Capítulo 4 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

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– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 4

Lunes, 5 de agosto

Un constante repiquetear de agua interrumpió el sueño de Lucía. Dio media vuelta, se cubrió con la sábana y miró frunciendo el ceño la luz que entraba por la ventana. Adormecida, confundida, extendió el brazo hasta la mesilla y miró la hora en el móvil; pasaban las once de la mañana. Entonces fue consciente de la realidad: Sandra estaba en la ducha.

Echó los pies al suelo y caminó hasta el baño.

—Buenos días.

—¡Hola! —la voz de Sandra se escuchó, indirecta, desde el otro lado de la mampara.

—¿Qué tal has dormido?

—Poco. Un par de horas, ¿y tú?

—Me acabo de despertar.

Lucía se agachó sobre el lavabo y se estampó un puñado de agua en la cara para aclararse las ideas. Sandra cerró el grifo de la ducha y abrió la mampara. Durante unos segundos se miraron a través del espejo sin decir nada.

—¿Me pasas una toalla?

Lucía agarró una de la estantería y se la tendió.

—Siento haberte despertado con el ruido de la ducha.

—No importa, ya dormiré esta noche. ¿Trabajas hoy?

—Sí.

La conversación se detuvo como si no tuviesen nada más que decirse; se hizo un silencio incómodo que ninguna parecía atreverse a romper.

—Voy a hacer café. ¿Te apetece? —dijo finalmente Lucía.

—No. Tengo mil cosas que hacer, se me hace tarde. 

—Entonces me daré una ducha primero.

Lucía amagó con traspasar la mampara, con desaparecer de la vista de Sandra. Pero esta tomó su mano y la detuvo.

—Lo de anoche solo fue…

—Sí, lo de anoche…

—La coca tuvo la culpa.

—Sí, la coca tuvo la culpa —secundó Lucía.

Una sonrisa nerviosa se dibujó en sus caras.

—Nunca más —dijo Sandra—. No te sienta bien, pierdes el control.

—Tú también lo perdiste un poco, ¿no?

Sandra ladeó la cabeza y alzó los hombros.

—En realidad, lo que me hace perder el control son mis propios impulsos, la coca solo me da un empujón —se sinceró. Se acercó un poco más a Lucía y le habló con claridad—: Me ha gustado hacerlo contigo, pero creo que es un juego demasiado peligroso para dos mujeres inmersas en un ambiente como el nuestro. Podría traernos problemas.

Lucía reflexionó unos instantes y llegó a la conclusión de que Sandra tenía razón. También concluyó que no conocía a su amiga tanto como pensaba.

—Será mejor que lo olvidemos, ¿de acuerdo? —continuó Sandra—. Dejémoslo en una locura de una noche.

—Una locura de una noche… Sí, dejémoslo ahí.

Sandra le dio un beso en la mejilla y desapareció en el dormitorio; Lucía se metió en la ducha.

Arrastrada por sus manos, la espuma de gel recorrió todo su cuerpo retirando la capa de locura, de lujuria, con la que había convivido las últimas horas. Agarró el bote de champú y comenzó a lavarse el pelo. El masaje en la cabeza le hizo cerrar los ojos.

—Me voy. Hablamos —escuchó decir a Sandra en la distancia.

—Vale. Hablamos.

—Disfruta de tus días libres.

Lucía permaneció pensativa bajo el agua tibia mientras escuchaba cerrarse la puerta de casa. Decenas de imágenes pasaron a toda velocidad proyectadas en sus párpados como una película cuya protagonista era Sandra; aún tenía el corazón algo acelerado por los efectos de la coca. «Un juego peligroso». Suspiró. «Pues me ha gustado jugar». Se aclaró el pelo, agarró una toalla de la estantería y se arrebujó en ella.

El sonido de su móvil rompió la calma de la casa, le deshizo los pensamientos. Lucía dio un respingo y salió al dormitorio para cogerlo. En la pantalla aparecía el nombre de su hermana.

—Buenos días, Ester —contestó en tono neutro.

—¿Te acabas de levantar?

—Salía de la ducha cuando he oído el teléfono.

—¿Qué tal estás?

—Bien, ¿y tú?

—Un poco preocupada.

—Ya me imagino. Papá me ha contado lo de Manu.

—Ha sido un revés. Si no encuentra algo pronto, vamos a tener problemas para llegar a fin de mes —la voz de Ester se quebró.

—Lo siento mucho. Supongo que ahora tendréis que tirar de ahorros.

—Eso me temo. Pero, aun así, echando números hemos calculado que no aguantaremos más de dos o tres meses.

