CAPÍTULO 5 – “Abrió los ojos” – Aure González

– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 5

Martes, 6 de agosto

Lucía pasó la mañana sentada en el sofá escuchando música rodeada de cojines a modo de fortaleza. No había probado bocado en todo el día, ni siquiera se había vestido; una congoja asfixiante se aferraba a su estómago desde primera hora. Tan solo se levantó un par de veces para estirar las piernas: breve paseo por el salón, mirada por la ventana y vuelta al castillo por cuyas mullidas almenas se colaba a placer la incertidumbre.

Cerca del mediodía pensó que iba a desfallecer, pero la idea de cocinar se le antojaba un esfuerzo enorme, un gasto de energía que no estaba dispuesta a derrochar: debía conservarla para afrontar las situaciones venideras. Cuando el hambre por fin se impuso a la congoja, salió de casa para picar algo en El Despacho y ventilar las ideas.

Pidió un sándwich y una botella de agua que el camarero no tardó en servirle.

Morder y masticar le supusieron un costoso trabajo; deglutir la bola, un doloroso tránsito por la aridez de su garganta al que tuvo que ayudar con pequeños sorbos. A mitad de la consumición, abandonó: había repuesto fuerzas suficientes como para regresar a casa y sobrevivir unas cuantas horas más en el interior de su fortaleza.

En ese momento le sonó el móvil.

—Hola, Ester —dijo con desánimo.

—¡Hola!

Por el tono de voz, su hermana parecía haber resurgido del pozo en el que se encontraba, quizá alentada por las esperanzas del día anterior. Lucía trató de mantenerle el ánimo:

—Ayer hice algunas llamadas. Espero poder solucionarlo, pero aún no sé nada.

—De eso quería hablarte. Esta mañana me han llamado del banco para que fuese antes de las dos. Salgo ahora mismo de la oficina —afirmó muy contenta.

—¿Qué te han dicho?

—Que ha sido un error por su parte y que no hay ningún problema. Nos han aplazado los pagos de manera indefinida. ¡No me lo puedo creer! ¿Con quién has hablado? Incluso me han pedido disculpas. Por favor, dale las gracias de mi parte a tu contacto, nos ha devuelto el aliento.

—No te preocupes, se las daré.

—Y gracias también a ti, hermanita. Siempre estás ahí cuando te necesito.

—Ya te dije que haría lo que pudiera. Sinceramente, no esperaba conseguir gran cosa; pero ya ves, a veces el viento sopla a favor.

—Sea como sea, gracias de nuevo.

—De nada. Dales un beso a los niños y saluda a Manu de mi parte.

—Lo haré. Voy a llamarle ahora mismo. Cuando se lo cuente no lo va a creer.

Las pulsaciones de Lucía se aceleraron nada más colgar; y parte de la incertidumbre desapareció como por arte de magia, la magia de Víctor que ahora ella debería corresponder. Estaba convencida de que sucedería, que él cumpliría su parte del trato, pero tener la certeza le hizo temblar.

«¿Y ahora adónde coño llevo yo a cenar al consejero delegado del banco?», masculló. Un hombre de su posición estaría acostumbrado a los mejores restaurantes de Madrid, pero la factura tendría que pagarla ella. Miró al infinito, se acarició la barbilla, bajó la vista a su plato y observó el medio sándwich mordisqueado. «Dijo que le daba igual el sitio, ¿no? Algo que me guste a mí. Pues cenaremos aquí, en mi terreno».

 

A las siete en punto el móvil volvió a sonar. Lucía destruyó las murallas de cojines y abandonó los restos de su fortaleza para cogerlo. Aunque había memorizado el número de Víctor en la agenda, no necesitó mirar la pantalla para saber de quién se trataba. Lo dejó emitir unos cuantos tonos sobre su mano y descolgó con aire distraído, fingiendo no saber de quién se trataba.

—¿Sí?

—Hola, Lucía, soy Víctor.

—Hola, Víctor.

—Creo que mi parte del trato está encaminada. ¿Sigue en pie la cena?

—Por supuesto.

—Si quieres puedo pasar a recogerte.

—No es necesario. He reservado una mesa en un restaurante cerca de mi casa, a las nueve.

—De acuerdo. Si me envías la dirección, nos vemos allí.

—Vale. Ahora mismo te la mando.

