Capítulo 6 de ABRIÓ LOS OJOS

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– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 6

Miércoles, 7 de agosto.

Cuando Lucía despertó, dos pupilas negras la observaban atentamente. Se sobresaltó. Parpadeó y volvió a mirar. Una cara felina, de expresión curiosa, no le quitaba la vista de encima; seguía cada movimiento suyo con las orejas tiesas sin perder detalle. Sacó el brazo de debajo de la almohada y se cubrió lentamente con la sábana.

—¿Y tú quién eres? —se preguntó frunciendo el ceño.

Víctor salió del baño. Tenía el pelo mojado, revuelto. Llevaba una toalla enrollada en la cintura y docenas de gotas de agua desperdigadas por el pecho.

—Veo que ya os habéis conocido.

—¡Joder, qué susto me ha dado! —protestó Lucía.

—Te presento a mi gata Miska —dijo él en tono gracioso—. Tranquila, es inofensiva.

—Ya… Parece simpática —repuso Lucía sarcástica.

—Lo es, aunque a veces resulta un poco arisca.

Miska bajó al suelo de un salto y salió por la puerta del dormitorio con el rabo levantado en actitud chulesca.

Víctor se sentó junto a Lucía.

—Hemos dormido juntos… —musitó ella levantando las cejas.

—Me he dado cuenta al verte esta mañana tumbada a mi lado —bromeó Víctor. La besó fugazmente en los labios—. ¿Cómo te sientes?

—Un poco… rara —contestó bajando la mirada.

Víctor dejó escapar un suspiro. 

—Imagino que no soy el tipo de hombre con el que sueles acostarte.

—Su… pongo. ¿Cómo te sientes tú?

—Un poco extraño también.

—Quizá porque te has acostado con una chica del club…

Se miraron a los ojos. Por algún motivo habían necesitado recordarse el uno al otro quienes eran.

—Un tipo como tú acostándose con alguien como yo… —Lucía sonrió cohibida, trémula.

—¿Eso te preocupa? —Víctor le devolvió la sonrisa, tomó su mano. Ella se encogió de hombros—. ¿Te apetece desayunar?

—Sí. Tengo hambre.

—Te he preparado zumo de naranja y unas tostadas; están en la mesa de la cocina.

—¿No me acompañas?

—Tengo que irme. Son casi las diez y tengo una reunión importante a las once.

—De acuerdo. No te preocupes, volveré en taxi.

—Siento marcharme así, tan precipitadamente. Te pediré uno por el camino.

Víctor le acarició la barbilla a modo de disculpa. Dejó la toalla sobre la cama y desapareció en el vestidor. Lucía le observó pensativa entre las sábanas; no sabía qué debía esperar de él, qué quería de él.

Cuando Víctor hubo terminado de vestirse volvió a sentarse junto a ella, volvió a besarla. Ella, apagado el fuego de la locura nocturna, desvanecidos la pasión y el desenfreno arrebatados del primer encuentro, le miró con ojos de chiquilla desorientada.

—¿Y ahora…?

Víctor respiró profundamente.

—Ahora…

Los dos callaron. Ninguno sabía qué decir, cuál era la respuesta correcta, o quizá la más conveniente. Víctor le devolvió la pregunta, cauteloso:

—¿Qué es lo que tú quieres?

—Yo… No estoy segura.

Víctor agachó la mirada con el rostro demudado, aceptó la respuesta con condescendencia:

—Dejémoslo entonces correr. Que las cosas sigan su curso, ¿de acuerdo? El tiempo siempre coloca cada cosa en el lugar que le corresponde. —Arrastró una caricia por la mejilla de Lucía—. Tengo que irme ya, no quiero llegar tarde.

Víctor se alejó poniéndose la chaqueta, sin volver la vista. Ella le siguió con la mirada hasta que desapareció. Cuando escuchó cerrarse la puerta principal, sintió removerse su alma indecisa, revolverse con fuerza sus miedos, sus temores, a no sabía qué. Durante un instante la abordó el impulso de correr tras él, pero un pesado lastre anclado en su pecho se lo impidió.