—¿Y qué vais a hacer?

—Por eso te llamaba… En realidad he estado todo el fin de semana dándole vueltas a si debía hacerlo o no. Habíamos pensado que quizá tú…

—No sé qué podría hacer yo para ayudaros.

—Necesitamos aplazar los pagos de la hipoteca durante algún tiempo, al menos hasta que Manu encuentre empleo. Pero el director de nuestra oficina nos ha cerrado todas las puertas. —El tono de Ester se tornó casi en súplica—: Tú trabajaste en el BKS, quizá conozcas a alguien en las oficinas centrales con quien podamos hablar.

Lucía se quedó en blanco.

—No lo sé, Ester. No tengo ni idea de cómo funcionan esos trámites ni tampoco relación con nadie del departamento financiero; ni siquiera estaba en la misma planta que el mío. ―Silencio. Al otro lado de la línea tan solo se escuchó la muda desesperación de Ester. A Lucía se le encogió el corazón—. Déjame pensar en ello, ¿vale? Te llamo a lo largo de esta semana —dijo tratando de ofrecerle algo a qué aferrarse—. Intentaré hablar con alguno de mis antiguos compañeros, a ver si alguien conoce a alguien que pueda mover algo. Pero no te prometo nada.

—Gracias, hermana, mil gracias.

—No tienes por qué dármelas. Si está en mi mano, trataré de solucionarlo; eso sí puedo prometértelo.

—Vale. Un beso.

—Un beso. Y dale otro a los niños de mi parte.

Dejó el móvil sobre la mesilla y se sentó en la cama.

En realidad, no tenía ni idea de cómo ayudar a su hermana; sabía que difícilmente el departamento financiero iba a atender aquella petición, si es que conseguía hacérsela llegar a alguien. Entonces, una idea descabellada le pareció remotamente posible. Se levantó como un resorte y fue a buscar su bolso. Lo abrió, hurgó entre sus cosas y sacó la tarjeta de Víctor. El tacto era rugoso y tenía grabado, a modo de marca de agua, el logotipo del banco como fondo. En la parte central podía verse su nombre, «Víctor Samboal», y debajo de este su cargo en letras más pequeñas: «Consejero delegado». En la parte inferior izquierda aparecía en relieve su número de teléfono personal. En la derecha, su correo electrónico corporativo: vsamboal@bksgroup.com

Las dudas la atenazaron como alimañas de garras afiladas mientras sostenía la tarjeta; tuvo el presentimiento de que si le llamaba, fuera como fuese la conversación con él, su vida cambiaría para siempre. Si Víctor pensase que ella se había tomado unas confianzas que no eran las que había pretendido darle, ¿con qué cara le miraría si volvía a verle por el club? Por otro lado, si Víctor accedía a ayudarla, ¿en qué medida estaría en deuda con él? Cualquiera de las dos opciones sería complicada, muy complicada, de gestionar. «Necesito un café bien cargado». Entró en la cocina y preparó su cafetera italiana; la puso sobre la vitrocerámica y encendió el fuego.

Apoyada en la encimera, jugó con la tarjeta de Víctor pasándosela entre los dedos mientras revivía una y otra vez la conversación con su hermana, el tono suplicante de su voz. También recordó la conversación en la barra del club y lo que él le había dicho: «Si necesitas el trabajo, o cualquier cosa». «¿Los apuros de Ester entran en la categoría de cualquier cosa?», se preguntó. No estaba nada segura de que Víctor se refiriese a algo así cuando pronunció aquellas palabras.

La cafetera empezó a burbujear las últimas gotas de café. Apagó el fuego y se sirvió una taza. «Joder, no sé si me atrevo a llamarle —masculló en voz baja—. No me gustaría provocar una situación embarazosa». Bebió un sorbo y dejó la taza a medias en el fregadero. «Es muy sencillo: solamente tengo que marcar su número y pulsar la tecla de llamada», se dijo regresando al dormitorio. Dejó caer la toalla al suelo y se tumbó en la cama. «Y Ester está en apuros», continuó dialogando consigo misma mientras daba vueltas a la cabeza y a la tarjeta. Tras unos minutos, en los que la balanza de su indecisión anduvo inclinándose de un lado y de otro, agarró el móvil, desbloqueó la pantalla y tecleó el número de Víctor. Luego dejó la tarjeta sobre su vientre mientras sonaban los tonos de llamada, mientras masticaba la incertidumbre.

—¿Dígame?

—¿Víc… Víctor Samboal? —preguntó con voz temblorosa.

—Sí. ¿Con quién hablo, por favor?