Nada más colgar el teléfono se dio cuenta de lo distante y fría que se había mostrado con él; ni siquiera una pizca de amabilidad en una conversación que había zanjado unilateralmente en menos de medio minuto. «¿Por qué me pone tan nerviosa hablar con él? Me estoy comportando como una adolescente», se reprochó. Desbloqueó el teléfono, buscó su nombre en la agenda y se quedó mirando el número con la intención devolver la llamada para disculparse.

No fue capaz. 

Lucía salió de casa con la suficiente antelación como para llegar antes que él. Se había puesto un vestido blanco, vaporoso al contacto, sugerente a la vista, corto para la imaginación. Caminó agitada por la acera intentando andar despacio y respirando profundamente para relajarse; en unas horas, se decía a cada paso, todo habría terminado.

La terraza de El Despacho estaba atestada de clientela a pesar de ser un martes de agosto. Sorteó el bullicio hábilmente: esquivó mesas, sillas, bolsos que colgaban de los respaldos y niños jugando a su libre albedrío; sorteó sus propios agobios y entró.

—Buenas noches —saludó a un camarero de turno de noche al que no conocía. 

—Buenas noches —contestó él.

—Había reservado una mesa para dos a nombre de Lucía Vergara.

El camarero abrió su libreta, la hojeó e hizo una anotación en ella.

—Acompáñeme, por favor. Ya está preparada.

Lucía caminó tras él hasta el fondo del local. Por primera vez se sintió extraña en aquel lugar que tantas veces había frecuentado junto a Sandra.

—Es esta —dijo el camarero señalando la última mesa, la del rincón más apartado, la más íntima.

La ubicación parecía haber sido escogida a conciencia para el encuentro. Sin embargo, Lucía no había especificado ninguna preferencia; había sido fruto de la casualidad. «Como casi todo lo que me sucede últimamente», pensó.

—Gracias.

Antes de que el camarero se marchase pidió la bebida.

Tomó asiento, dejó el bolso a un lado y miró la hora en el móvil: 20:56. «Espero que no se retrase», se dijo traqueteando con los dedos sobre el mantel. Abrió la bandeja de entrada del correo electrónico y releyó la respuesta de Víctor de la tarde anterior; se sorprendió a sí misma embobada como una quinceañera que ha recibido su primera nota de amor. «Solo se trata de un mensaje de cortesía», farfulló. Guardó el móvil y echó un vistazo hacia la puerta: nada. Aun así, mantuvo su atención en ella, quería verle llegar.

Él entró instantes después. Vestía camisa negra y vaqueros oscuros ceñidos por un cinturón de hebilla ancha, dorada. Preguntó al camarero. Este le señaló la mesa con discreción y cruzaron las miradas en la distancia. Víctor atravesó el restaurante con porte imponente, destacando entre los presentes como un pez de colores en medio de un banco de sardinas.

—Hola —dijo él con voz segura, cálida, dulce.

—Hola —respondió ella sin apenas abrir la boca.  

Lucía se puso en pie; dos besos de compromiso; miradas de arriba abajo por parte de ambos.

—¿Has tenido problemas para encontrar el sitio?

—Ninguno. Puse la dirección en el GPS; la tecnología te lleva a todas partes.

—Cierto. —De nuevo, esa sonrisa nerviosa que no conseguía dominar llenó la cara de Lucía. 

Se sentaron.

—¿Llevas mucho tiempo esperando?

—No, he llegado hace diez minutos. Me he entretenido mirando el correo.

—Esta mañana he hablado con el director de la sucursal. —Víctor se remangó la camisa, cruzó los brazos sobre la mesa—. Creo que a lo largo de la semana quedará todo solucionado.

—En realidad, ya lo está. Mi hermana me ha llamado a mediodía después de reunirse con el director. Les han aplazado los pagos de forma indefinida. No sabes cuánto te lo agradezco.

—Olvídalo. Solo es dinero; el banco sobrevivirá a este contratiempo —bromeó.

Lucía volvió a traquetear con los dedos sobre el mantel, inquieta.

—Supongo… Pero la verdad es que no puedo quitarme de la cabeza que estoy en deuda contigo.

—Pues no lo estás. Que hayas aceptado cenar conmigo es más que suficiente.

El camarero les trajo una botella de Albariño en una champanera repleta de hielo y dos botellas de agua. Sacó la libreta para tomarles nota. Abrieron la carta y eligieron al azar: a ella poco le importaba la comida, y él tan solo deseaba que el camarero desapareciese de su vista.

—Has pedido vino —observó Víctor cambiando de conversación—. Pensaba que no bebías alcohol.

—Solo a veces. Este blanco me gusta.

