Capítulo 3 – ABRIÓ LOS OJOS – Aure González

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– PRIMERA PARTE –

ABRIÓ LOS OJOS

CAPÍTULO 3

Domingo, 4 de agosto

Lucía caminó somnolienta y descalza hasta la cocina disfrutando del frescor de las baldosas bajo los pies. Abrió la nevera; sacó una botella de zumo de naranja; bebió un trago; empezó a recuperar la consciencia tras un lento despertar. Pequeños fragmentos inconexos de la conversación con Víctor en la barra del Luna Llena, sus gestos, su mirada, el beso en la mejilla, el tacto de la tarjeta de visita entre sus dedos…; todo se aglutinó en su imaginario formando una amalgama de sensaciones demasiado densa, demasiado confusa, como para digerirla de una sola vez. Respiró hondo y miró el reloj colgado de la pared: las agujas marcaban más de las dos. Guardó el zumo, entró en el baño y abrió el grifo del agua fría. El primer contacto hizo que se le contrajesen los músculos. Después, el sudor de la noche se fue por el desagüe llevándose consigo la impronta que Víctor había dejado en ella horas atrás.

Salió de casa apresurada: antes de abandonar el club, Sandra había insistido en que se vieran para comer. Al doblar la última esquina la localizó en una de las mesas de la terraza de El Despacho, bajo la sombra de un toldo, toqueteando el móvil para matar el tiempo mientras esperaba. Lucía se sentó frente a ella en silencio.

—Buenos días, bella durmiente —saludó Sandra, risueña, tras los cristales de sus gafas de sol.

—Buenos días —respondió circunspecta.

—Menuda cara traes esta mañana. —Sandra la miró de medio lado—. ¿Qué tal anoche con el señor Samboal? Te vi hablando con él después de tu número.

—Bien, parece un tipo simpático.

—Ya. Simpático. —Sandra se quitó las gafas de sol; levantó las cejas evidenciando la insatisfacción de su curiosidad. Lucía se atusó el pelo con aire distraído.

—Me quiso invitar a una copa, pero la rechacé.

—¿La rechazaste? —Sandra arrugó aún más la frente.

—Sí. Le dije que no bebo alcohol. Charlamos unos minutos y luego se fue.

—Pues a mí me dio la sensación de que estaba muy interesado en ti.

—No lo creo. —Lucía hizo un ademán con las manos quitándole importancia—. Dijo que le parecía alguien especial, pero eso se lo dirá a todas las chicas que llaman su atención.

—¿Le contaste que has trabajado en el BKS?

—Sí.

—¿Y cómo reaccionó?

—Supongo que como era de esperar en esas circunstancias: me dio una tarjeta con su número y me dijo que le llamase si quería recuperar mi puesto.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada. No quiero volver a la oficina. De todos modos, no se lo pediría: no quiero estar en deuda con nadie.

—Mejor así. —Sandra se acercó a ella y bajó la voz—: Si quieres un consejo, no estreches relaciones con ningún miembro fuera del club. Conozco algunos casos y, créeme, no funcionaría.

—Estás yendo demasiado lejos, ¿no crees? Solo ha sido una conversación de barra más.

El camarero se acercó a su mesa para tomarles nota. Apuntó la comanda en la libreta, entró en el bar y acto seguido salió con el agua, los cubiertos y dos cuencos de ensalada sobre una bandeja. Las dos permanecieron calladas mientras les servía la comida. Cuando el camarero se hubo marchado, Lucía cambió de tema:

—¿Y tú qué? Con el club tan abarrotado apenas te vi en toda la noche.

—Bien. Salí al escenario varias veces. Después estuve con un par de tipos bastante pesados que me invitaron a una copa e insistieron en que nos la tomáramos en el agua, pero nada más. —A Sandra se le escapó una sonrisa maliciosa.

—¿Nada más? —inquirió Lucía entrecerrando los ojos.

—Bueno, ya me conoces; quizá los provoqué un poco; quizá los dejé con las ganas.

Las dos se echaron a reír, pues el desparpajo y la desenvoltura de Sandra provocaba no pocas equivocaciones en las noches del Luna Llena.

El resto de la comida lo pasaron contando anécdotas, riendo más y más, y Lucía terminó de aparcar la extraña sensación que Víctor había dejado en ella.

En el subterráneo del Luna Llena quedaban bastantes plazas libres cuando Lucía llegó con su coche destartalado. Al no tener que hacer maniobras, ni poder cerrarlo con llave, tuvo la sensación de haberlo dejado tirado más que de aparcarlo.