—Disculpe que le moleste, soy Lucía Vergara.

—Ah! —Un silencio expectante se apoderó de la línea. Lucía contuvo el aliento—. Lucía… Qué sorpresa tan grata.

—Pensé que ya no se acordaría de mí —respondió nerviosa.

—¡Cómo olvidarte! Dime, ¿cuál es el motivo de tu llamada?

—Verá. El otro día me dijo que si necesitaba algo podía llamarle, y yo… me he tomado la libertad de hacerlo. Quizá piense que estoy loca, o que malinterpreto la confianza que creo que me dio la otra noche cuando…. Bueno, no sé… —comenzó a chapurrear atropelladamente.

—Para, para, para. —Víctor le cortó la frase con la voz templada—. Tranquila, no creo que estés loca y, por favor, tutéame.

—Gracias. —Lucía tragó saliva—. Hay algo de lo que me gustaría hablarte y que se me hace un poco difícil de explicar. Bueno, el caso es que…

—Parece algo importante —la interrumpió Víctor de nuevo—, y ahora mismo tengo que entrar en una reunión. ¿Por qué no vienes esta tarde a mi despacho y hablamos de ello con más calma?

—¿A tu despacho? —titubeó. Ni remotamente esperaba aquella respuesta.

—Claro. Estaré encantado de recibirte y de tratar ese asunto que tanto te preocupa.

—No sé… —Dudó unos segundos—. No sé si es adecuado que me vean mis antiguos compañeros subiendo a Dirección —mintió para tapar su congoja.

—Si ese es todo el problema, puedes entrar por el parking de directivos.

—No sé —repitió. El desconcierto se apoderaba de ella por momentos, pero ya no podía echarse atrás, no encontraba más excusas—. De acuerdo —aceptó.

—Perfecto. Mándame un mensaje con en número de matrícula de tu coche; mi secretaria la pasará a seguridad para que te autoricen.

—¿A qué hora voy?

—Sobre las seis. Mi despacho está en la última planta.

—Sé dónde se encuentra.

—Ok. Entonces te veo esta tarde.

—Vale.

Lucía tiró el móvil en la mesilla y se incorporó sobre la cama; no terminaba de creer lo que acababa de hacer.  «Dónde me estoy metiendo…». Se puso en pie y comenzó a deambular de acá para allá.

 

Apenas había tráfico en el Paseo de la Castellana. En la lejanía, libres de la polución habitual, Lucía vislumbró las majestuosas torres construidas sobre la antigua Ciudad Deportiva. Realizó un giro a la izquierda y tomó la vía de servicio que daba acceso a la torre del BKS.

Conocía de memoria cada entrada del edificio. Condujo directamente hacia el acceso del aparcamiento para directivos. Nada más aproximarse, el sensor que controlaba el acceso leyó la matrícula y le dio paso. Metió primera y entró controlando el temblor del pie del acelerador.

Circulando por las calles del subterráneo se sintió fuera de lugar: su Ibiza amarillo, carne de desguace, destacaba entre los lujosos coches allí estacionados como un punto negro sobre la nieve. A lo lejos localizó el ascensor y buscó un sitio para dejarlo cerca; afortunadamente, las plazas libres abundaban a causa de las vacaciones.

Salió del coche hecha un flan. Se había puesto el vestido nuevo y tacones largos, maquillado y peinado a conciencia, pero el bonito envoltorio no le servía para templar los nervios.

Parada delante del ascensor, pulsó el botón de llamada varias veces como quien aporrea insistentemente la puerta de una casa a la que no desea que le vean entrar. Tras unos segundos de agónica espera, se escurrió en el interior de la cabina acristalada. Miró el panel que tenía a su derecha; apretó el botón de la planta 21; se cerraron las puertas; le flaquearon las piernas.

Los números de las plantas empezaron a sucederse rápidamente en la pantalla del ascensor mientras Lucia la observaba sin pestañear: 1, 2…, 13, 14…, 18, 19, 20… Una suave deceleración detuvo la cabina y la voz automática del aparato le confirmó que había llegado a su destino: «Planta 21, Dirección». Se abrieron las puertas y salió al pasillo.

El silencio reinaba en el lugar como si allí no hubiera nadie. Incluso sus zapatos de tacón enmudecieron sobre la moqueta gris del suelo. Mientras caminaba, echó un vistazo a su alrededor: las paredes estaban pintadas en tonos crema y de ellas colgaban cuadros que, pensó, serían originales valorados en una fortuna. «Qué distinto es todo aquí arriba».