Víctor llenó las copas hasta la mitad rodeando la botella con la servilleta, con elegancia. 

Bebieron.

—¿Vienes mucho por este sitio?

—Bastante. No está mal y me pilla cerca de casa. ¿Qué te parece?

—Es agradable.

La sonrisa nerviosa se apoderó otra vez de Lucía.

—Pensé que te resultaría demasiado sencillo.

Víctor frunció el ceño, pero más que molesto pareció complacido por el comentario.

—Eso es porque tienes una idea equivocada de mí. Al contrario de lo que puedas pensar, soy una persona muy normal.

Les sirvieron los platos. Probaron un bocado y bebieron un poco de vino. 

Lucía se sintió de pronto más tranquila. Aunque la presencia de Víctor aún le producía gran agitación, empezaba a disfrutar de su compañía. Llegados a ese punto, la conversación comenzó a fluir de forma más espontánea y se atrevió a preguntar por su mayor inquietud:

—¿Sabes…? Me intriga la razón de tu interés en mí la otra noche en el club…, de cenar conmigo hoy —dijo llevándose la copa de vino a los labios.

Víctor reaccionó como si no esperase aquellas palabras. Tardó unos segundos en contestar:

—Sinceramente, no me agradan las chicas del club, nunca lo han hecho; tampoco me atrae demasiado ese ambiente. Pero tú me pareciste distinta. En realidad, no entiendo muy bien por qué trabajas allí, no parece lugar para ti. Supongo que cuando me llamaste con el problema de tu hermana, vi la oportunidad de conocerte lejos de allí.

—No has respondido a mi pregunta.

Víctor dio un sorbo a su copa y apoyó los codos en la mesa. 

—Como te dije, creo que eres especial. —Por primera vez, él se puso nervioso. Hizo un pequeño silencio antes de continuar—. Cuando me miraste mientras hacías tu show… No sé si debería atreverme a decir que me atrae la persona que hay detrás de esa mirada.

Lucía ahogó una pequeña carcajada. 

—Pues te has atrevido a decirlo. —Le miró con ternura—. ¿Qué crees que hay detrás de mi mirada?

—Bueno… —continuó Víctor titubeante—. Me hiciste sentir… Hacía demasiado tiempo que una mujer no me hacía sentir así. —Se ruborizó, fue incapaz de continuar—. Ahora tú. ¿Por qué aceptaste?

—En parte por la desesperación de mi hermana. —Lucía bajó la vista sonrojada.

—¿Y en parte…?

—Y en parte también porque me apetecía hacerlo. Supongo que tu interés por mí despertó mi curiosidad. —Le miró dulcemente atusándose el pelo sin ser consciente de ello—. ¿Puedo contarte un secreto?

—Por favor…

—Ayer, cuando te llamé, no sabía cómo reaccionarías. No sé, todo fue tan precipitado, tan extraño, que no tuve tiempo de pensar. Fui a tu despacho echa un manojo de nervios.

—Me di cuenta. Pero ¿por qué?

—Eres el consejero delegado. Los empleados estamos acostumbrados a ver a los directivos como una a especie de seres superiores, inaccesibles.

—Pues ya ves que no lo soy. Soy un hombre normal y corriente.

Lucía volvió a dedicarle una mirada dulce, esta vez consciente. Apuró el vino y rellenó las copas.

—¿Quieres saber una cosa más? —dijo alentada por el Albariño.

—Dime.

—El domingo te estuve buscando por el club.

—Ya te dije que no suelo ir.

—Lo sé. Y esperaba no encontrarte; deseaba no encontrarte. Pero la realidad es que me sentí desilusionada. Supongo que en el fondo lo que esperaba era… —Lucía no supo cómo terminar la frase, o quizá no quiso hacerlo.

Él salió al paso:

—Me alegro de que me llamaras.

—Yo también me alegro de haberlo hecho.

Tras un silencio hilarante continuaron charlando, conociéndose mutuamente a base de pequeñas pinceladas. Cuando terminaron la botella de vino, hacía rato que los platos habían quedado olvidados. Lucía alzó la mano para llamar al camarero y este se acercó a la mesa para recoger el servicio.

—¿Van a tomar algo de postre?

Lucía miró a Víctor.

—¿Te apetece?

—No. Por mí está bien así.

—Nada más entonces —le dijo al camarero—, si me puede traer la cuenta…

—Enseguida.