Se acurrucó en la ducha bajo el agua templada. «Hemos dormido juntos…». ¿Cómo iba a saber lo que quería si aún estaba encajando el haberse despertado en su cama, el haberse comportado con aquella pasión, con aquel arrojo y decisión que el sueño parecía haber deshecho en mil pedazos? Se secó con una toalla, limpió el vaho del espejo con la palma de la mano y vio en él la estampa de una mujer demasiadas veces defraudada como para dejar correr tan fácilmente la ilusión; un rostro emocionado que a la vez era pura desconfianza.

Entró en la cocina enrollada en la toalla y sobre la mesa vio el vaso de zumo y el plato con las tostadas. «Víctor no es como los demás. Víctor es… Víctor es…»: no sabía quién era Víctor, si un poderoso ejecutivo encaprichado de un cuerpo bonito o un hombre que le prepararía zumo y tostadas cada mañana, un hombre que la miraría siempre con ojos de deseo por la noche y con ternura al despertar. Se sentó a desayunar hecha un lío; pero el primer bocado, que pasó inesperadamente ligero por la garganta al tragar, hizo tambalear su desconfianza. 

Atravesó el pasillo frotándose la cara. Un zumbido en la cabeza, lejano y disperso como el eco de un grito en un acantilado, le recordaba la impronta que el alcohol había dejado en ella antes de abandonar su cuerpo. Entró en el dormitorio y miró en derredor. «¿Dónde está mi vestido?». De pronto cayó en la cuenta, lo visualizó en el borde de la piscina.

Salió al jardín y allí estaba, junto a los zapatos. Y su más íntima prenda aún flotaba en el agua, inaccesible sin un chapuzón; la miró pensando en la conversación que había mantenido con Víctor antes de marcharse a la oficina. «Dejémoslo correr», se dijo. 

Camino del taxi que la esperaba en la puerta, se cruzó con Miska. La gata estaba sentada en medio del pasillo; la observaba con los ojos muy abiertos y las orejas tiesas. «Ni te acerques», murmuró al pasar a su lado.

Antes de salir envió un mensaje a Víctor:

Mis bragas están nadando en tu piscina. Lo siento, no he podido cogerlas.

Un beso.

Víctor llegó al edificio del banco minutos antes de las once. Subió en el ascensor hasta la planta 21 y avanzó por el suelo enmoquetado tratando de apartar a Lucía de sus pensamientos, intentando centrarse en el trabajo. Antes de entrar en su despacho, se dirigió hacia la mesa de su secretaria, que miraba muy atenta la pantalla del ordenador. Apoyó las manos en la mesa. 

—Buenos días, Maya. ¿Han llegado ya?

La chica levantó la vista del monitor con aire desenfadado.

—Aún no.

—Bien. Cuando lo hagan, hazles pasar a la sala de reuniones, por favor.

Entrar en su despacho fue como regresar a una realidad de la que había estado ausente largo tiempo. Dejó la chaqueta sobre el respaldo de su sillón giratorio y tomó asiento. «Hemos dormido juntos…». Hacía tanto tiempo que no compartía cama con una mujer que casi lo había olvidado.

 Durante la noche se había despertado varias veces. Y en cada una de ellas acarició las curvas de Lucía sobre la sábana con la delicadeza de una pluma; le rozó el pelo con los dedos; contempló aquel rostro de mujer bonita hasta volver a conciliar el sueño. «¿Por qué despiertas tanta pasión en mí?; ¿por qué me atraes de esta manera?», se preguntó. Mujeres bonitas había conocido muchas después de divorciarse, pero nunca quiso tener tiempo para ninguna, como si ninguna fuese suficiente, como si ninguna estuviese a la altura de lo que esperaba. 

Encerrado en su despacho, a solas con sus emociones, recordó su mirada de ojos verdes, atrevida y tímida al mismo tiempo, profunda, sincera, noble, y por un momento le pareció que tras ella podría caber el universo entero. Lucía le había transmitido en una sola noche más calma, afecto y pasión que varios años de matrimonio vacío. Y por primera vez en mucho tiempo sentía que era él, y no la esfera de poder que le rodeaba, el centro del deseo de una mujer; por primera vez en mucho tiempo había abandonado su casa camino del trabajo con la sensación de dejar atrás algo más importante que lo que tenía por delante.