Al fondo del pasillo destacaba una puerta doble de madera oscura con picaportes gris plata, esbeltos, sencillos, estilosos. Lucía se detuvo confusa en la estancia que precedía a la puerta. A su derecha vio a una chica joven y morena, sentada detrás de una mesa, que escribía en el ordenador que tenía delante. Lucía dio por hecho que se trataba de la secretaria personal de Víctor.

Se acercó a ella con paso indeciso.

—Buenas tardes.

—Hola, buenas tardes. ¿Qué deseaba? —respondió la chica amablemente.

—Tengo una cita con Víctor Samboal, a las seis. —Pronunciar aquellas palabras le hizo sentir más fuera de lugar aún que haber estacionado en el mismo aparcamiento que el presidente del banco.

—Lucía Vergara, ¿verdad?

—Sí.

—El señor Samboal me ha pedido que la acompañe a su despacho. —La secretaria se levantó de su cómoda silla giratoria y condujo a Lucía hasta la puerta del despacho—. Pase y tome asiento, por favor. No tardará.

—Gracias.

Lucía estaba tan tensa que apenas se fijó en el lugar que atravesaba. Cuando alcanzó el otro extremo, observó su enorme mesa construida con alguna madera noble que no supo identificar. Sobre ella únicamente había un ordenador situado a la izquierda y algunos papeles perfectamente ordenados a la derecha. Detrás de la mesa estaba su sillón, de cuero negro con reposabrazos de madera, y tras este, se abría un enorme ventanal tintado a través del cual se veía gran parte de Madrid. Unos cuantos cuadros adornaban las paredes, todo minimalista, moderno, extravagante. Delante de la mesa había dos butacas de cortesía tapizadas con el mismo tipo de cuero del sillón.

Lucía continuaba dudando si había hecho lo correcto, si quizá habría sido mejor no llamarle. «Qué demonios hago aquí», murmuró; no podía dejar de preguntarse cómo había acabado en el despacho del consejero delegado del banco al que había pertenecido tantos años.

Víctor entró pasados unos minutos; cerró la puerta tras de sí. Lucía se levantó al escuchar el sonido del picaporte y se giró hacia él.

—Hola, Lucía. Buenas tardes —saludó con una gran sonrisa.

—Hola, Víctor —respondió escueta.

No sabía muy bien qué decir, cómo empezar aquella conversación: si ir al grano o dejar que él llevara la iniciativa, que le preguntara. «Eso haría más fáciles las cosas», se dijo tragando saliva.

Víctor caminó hacia a ella y le dio dos besos.

—Me alegro de verte. Siéntate, por favor.

Lucía obedeció presta como si aún estuviese delante de su jefe, un jefe del que le habían separado incontables escalones en el organigrama.

Víctor rodeó su mesa, dejó la chaqueta sobre el respaldo del majestuoso sillón y tomó asiento; desabrochó los botones de los puños de su camisa; se remangó pausadamente sin apartar la vista de ella, sin borrar la sonrisa de su cara. Y Lucía no sabía hacia dónde mirar, acalorada por la situación.

—¿Quieres tomar algo?, ¿agua?

—No, gracias. —Lucía se atusó el pelo, nerviosa. Le miró—. Veo que también recuerdas lo que bebo —sonó valiente, confiada, pero aquella soltura solo era un espejismo sobre la superficie de la tensión interior.

—Nunca olvidaré que me rechazaste una copa por una botella de agua.

—Lo siento. Supongo que debí parecer un poco grosera.

—En absoluto. Me agradan las personas que se atreven a decir lo que piensan. Ser grosero es otra cosa muy distinta.

—En ese caso, me alegro de haberla rechazado. —Por fin sonrió sinceramente, se relajó un poco. Sintió lo más parecido que podría sentir en aquel momento a estar cómoda. 

—Bueno. Cuéntame de qué se trata; espero poder ayudarte.

—En realidad, no es por mí. Es por mi hermana Ester. —Respiró profundamente y se lanzó—. Ella y su familia están pasando una mala racha; mi cuñado acaba de perder su trabajo.

—Entiendo. —Víctor arqueó las cejas sin perder la sonrisa.

—Podrían perder la casa. Han intentado negociar en su sucursal un aplazamiento de los pagos de la hipoteca, pero el director les ha dicho que no es posible. Mi hermana me ha llamado esta mañana muy preocupada para preguntarme si conocía a alguien en el banco que pudiera ayudarlos y, bueno, pensé que quizá tú podrías hacerlo. De verdad, si no fuera tan importante, no me habría atrevido a molestarte con una cosa así.