Cuando el camarero hubo desaparecido, Lucía extendió los brazos sobre la mesa y se acercó a Víctor arrastrada por un impulso. Le habló con voz queda:

—¿Te gustaría tomar una copa en algún sitio más tranquilo?

—Me encantaría.

—El único problema es que no sé dónde llevarte; por aquí no hay nada que merezca la pena, al menos para mí.

Víctor se encogió de hombros con emocionada indiferencia.

—Podemos ir a cualquier parte.

—Decide tú esta vez. Yo elegí el restaurante.

El camarero trajo la cuenta, la dejó sobre la mesa. Lucía sacó el monedero y puso unos billetes en el platillo de plástico. Se levantaron sin esperar al cambio.

—Si quieres, podemos ir a mi casa —dijo Víctor. Se arrepintió al momento—. Aunque quizá eso te incomode. Olvídalo. 

—No, no. Está bien. —Lucía sintió la necesidad de coger su mano, de acariciar aquellos dedos largos y cuidados, de estrechar su cuerpo contra el suyo; pero cuando su físico inició el movimiento de acercamiento, su mente consiguió dominar el impulso y empujó la puerta para salir—. Seguro que allí no hay tanto jaleo.

Caminaron por la acera distantes, el uno pegado al bordillo y la otra a ras de la pared; aunque unidos por fuerzas invisibles, contrarias, que no les permitían alejarse o acercarse más, como si fuesen imanes de polos opuestos anclados en la distancia.

—Tengo que ir a casa a por mi coche.

—Podemos ir en el mío, después te traeré —se ofreció Víctor.

—¿Estás seguro?

—Claro. No me importa.

—Vale.

Víctor había dejado el coche en un aparcamiento subterráneo cercano al restaurante. Bajaron las escaleras de acceso y caminaron por la calle central. Cuando apretó el botón del mando a distancia de la llave, frente a ellos parpadearon los intermitentes de un BMW X5 blanco. Subieron.

El frío tacto del cuero atravesó el vestido de Lucía: el sudor del calor de agosto, sublimado el vino, hizo que se le pegara a la piel. Víctor giró la llave en el contacto y el potente sonido del motor se escuchó apagado. Las luces se encendieron automáticamente.

Era la primera vez que Lucía subía en un coche así, la clase de vehículos que habitualmente manejaban los miembros del club; nada que ver con su destartalado utilitario. Circularon en silencio por las calles del aparcamiento, él maniobrando y ella con la vista al frente preguntándose hasta dónde se alargaría aquella noche de verano a la que ya no quería poner fin.

La rampa de salida les devolvió a la superficie en un estrecho callejón. El navegador sintonizó la señal del satélite y comenzó a dar indicaciones por el intrincado laberinto del centro de la ciudad. Varios giros después, la Gran Vía se dibujó delante de ellos solitaria, iluminada por cientos de farolas. Se detuvieron en un semáforo y los dos contemplaron ansiosos la luz roja que habría de tornarse verde.

—¿Es nuevo? —preguntó Lucía para retomar la conversación.

—Tiene seis meses, se puede decir que sí.

—No deja de ser sorprendente que con esta crisis aún haya gente que pueda permitirse determinados lujos.

—En realidad, no lo he comprado yo, es del banco. Privilegios de los directivos. —Víctor giró la cabeza hacia ella— ¿Te gustan los coches?

—Sí, pero el sueldo no me llega para cambiar mi viejo Ibiza.

—¿Quieres probarlo?

Lo primero que a Lucía le vino a la cabeza fue que aquel enorme vehículo le venía grande. No se imaginaba a sí misma al volante de semejante máquina.

—Me encantaría. Quizá un día de estos podrías dejarme conducirlo —respondió con una sonrisa evasiva.

Víctor no la entendió como tal.

—Cógelo ahora. Aprovechemos el semáforo para cambiarnos.

Víctor desabrochó su cinturón de seguridad y se apeó. Lucía, desconcertada, tardó unos segundos en comprender lo que ocurría. Finalmente abrió la puerta y bajó también.

Se cruzaron delante del coche iluminados por los potentes faros. Se rozaron, se sintieron el uno al otro intensamente. Se miraron durante un instante y entraron de nuevo en el BMW.

—¿Has conducido alguna vez un coche automático?

—No —respondió Lucía observando aquel cuadro de mandos lleno de luces y botones desconocidos que tenía delante.

—Es muy sencillo. Solo hay dos pedales, el freno y el acelerador. Pisa el acelerador suavemente y las marchas irán cambiando solas. Cuando frenes, reducirán.