El móvil vibró en el bolsillo interior de su chaqueta. Lo sacó ensimismado en sus pensamientos y observó la pantalla. Cuando leyó el mensaje que acababa de llegarle, sonrió ilusionado. Contestó:

Si te apetece, puedo invitarte a cenar esta noche, en mi casa. Así podríamos pescarlas juntos.

Maya se asomó en ese momento por la puerta de su despacho.

—Disculpa, Víctor; te esperan. Acaban de llegar.

—Gracias. Ahora mismo voy.

Antes de salir al pasillo trató de recuperar la compostura, de borrar de su cara la expresión de alborozo que podía notar en cada una de sus facciones, contraídas y tensionadas por la imagen de una prenda flotando en el agua y la expectativa de dar un paso más. Cuando entró en la sala de reuniones, los dos hombres con quienes se había citado aguardaban sentados alrededor de la gran mesa circular situada en el centro; sus semblantes serios terminaron de devolverle a la realidad.

Tomó asiento entre ellos.

—¿A qué se debe tanta urgencia, señor Morgan? —preguntó con familiaridad—. Pensaba que estarías en Londres hasta el final de la semana.

—Anoche me llamó el contacto en la UCO. He tomado el primer vuelo de la mañana.

—¿Qué ocurre? —inquirió Víctor.

—Están investigando a Jordi.

—¿Y sabemos si han encontrado algo?

—Solo algunos indicios, pero de momento nada alarmante —contestó John.

—Tenemos que desvincularnos de sus dos cuentas en Ginebra cuanto antes —afirmó Esteban Mato, el tercer asistente a la reunión—. Y necesitamos otro testaferro, alguien ajeno a la familia y fuera de toda sospecha.

Víctor les miró alternativamente, pensativo.

—Haré algunas llamadas. ¿Has movido ya la recaudación desde Londres? —le preguntó a John.

—Aún no. Iba a hacerlo hoy.

—Bien. De momento la dejaremos donde está —concluyó Víctor—. Ahora, si me disculpáis, tengo el día bastante ocupado; en cuanto consiga algo os lo haré saber.

Se levantó dando la reunión por terminada y les acompañó hasta el ascensor.

—No lo dejes —le apremió Esteban mientras entraba en la cabina.

—No te preocupes, lo solucionaré.

Víctor dio media vuelta; regresó a su despacho; cerró la puerta tras de sí; se reclinó en el respaldo y comenzó a repasar mentalmente una lista de posibles testaferros para sustituir al que parecía estar cerca de caer.

Su móvil vibró de nuevo dentro de la chaqueta:

Cuando me preguntaste qué es lo que yo quiero, contesté que no lo sabía. La respuesta sigue siendo la misma y, sin embargo…

El alborozo regresó a su cara como si nada más existiese. Contestó de inmediato:

¿Te espero a las diez?

Envió el mensaje y cerró los ojos. Trató por todos los medios de quitarse a Lucía de la cabeza y concentrarse en lo urgente, en encontrar un testaferro. Pero no le fue posible: el móvil volvió a vibrar.

A las diez está bien.

 

Lucía reconstruyó su fortaleza de cojines nada más llegar a casa; se atrincheró en ella a reflexionar. Intercambió desde allí mensajes con Víctor, paseó de nuevo inquieta por el salón, miró por la ventana, bebió café y se acribilló a preguntas: ¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar en aquella aventura? Realmente no lo sabía, y el vértigo que había sentido por la mañana había regresado, estaba amarrado de nuevo a sus entrañas junto a los miles de alfileres punzantes que Víctor había clavado en ellas. ¿Volver a su casa; cenar de nuevo con él; compartir quizá otra botella de vino?, ¿y por qué no?, ¿por qué no dar un paso más en aquel “dejarlo correr” al que él había apelado? Quizá Sandra estuviese equivocada. Quizá Víctor no la considerase un parche en su importante vida, un mero entretenimiento, un capricho para escapar de la rutina.