—No es ninguna molestia. Ya te dije que podías llamarme si necesitabas cualquier cosa; no le doy mi número personal a cualquiera. —Víctor la miró a los ojos del mismo modo que lo había hecho en la barra del Luna Llena un par de días antes—. Y, como te he dicho, estimo a las personas que se atreven a decir lo que piensan, a expresar lo que quieren. —Sacó una libreta de uno de sus cajones y tomó una pluma estilográfica dorada que llevaba colgada del bolsillo de la camisa—. Déjame los datos del préstamo y veré qué puedo hacer.

—No los he traído. —De pronto se sintió ridícula.

—Bueno, no importa. —Víctor devolvió la pluma al bolsillo y apartó la libreta a un lado―. Puedes enviármelos por correo electrónico; mi dirección viene en la tarjeta que te di. ¿Aún la conservas?

—Sí. Claro. Hoy los tendrás sin falta.

—Echaré un vistazo al expediente. Si está en mi mano, lo solucionaré.

—Gracias, muchas gracias, Víctor. —Lucía se quedó callada, rebuscó en su cabeza algo qué decir a continuación: no podía marcharse así, sin más—. Si de algún modo puedo devolverte el favor… —De nuevo se sintió ridícula: ¿qué iba a poder hacer ella por el consejero delegado?

Víctor se quedó pensativo un instante.

—En realidad, sí hay algo que podrías hacer por mí.

—¿Qué? —preguntó intrigada.

—Invitarme a cenar mañana.

—¿Invitarte a cenar? No… no sabría adónde llevarte.

—Da igual. Cualquier cosa estará bien.

Atrapada entre la espada y la pared, víctima de sus propias palabras, Lucía no pudo negarse.

—Vale —aceptó—. Pensaré algo.

—¿Te parece bien si te llamo sobre las siete?

—Me parece bien. Pero la cita está condicionada a la solución del problema —se atrevió a decir.

—Por supuesto. —Víctor aceptó el reto con un caballeroso ademán de cabeza—. ¿Trato hecho entonces?

—Trato hecho.

Los dos se levantaron al mismo tiempo, se estrecharon la mano satisfechos como si acabasen de cerrar un gran acuerdo comercial. Se despidieron en la puerta de tiradores plateados y Lucía abandonó la planta de Dirección con paso firme.

Confiaba en sacar a su hermana del atolladero, aunque para ello había tenido que dejar de lado las posibles consecuencias: consecuencias en las que no quería pensar y sobre cuyas dimensiones no se atrevía a elucubrar. Todo había sucedido tan deprisa que no había tenido tiempo para detenerse a reflexionar.

Víctor cerró las puertas de su despacho nada más verla desaparecer en el ascensor. Regresó sobre sus pasos y se sentó en su sillón; reclinó el respaldo; echó la cabeza hacia atrás. «Esos ojos verdes, su sonrisa, su frescura y lozanía, y ese desparpajo comedido tan contradictorio, tan…», en su imaginario no cabía espacio en esos momentos más que para ella. En la soledad de su despacho repasó cada gesto, cada palabra, cada momento de los últimos dos días de su vida en que ella aparecía.

Desde aquella pequeña charla de barra no había podido pensar en otra cosa. Sin embargo, una y otra vez trató de quitársela de la cabeza: las chicas del Luna Llena no acostumbraban a contactar con los miembros fuera del club, él lo sabía muy bien. Por esa razón, esa mañana, cuando recibió su llamada pidiéndole ayuda, no dejó que hablara, que se explicara, tan solo deseaba verla frente a frente en su despacho. No le importó lo que quisiera pedirle, lo que necesitase; quería verse a solas con ella fuera de aquel ambiente de vicio, lejos del murmullo de cientos de bocas parloteando obscenidades y otras tantas narices dando gusto al cerebro.

Miró la hora en el monitor de su ordenador: 19:56. Volando con su imaginación había devorado más de una hora como si hubieran sido unos pocos minutos. Abrió el correo electrónico antes de irse a casa y echó un vistazo a los mensajes nuevos. El último era de Lucía, lo había enviado apenas diez minutos antes:

Estimado Víctor:

Según la conversación que hemos mantenido esta tarde, a continuación te detallo los datos del préstamo hipotecario de mi hermana:

Muchísimas gracias por todo. Mañana espero tu llamada a las siete de la tarde.

Saludos.

Lucía Vergara.

Víctor respondió inmediatamente:

Hola, Lucía:

Acabo de leer tu mensaje. Mañana por la mañana me pondré en contacto personalmente con el director de la sucursal.

Un abrazo cordial.

Víctor Samboal.

Consejero delegado del BKS Bank – BKS Group.

 

………….

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