Entrar en el club fue como regresar al pasado, a un instante concreto de la noche anterior; y al pasar junto a la barra no pudo más que posar la mirada en el rincón en el que Víctor la había abordado con aquel aparente interés, con intenciones que desconocía. Sacudió la cabeza y continuó hacia los camerinos tratando de pensar en otra cosa.

La mayoría de sus compañeras habían llegado antes que ella. Algunas se maquillaban ya frente a sus espejos, otras arrojaban murmullos y risotadas desde las duchas. Lucía ocupó pensativa su lugar, comenzó a retocarse el pelo. Minutos después, transcurridos mil pensamientos en torno a la misma idea, vio a las primeras chicas desfilar hacia la sala principal, listas para la próxima apertura. Terminó de arreglarse apresuradamente y siguió sus pasos.

En medio de la madrugada y con el club abarrotado, Lucía se preguntó si él habría venido esa noche; eran más de las dos y no le había visto por ninguna parte. Empujada por la curiosidad, emprendió una vuelta de reconocimiento por todo el local. Pero ni rastro de él. «Creo que no debería darle mayor importancia; tema zanjado. Quizá no vuelva a verle por aquí; quizá no quiera verse mezclado con una ex empleada que podría manchar su reputación», se dijo. Pero sus pensamientos regresaron rápidamente a la realidad: «¿Qué le importa a un tipo como Víctor Samboal una chica como yo? Además, está el contrato de confidencialidad de por medio. Y dijo que solo venía de vez en cuando, para desconectar». De pronto, Lucía tomó conciencia del espacio que él había ocupado en su cabeza a lo largo de la noche: sentimientos contradictorios que pululaban difusos por su mente, aferrados a no sabía qué. Su ausencia le quitaba un peso de encima, pero al mismo tiempo un pequeño regusto de decepción se paseaba pastoso por su boca.

Bajó las escaleras del bar y miró a su izquierda para terminar de cerciorarse. A través de la puerta de la sala de copas vio a Sandra agachada sobre una de las mesas, sentada en compañía de un hombre de mediana edad. Avanzó unos pasos hacia ellos con curiosidad. De cerca pudo ver unas finas líneas de polvo blanco sobre un espejo de mano que tenían delante, una de las cuales desaparecía en ese momento en el interior de una fosa nasal de su amiga. Junto al espejito había varias botellas de agua. Sandra levantó la cabeza y miró a Lucía frotándose la nariz.

—¿Te apetece volar un poco? —Sandra le indicó que se acercara con un gesto.

—Ven, siéntate con nosotros. Si te apetece puedes tomar una —dijo el tipo.

Lucía dudó unos instantes. Finalmente aceptó para no ser descortés. Sandra se levantó.

—Te presento a un buen amigo —balbució—. Es un poco bab… —Rio en su oído—. Tú ya me entiendes. Pero tranquila, está pasando un mal momento personal y solo quiere un poco de compañía.

Lucía los observó sin saber muy bien qué pensar de aquella escena. El estado en el que parecía encontrarse Sandra le hizo imaginar un desenlace incierto.

Él se levantó también y le dio dos besos.

—Adelardo. Encantado de conocerte.

—Un placer, Adelardo. Yo soy Lucía —se presentó.

—El placer es mío. ¿Te animas a acompañarnos?

—Gracias, pero solo tomaré un poco de agua. —Lucía se sentó con cara de circunstancias y agarró una botella.

—Es una coca de primera. —Sandra agachó la cabeza y terminó la raya que había dejado a medias.

—Un obsequio de alguien que me debía un favor; unos gramitos de calidad para un momento de debilidad —dijo Adelardo. Bajó la cabeza y esnifó una del tirón.

—Anda, prueba. Aunque solo sea para comprobar qué se siente —insistió Sandra.

—Creo que no. No sé. La verdad es que ni siquiera sabría cómo hacerlo —Lucía trató de evadirse sin dejar de ser cortés.

—Es muy fácil. Te pones este tubito en la nariz, tapas el otro orificio y aspiras profundamente para que el polvo entre en tus pulmones y haga su magia.