Fuera como fuese, la realidad era que deseaba volver a verle, disfrutar de nuevo de su conversación y de la primavera de emociones encontradas que parecía envolverlos cuando estaban juntos; disfrutar de él en su conjunto como hombre, porque Víctor, el poderoso e inaccesible banquero, se había comportado como un hombre sencillo, cariñoso y pasional en cuyos brazos se había sentido respetada.

El teléfono volvió a sonar en algún rincón de la fortaleza. Lucía rebuscó entre los cojines, nerviosa como una chiquilla ante una nota inesperada que acaban de deslizar bajo su puerta. Pero era un mensaje de Sandra:

¡Hola!, ¿cómo van tus días libres? No sé nada de ti desde el lunes. Supongo que te sentirás… En realidad, no sé cómo te sientes. Llevo días dándole vueltas al asunto y creo que me marché demasiado precipitadamente de tu casa. ¿Te apetece que nos veamos para comer? Me gustaría que hablásemos con más calma.

Lucía permaneció pensativa unos segundos. Había olvidado por completo lo sucedido el domingo por la noche. Contestó escueta: 

Estos días un poco revueltos. Te veo en una hora y te cuento.

Al llegar a El Despacho, Lucía se encontró con un inusual gesto tras las gafas de sol de Sandra, un gesto que no supo interpretar con exactitud. Se sentó frente a ella y la miró ladeando la cabeza.

—Pareces preocupada.

Sandra asintió.

—Antes de nada, quería pedirte disculpas por lo del otro día. No debí insistir en que te sentaras con nosotros y probases los polvos mágicos de Adelardo. Fue una estupidez por mi parte —dijo enfatizando el mohín de culpabilidad que Lucía no había sabido precisar en un primer momento.

Lucía se encogió de hombros indiferente.

—En el fondo fui yo quien quiso hacerlo, sentí curiosidad. No te sientas mal por ello.

Sandra agachó la cabeza y continuó:

—En cuanto a lo que ocurrió después, en tu casa, creo que tampoco me comporté como debía. Tú no estabas en condiciones y yo…, supongo que desahogué contigo una noche demasiado intensa en el club. Lo siento de veras.

—Tampoco te preocupes por eso; no es una experiencia de la que me arrepienta. Además, para eso están las amigas, para los momentos de desahogo, ¿no? —bromeó.

Ambas contuvieron la risa. Sandra recuperó la postura en el asiento, ya más relajada.

—Me quitas un peso de encima. No te imaginas cuánto he pensado en todo esto en los últimos días. 

El camarero llegó con dos raciones de comida y una botella de agua sobre una bandeja; Sandra había elegido por las dos mientras esperaba. Cuando el camarero hubo desaparecido de su vista, esta retomó la conversación:

—Ahora cuéntame tú esos días revueltos de los que me hablabas.

Lucía acercó la cara a ella y habló en voz baja:

—Me he acostado con Víctor —soltó sin preámbulos.

Las cejas de Sandra se alzaron hasta el centro de la frente. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y cruzó los brazos en el regazo; inclinó el cuerpo hacia delante y se acercó a ella. 

—¿Que te has acostado con Víctor? —preguntó incrédula.

—Eso he dicho.

Entre bocado y bocado, Lucía le relató al detalle el vuelco que había dado su vida en un par de días, desde los problemas económicos de su hermana hasta la noche anterior en casa de Víctor, donde se había despertado por la mañana. Sandra no salía de su asombro, y cuando Lucía terminó de hablar, permaneció en silencio unos segundos, pensativa.

—¿Estás segura del terreno que pisas?

—No del todo —reconoció Lucía—. Pero creo que Víctor es distinto, especial.

—Ya. Eso piensan todas al principio. Ten cuidado.

El camarero apareció con la cuenta y los cafés. Sandra vertió el sobre de azúcar en el suyo y lo removió lentamente con la cucharilla.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Lucía ahogó un suspiro.

—De momento he quedado con él esta noche.

—¿Otra cita?

—Me ha invitado a cenar en su casa con el pretexto de… —Lucía se acercó aún más a su amiga y habló en susurros, como si fuese a revelarle un gran secreto—. Me dejé las bragas olvidadas en su piscina.