—Parece fácil, sí.

—Al principio lo notarás un poco raro, pero enseguida te acostumbrarás.

Lucía probó el tacto de los pedales.

—No sé si podré hacerlo con estos tacones.

—Prueba a quitártelos.

Lucía se descalzó y puso los zapatos en el asiento trasero.

—Mucho mejor ahora. Casi no podía moverme.

El semáforo cambió a verde. Lucía levantó el pie del freno y lo puso sobre el acelerador. El contacto de la piel desnuda con los rígidos pedales le resultó extraño, en cierto modo sensual. Presionó suavemente y el coche comenzó a avanzar.

Víctor le indicó el camino desvío tras desvío y lo que tenía que hacer cada vez que dudaba qué palanca tocar o no tocar. Mientras lo hacía, aprovechaba para observarla de perfil, y ella, sin apartar la mirada de la carretera, sentía su mirada transformada en un hormigueo en el vientre.

—Gira a la derecha en el próximo cruce, mi casa está ahí mismo —le indicó. Habían llegado a Majadahonda.

A ambos lados de la calle se erguían, imponentes, decenas de chalés uno tras otro hasta donde alcanzaba la vista. Lucía tuvo la impresión de haber viajado a otro mundo sin cambiar siquiera de región.

—Para ahí, en el número 13.

Lucía pisó el pedal del freno. El coche se detuvo en la puerta con suavidad. Apagó el motor y miró por la ventanilla. Una valla de piedra con rejas negras, atravesadas por un tupido seto cuajado de flores blancas y moradas, se alzaba impenetrable en la acera. Al otro lado se intuía una vivienda de una sola planta construida en ladrillo y madera. 

—Parece una zona muy tranquila.

—Lo es, ¿entramos?

—Sí.

Pasadas las once de la noche, la temperatura aún era agradable. En la calle apenas se escuchaba nada, tan solo el sonido de algunos grillos que flotaba en el ambiente y el rumor de las hojas de los árboles agitadas por el viento. Víctor abrió la cancela de la valla; se internaron en el jardín por un camino empedrado que se bifurcaba para dar acceso a la puerta principal y a la parte trasera de la casa. Lucía miró a los lados mientras lo atravesaban: había varios árboles desperdigados en una enorme pradera de césped, una pequeña fuente a lo lejos y algunas estatuas que la penumbra no le permitió identificar.

Subieron los escalones que accedían al porche y entraron en la casa hasta el salón. Lucía se sentó en el sofá.

—¿Qué te apetece? —preguntó Víctor abriendo un sencillo mueble bar.

—¿Qué vas a tomar tú?

—Ron Brugal con naranja, es suave. Lo preparo con mucho hielo y un poco de zumo.

—Suena bien. Creo que tomaré lo mismo, gracias.

Víctor preparó las copas en el mueble bar, las dejó sobre la mesa y se sentó junto a ella.

Silencio.

Sus miradas se encontraron en medio de la íntima iluminación del salón. Sonrisas nerviosas, incontrolables, y gestos de hilaridad asomaron a sus rostros. Apartaron la mirada y bebieron un trago.

—¿Has pensado en recuperar tu antiguo trabajo? —preguntó Víctor para deshacer la tensión latente que, como un velo delgado, trasparente pero casi tangible, se interponía entre ellos.

—No. Ya no me interesa. Me gusta más cómo es mi vida ahora.

—De todos modos, ya sabes que puedes regresar al banco cuando quieras.

—No te preocupes, si lo necesito te llamaré.

Silencio de nuevo.

Dieron otro sorbo y dejaron las copas sobre la mesa.

—¿Qué te parece mi casa?

Aunque ya se había fijado en todo, Lucía echó un vistazo distraído a su alrededor.

—Me gusta. Está decorada de manera sencilla y moderna. Tienes buen gusto. —Le miró a los ojos. 

—En realidad, no la he decorado yo —dijo Víctor sin apartar la mirada—, encargué que lo hicieran.

—Y he visto que tienes piscina. —Lucía señaló al otro lado de la cristalera que separaba el salón del jardín.

—Bueno, no es muy grande, aunque sí que me ocupé de…

—Schhh… —Lucía le interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios—. No me interesa tu casa. —Le acarició la barbilla, le atrajo hacia sí y le besó.

