Chema.

—Aún no es seguro, pero sucederá; Víctor tiene un lío con ella.

—¡Joder!

—Y tengo la sensación de que va en serio. No podemos hacer nada.

—¡Mierda, mierda! —exclamó Chema elevando la voz.

—Apáñatelas como puedas, es lo que hay. Pero de momento no le digas nada a ella.

John dejó el móvil en el asiento del copiloto y aceleró a fondo calle abajo por la Castellana.

El teléfono vibró minutos después. Alargó el brazo y se lo llevó a la oreja.

—Dime, Esteban.

—Necesito que nos veamos mañana por la mañana los tres: Víctor, tú y yo.

Of course. ¿Dónde quieres que nos reunamos?

—En mi casa, a las once. Tenemos que cerrar los temas pendientes de una vez.

—De acuerdo, me encargaré de organizarlo. Bye.

Colgó. «¡Lo que me faltaba! —gritó a los cuatro vientos—. Ahora este se pone nervioso». Tiró el teléfono al suelo y aceleró de nuevo calle abajo.

…………………

La próxima semana: CAPÍTULO 8

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