—¿En serio que…?

—Te lo juro —afirmó Lucía con un punto de emoción en las palabras—. Esta mañana estaban en medio del agua y no he querido meterme a cogerlas. Cuando me marchaba de su casa le mandé un mensaje para decírselo y me ha contestado con la invitación.

—Estás loca —repuso Sandra meneando la cabeza de lado a lado.

Lucía rebajó su emoción.

—Lo sé. Sé que quizá me esté precipitando —admitió—. Pero no he podido negarme; quiero volver a verle.

—Y eso quiere decir…

—Solo que quiero verle de nuevo, nada más —adujo Lucía.

—Y nada menos —añadió Sandra con cierto tono condescendiente—. Espero que todo esto termine bien, que no seas tú quien necesite desahogarse conmigo dentro de un tiempo. —Pagó la cuenta y ambas se pusieron en pie—. En fin… Mañana me cuentas en el club cómo ha ido la cosa.

Se marcharon caminando juntas por la acera, y al llegar a la esquina con Gran Vía se despidieron. Lucía continuó meditabunda calle arriba, hacia su casa. Nada más entrar en ella, se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá, entre los restos de la derruida muralla de cojines.

Lucía recordaba a la perfección el camino hasta la casa de Víctor. Llegó con unos minutos de antelación, aparcó detrás del BMW y se tomó un momento para observarse en el retrovisor interior: el espejo le devolvió síntomas graves de emoción y nervios aderezados con una pizca de ansiedad y unas gotas de arrojo. Salió del coche y caminó hasta la puerta de la valla; vaciló luego unos instantes ante el portero automático: la mano levantada, el dedo estirado a unos centímetros de distancia. Apretar aquel pequeño botón se había convertido de pronto en el verdadero gran paso hacia delante. «Solo es un botón, solo es una cena, solo es un hombre», se apremió. Pero el dedo permanecía quieto, suspendido en el aire. Una ráfaga de viento le agitó el pelo y empujó la puerta, que quedó entreabierta. Las dudas acerca de dar el gran paso parecieron desvanecerse como por obra del destino.

Entró.

La casa estaba en silencio, las luces apagadas, la noche a punto de cerrarse. Respiró profundamente y siguió el sendero empedrado que conducía a la parte trasera. Conforme avanzaba sentía cómo se le aceleraba el pulso: lo notaba en los oídos, le palpitaba en las sienes.

A mitad del recorrido vislumbró claridad procedente de la piscina. Escuchó música lejana mezclada con la brisa, arrastrada por ella. Miska apareció por entre unos arbustos; se acercó a Lucía, reconoció su olor y se frotó en sus piernas. Lucía se quedó paralizada, sorprendida por el cordial recibimiento. Le acarició el lomo devolviendo el saludo y continuó su camino.

Al doblar la esquina vio a Víctor sujetando una caña de pescar en el borde de la piscina, la ajustaba muy concentrado. Se acercó a él con sigilo y le habló desde detrás:

—Veo que ya tienes todo lo necesario.

Víctor se sobresaltó y dio media vuelta con la caña en la mano.

—Ya estás aquí… —La levantó para mostrársela—. Pensé que sería gracioso utilizar esto.

—Lo es —sonrió Lucía—, ¿tienes anzuelo?

—Solo me falta el cebo, pero no creo que nos haga falta —bromeó—. ¿Quieres intentarlo tú primero?

—Vale.

Lucía localizó la prenda, que aún flotaba medio hundida a la deriva. Agarró la caña y la balanceó de atrás hacia delante con decisión. El carrete empezó a desenrollarse a gran velocidad; el anzuelo salió disparado y fue a parar al extremo contrario de la piscina, rebotó en el borde y cayó al agua varios metros alejado de su objetivo.

Víctor se colocó detrás de ella.

—Nunca has ido de pesca, ¿verdad?

Lucía negó con la cabeza riéndose de sí misma.

—En mi vida.

Víctor pegó el pecho a la espalda de Lucía y apoyó la barbilla en su hombro. El olor de su perfume le estremeció.

—Recoge el sedal, probaremos de nuevo —le dijo al oído.