La tensión acumulada durante horas se deshizo en sus bocas. Víctor entrelazó los dedos en el pelo de Lucía, y ella se estremeció. Sus lenguas se encontraron, se conocieron, jugaron a perseguirse como dos jóvenes que flirtean por primera vez en el rincón más discreto de un parque. Lucía le acaricio la mejilla con la palma de la mano, sintió la agradable aspereza de su barba de varios días; le mordió el labio inferior, incisiva pero contenida, y lo soltó lentamente después: lo dejó escapar resbalando entre los dientes hasta rodearlo con los labios; se alejó unos centímetros. Víctor permaneció quieto, saboreando intensamente el beso.

—Esto no me lo esperaba —dijo con los ojos entrecerrados.

Silencio. De nuevo aquel velo de tensión se extendió entre ellos.

Lucía lo deshizo:

—Hace calor aquí adentro. ¿Nos sentamos en la piscina?

—Vamos.

Lucía caminó hacia la cristalera; abrió la puerta y salió al jardín. Víctor siguió sus pasos con una copa en cada mano, el corazón palpitando y el estómago comprimido. Lucía se quitó los zapatos, los dejó a un lado y se sentó en el borde; metió los pies en el agua, iluminada desde el fondo por varios focos: la lisa superficie se llenó de ondas.

Víctor se sentó a su lado sin importarle que se le mojaran los pantalones.

—Está tibia. —Lucía movió los pies, agitó el agua.

—Siempre lo está en las noches de verano.

—Dan ganas de bañarse…

—¿Te apetece darte un chapuzón? —preguntó Víctor levantando las cejas.

—Aha.

—Pero no tengo…

Lucía se puso de pie. Él alzó la vista, recorrió su cuerpo, y la frase que había empezado a pronunciar quedó en suspenso. Ella dejó caer el vestido al suelo; abandonó la braguita en el borde, que cayó al agua; se zambulló de un salto. Víctor la siguió con la mirada bucear hasta el centro de la piscina, hasta que emergió como una sirena de piel brillante.

—Tienes que probarla, ¡está buenísima! —reclamó alborozada su presencia.

—¿Quieres que me bañe contigo?

—Aha. —Lucía le hizo un gesto con la mano.

Víctor se desnudó sentado en el borde. Se zambulló en el agua y emergió justo delante de ella, a unos centímetros de su sonrisa, de sus ojos verdes, de sus pechos enhiestos por el brusco cambio de temperatura.

Silencio.

Víctor le rodeó la cintura con los brazos, sin titubeos, firme, delicado. Lucía acarició con deseo el torso desnudo de quien un día fuera su inalcanzable jefe; alzó la mirada hacia él, y él la bajó hacia ella. Inmersos en un mar de sensaciones encontradas, arrobados en aquella húmeda parcela de intimidad, volvieron a besarse.

El cómo, el cuándo y el dónde se habían conocido, el escaso tiempo transcurrido desde entonces, quién era cada cual y las razones que habían cruzado sus vidas…, todo aquello se desvaneció, como diluido en el agua de la piscina, en el instante en que Lucía se aferró a la cintura de Víctor con las piernas.

Él la llevó hasta la orilla sin permitir que sus labios se despegasen. Ella arqueó el cuerpo contra el áspero borde: su cuello, sus hombros, su pecho y su vientre quedaron expuestos. Víctor la contempló fascinado; le acarició el pelo, las mejillas aún sonrosadas por los efectos del alcohol, la barbilla redondeada y suave; besó su cuello, sus hombros, sus pechos, asió firmemente sus nalgas y la penetró.

Sumergidos en el agua calma apagaron el fuego que había estado ardiendo entre ellos desde hacía días sin que ella lo intuyese, mientras él le señalaba el camino. Una visita, esporádica pero no casual, al club; una conversación en la barra; una tarjeta de cartón con un número de teléfono; una llamada tímida, desesperada; un ven a verme a mi despacho, dieron como resultado aquella noche dos cuerpos empapados, extenuados, abrazados sobre el césped bajo la luna de agosto. Y esa noche todo cambió para ambos: los dos lo percibían del mismo modo que intuyeron desde el primer momento cuál habría de ser el desenlace de aquella calculada cena; una cena justificada por la ayuda de Víctor y disfrazada de cortesía por parte de Lucía.

Durante unos instantes, quizá minutos, contemplaron el cielo estrellado de Madrid; hasta que el calor del orgasmo abandonó sus cuerpos y el frío de la madrugada les traspasó la piel.

—¿Te quedarás a dormir?

—¿Quieres que me quede?

—Quiero que te quedes.

………….

PRÓXIMAMENTE: CAPÍTULO 6

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