Lucía se sintió tentada, y comenzó a dudar: «quizá no esté tan mal; quizá no sea tan malo; quizá… incluso esté bien. Y si solo lo pruebo por esta vez…». Algo indecisa, finalmente accedió. Agarró el tubito metálico que la mano de Adelardo le ofrecía, se lo puso en la nariz. Agachó la cabeza sobre el espejo e inhaló el principio de una raya. Se detuvo. No sentía nada. Aspiró de nuevo y llegó hasta la mitad. Cuando levantó la cabeza, el subidón, como una inyección de adrenalina, le hizo sentir bien, fantásticamente bien. Abrió la botella de agua, bebió, y tras hacerlo sintió que quería más. Se agachó de nuevo y esnifó el resto.

—¡Guau!

Lucía perdió la mirada en el infinito. Un mundo de sensaciones nuevas se abrió paso ante ella. La música sonaba de fondo, como siempre, pero ella la percibía de un modo muy distinto, como si pudiese acariciar con las manos las notas que flotaban en el ambiente.

—¿Qué tal? —Sandra la miraba expectante.

—¡Guau! —repitió como si su vocabulario hubiese quedado reducido a la mínima expresión.

—Espera un poco a que termine de subir, aún no ha llegado lo mejor —dijo Adelardo.

Y así fue. Segundos después de la última inhalación, el entorno del club le pareció ajeno y familiar al mismo tiempo, como si todo estuviese cambiado y a la vez siguiera igual. El murmullo de las conversaciones entraba difuso por sus oídos y se deshilachaba en su cerebro, como si pudiese desenmarañar aquel guirigay en el que todos hablaban a un tiempo y distinguir cada voz por separado. Entonces se fijó en la gente que tenía alrededor: los rostros que reconocía se transformaron, al momento, en personas que no le sonaban de nada, y personas que creía no conocer, al instante se transmutaban en caras familiares.

—Me siento rara.

—¿Quieres más? —Adelardo le ofreció de nuevo el tubo plateado.

Lucía negó con la cabeza

—Creo que he tenido suficiente.

—Relájate; te sentará bien —Sandra habló desde el otro lado de la mesa, apenas a unos centímetros de distancia que para Lucía fueron metros.

—Ahora mismo no puedo pensar con claridad —balbució aturdida—. Voy a mojarme la cara.

Lucía se levantó titubeante y abandonó la sala.

Durante unos minutos vagó por el club desorientada, alucinando con los cinco sentidos a un tiempo, entremezclados. Su corazón latía desbocado. Localizó por fin el escenario y subió. Estaba vacío: a esas horas las chicas ya no bailaban y los focos alumbraban a medio gas. Empujó la puerta del camerino y entró.

Fue directa al lavabo. Abrió el grifo de agua fría y se llenó las manos. Sin pensarlo dos veces, se las estampó en la cara. Luego observó su reflejo en el espejo: tenía el vestido empapado desde la cintura hasta los tirantes; se le pegaba a la piel como un guante de látex. Tras varios intentos fallidos, consiguió cerrar el grifo y se restregó una toalla.

Al salir del baño se encontró con Sandra, que llevaba una bolsita mal disimulada en un puño mal cerrado. Esta la agarró por la cintura y Lucía se apoyó en ella.

—¿Estás bien? —preguntó guiándola hacia su camerino—. Verte marchar así me ha dejado preocupada. Anda, siéntate.

—No sé qué me ha pasado. De repente, necesitaba salir de allí.

—Creo que te ha subido demasiado deprisa.

—Ya me encuentro mejor. —Lucía hizo un silencio. Sentía el zumbido de mil avispas dentro de la cabeza—. No, no me encuentro mejor —rectificó.

Sandra la miró de arriba abajo.

—Tu vestido está hecho un desastre.

—No coordino bien. Mis manos… El agua… ¿Qué llevas en esa bolsa?

—Adelardo me ha regalado medio gramo. —Sandra abrió la mano y se lo enseñó—. ¿Quieres que te lleve a casa?

—Sí, por favor.

—Vale. Voy a hablar con Chema, dame un minuto.

Sandra desapareció al instante.

En la soledad del camerino, el corazón de Lucía comenzó a latir al ritmo que marcaban los graves del hilo musical. Incluso llegó a pensar que el sonido salía del interior de su pecho, como si tuviera uno de los altavoces dentro de sí. «¡Guau!», murmuró: de nuevo aquella nube de sensaciones.

—Vámonos. —Sandra apareció tan vaporosa como se había marchado.

—¿Qué ha dicho Chema?

—Que tengas más cuidado con lo que tomas. Pero no está enfadado.

—Vale, larguémonos.