Lucía procedió a enrollarlo hasta que el anzuelo quedó suspendido a medio metro del extremo de la caña. Víctor puso las manos sobre las de ella para guiarla y la balanceó de nuevo, esta vez con suavidad. El anzuelo cayó apenas a unos centímetros de la prenda.

—Ahora recoge despacio.

Lucía giró lentamente el carrete y el anzuelo se enganchó en el encaje del borde de la tela.

—¡Perfecto! —la felicitó Víctor—. Ya podemos traerla.

Levantaron la caña entre los dos para tensar el sedal. Lucía enrolló el carrete y Víctor agarró la braguita, la descolgó y la estrujó para escurrir el agua.

—Hacemos un buen equipo.

—Al menos para pescar —bromeó Lucía.

—Al menos para pescar. —Víctor dejó la caña en el suelo y le tendió la mano—. ¿Tienes hambre?

—Sí, no he comido nada en toda la tarde.

—Vamos. La cena está lista.

Víctor había preparado la mesa sobre el césped, junto a la cristalera del salón: mantel rojo, cubertería fina y una botella de albariño, abierta. Dos velas encendidas y un bol de tallarines con verduras y aroma a albahaca fresca la presidían.

Entre bocado y bocado, entre copa y copa, hablaron con calma de la noche que habían pasado juntos, de cómo se había sentido cada uno; pero las miradas profundas que se dedicaron, las expresiones de sus rostros, fueron más elocuentes que las palabras. Sentados frente a frente, el estatus de cada uno, el mundo que les rodeaba individualmente, quedó lejos de estar, si quiera, en un segundo plano: sencillamente, no existía; sentados frente a frente tan solo eran Víctor y Lucía, un hombre y una mujer cuyos cuerpos vibraban en compañía el uno del otro.

Sumergidos en la conversación, los platos quedaron vacíos, las velas medio consumidas, la botella de vino agotada. Se hizo un silencio cargado de emociones contenidas, retenidas por la mesa de mantel rojo que los separaba. Lucía extendió los brazos entre platos y cubiertos llamándole al contacto, mirándole arrebatada. Víctor puso las manos sobre las de ella, le acarició las palmas, perfiló sus dedos suaves y delgados.

—Me gusta cómo me tocas… Me gustas todo tú.

El hilo de voz que transportó las palabras de Lucía salió de su boca sin filtro, sin matizaciones. Y Víctor permaneció callado, mirándola a los ojos. Unas lágrimas espontáneas estuvieron a punto de asomar por sus párpados, pero consiguió dominarlas.

—Tú… —A Víctor se le atascaron las palabras en la garganta—. Contigo yo…

—Schhh…

Lucía bordeó la mesa sin apartar la mirada y le besó en los labios. Descargó su deseo con tanta pasión que derramó una de las copas. El vino fluyó sobre el mantel como un torrente y empapó la camisa de Víctor. Lucía agachó la mirada, apoyó la frente en la suya y contempló el desastre.

—Lo siento —musitó con una sonrisa y un punto de indiferencia.

—No importa.

Lucía se sentó sobre sus piernas y desabrochó los botones de la camisa uno a uno; la deslizó por su pecho empapado, por los hombros, por los brazos, y la dejó caer sobre el respaldo de la silla. Luego las manos regresaron al pecho, lo acariciaron, se recrearon en la tensión de los músculos, en cada detalle de su torso; después continuaron hacia abajo sin vacilar, arrastrándose imparables por la senda que terminaba en la más secreta intimidad de Víctor, y desabrocharon la hebilla del cinturón, la apartaron, soltaron también los botones del pantalón. Una de las manos, hábil y lujuriosa, se introdujo en la entrepierna, abrazó el miembro enhiesto. Víctor, callado y tembloroso durante todo el proceso, gimió por el contacto.

—¿Quieres que vayamos…?

Lucía selló sus labios con un dedo.

—Quiero que me lleves a la cama.

Víctor la asió por las nalgas; se puso en pie. Ella se elevó con él abrazada a su cintura con las piernas, inhalando su aliento.

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Próximamente: CAPÍTULO 7.

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