Sandra atravesó la madrugada conduciendo despacio, cautelosa, el Ibiza amarillo hasta el edificio donde vivía Lucía. Agarradas por la cintura, subieron en ascensor, recorrieron el pasillo que las separaba del apartamento. Sandra abrió la puerta tras varios intentos y entraron torpemente. 

Aunque en la calle refrescaba, dentro la temperatura era sofocante. Sandra sentó a Lucía en el salón, se quitó los zapatos y le ayudó a quitarse los suyos. Cuando tiró de ella para levantarla, Lucía se tambaleó como un títere descontrolado.

—Vamos al dormitorio, necesitas meterte en la cama.

—Aún estoy flipando. ¿Durará mucho el efecto?

—Unas horas. Pero tranquila, no has tomado mucho; solo es la falta de costumbre.

Atravesaron el apartamento agarradas de nuevo por la cintura y entraron en la habitación. 

Lucía consiguió avanzar a trompicones los últimos metros que le separaban de los pies de la cama. El mundo no dejaba de girar a su alrededor. Intentó librarse de los tirantes del vestido para quitárselo, pero el sencillo movimiento se convirtió en una hazaña imposible: se le escapaban todo el rato.

—Deja que te ayude. —Sandra se situó a su espalda.

—Gracias. No doy pie con bola.

—No pasa nada, estás todavía un poco colocada. Culpa mía.

—¿Un poco? —Lucía esbozó una mueca semejante a una sonrisa—. Pero no es tu culpa, yo quise probar.

Sandra deslizó los tirantes sobre sus hombros, hasta las muñecas.

—Levanta los brazos.

Lucía obedeció de forma mecánica, los puso sobre su cabeza. Sandra le rodeó el pecho con las manos y le bajó el vestido hasta la cintura. Luego le quitó el sostén.

—Ya puedes bajarlos —susurró en su oído.

Sandra arrastró los dedos a lo largo de la espalda de Lucía, la acarició con las yemas. Al llegar a la cintura, el vestido cayó al suelo, pero los dedos continuaron paseándose por el cuerpo. Lucía podía sentir el aliento de Sandra en la nuca, su respiración acelerada. «¿Por qué me acaricia así?». Se estremeció. «¿Por qué me hace sentir así?». Todo su ser palpitaba. «Me gusta…, me gusta como me toca: suave, pausada, dulce…». Lucía intentó tragar saliva en un acto reflejo, pero fue como tratar de engullir arena. Cerró entonces los ojos. 

—Me encanta que me toques. —Las palabras se le escaparon.

Sandra condujo las manos hasta sus hombros, le dio media vuelta y se miraron fijamente. Rodeadas por una atmósfera de deseo sobrevenido, envueltas en aquel momento de intimidad no planificado, permanecieron unos segundos calladas.

—Me apetece —musitó Lucía.

—¿Qué te apetece?

—Me apeteces tú.

Lucía desnudó a Sandra, lenta, torpe. La abrazó por la cintura, la acercó hacia sí; ansiaba sentir el contacto de su piel. Sus caderas chocaron, los triángulos de sus braguitas se rozaron. Manos acariciaron brazos, contornos redondeados, vientres lisos, melenas revueltas, labios deseosos. Sus pechos se fundieron, se acomodaron como almohadas apiladas entre las que no quedó espacio intermedio, pero sin presión, tan solo un agradable contacto lubricado por el sudor. Embriagada, Lucía besó a Sandra, cauta al principio y desatada después, y la sed de su boca, la sequedad de su garganta, se vieron aplacadas por la humedad del carnoso contacto, tierno, sensual…, correspondido.

Sandra la tumbó sobre la cama. Retiró las dos prendas que restaban, que sobraban, en aquellos cuerpos trémulos y descontrolados; las braguitas cayeron al suelo, olvidadas como plumas perdidas por un ave. Apoyó entonces las rodillas en el colchón, entre sus piernas.

Lucía echó los párpados, se dejó llevar. Inefables sensaciones coparon su alma desprovista de voluntad, desprovista de tabúes, y solo quedaron pensamientos para Sandra, para lo que quisiese hacer con su cuerpo. Percibió más besos, muchos besos a lo largo de sus gemelos, rodillas, muslos, caderas, vientre… Cuando Sandra hundió el rostro en su sexo, Lucía se abandonó por completo a lo desconocido; sintió por primera vez el placer arrebatado de la carne con forma de mujer.

………………………

La próxima semana: CAPÍTULO 4.

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